Historia del Opus Dei y su fundadorFrançois Gondrand
Capítulo: VULTUM TUUM, DOMINE, REQUIRAM!
¡Buscaré, Señor, tu rostro!Salmo XXVI,8
Si muero,
sabed que es de pasión
por la Iglesia
Santa Catalina de Siena
1. COUVRELLES, 30 DE AGOSTO DE 1966
Rodeado de sus hijos, sentados en la doble escalera de piedra que da acceso a una noble casona situada en los alrededores de Soissons, el Padre abre su corazón. Es media tarde y ya empieza a refrescar, a causa de la proximidad de un estanque y del vecino bosque.
Desde hace algunos días, el Fundador de la Obra está trabajando en Avrainville, un pueblo cercano a Etampes, y ha venido desde allí para estar un rato en familia con algunos de sus hijos, que han interrumpido sus actividades profesionales para convivir unos días en el Centro Internacional de Encuentros de Couvrelles.
La casa, adquirida por un grupo de cooperadores y amigos de la Obra con objeto de que puedan organizarse en ella actividades espirituales y de formación, no es excesivamente grande, pero sí armoniosa, con sus fachadas del siglo XVII y un pequeño parque siempre verde. A los miembros de la Obra de nacionalidad francesa han venido a unirse otros de los países vecinos: Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza, Italia y España.
Haciendo alusión a la labor que allí se desarrolla a lo largo del año -coloquios culturales, cursos de formación doctrinal intensiva, convivencias, retiros, etc.-, el Padre recuerda lo importante que es disponer de medios materiales y de lugares apropiados para desarrollar los apostolados de la Obra, aunque buscarlos y encontrarlos suponga esforzarse mucho, pues así ha ocurrido siempre desde los comienzos.
Un Centro como el de Couvrelles, una residencia de estudiantes o un club juvenil no interesan sólo por su misión específica; deben servir también para elevar el nivel espiritual y la formación humana de las muchas personas que encontrarán allí una oportunidad de acercarse a Cristo y de quererle más.
El Opus Dei es pobre y lo será siempre, pero las almas valen mucho y merecen que, para servirlas, se utilicen instrumentos adecuados, puestos a disposición de la Obra por personas que colaboran en sus labores apostólicas. Instrumentos que, por otra parte, no serán nunca tan caros como los que se utilizan hoy en la sociedad para otros fines: el deporte, las distracciones, por ejemplo.
El tono de las palabras del Padre se hace más vibrante cuando habla de que nadie puede guardarse para uno mismo el tesoro de la fe y de la vocación; tiene que llevar a cabo un intenso apostolado en su propio ambiente. Por eso, es necesario formarse, tanto profesionalmente como desde el punto de vista religioso. Ese "diálogo" del que tanto se habla, sin que casi nadie lo practique, debe fundarse en la apertura al prójimo, sí, pero también en el conocimiento de la verdad unido a una clara competencia profesional.
Preocupación por la Iglesia
El Padre está visiblemente cansado, pero se esfuerza por manifestarse con el vigor y el arrastre espiritual de siempre.
También se le nota preocupado por ciertas posturas eclesiales debidas a una mala interpretación del Concilio; infidelidades y desobediencias que, para él, sin juzgar a las personas, revelan una disminución de la fe que ha de tener lamentables consecuencias para las almas.
Pocos cristianos habrá que se hayan alegrado tanto como él al conocer los textos elaborados por el Concilio, promulgados solemnemente por el Papa Pablo VI el 7 de diciembre de 1965. Algunos puntos le han conmovido especialmente, porque expresan, a través del Magisterio de la Iglesia, verdades que él venía predicando desde 1928.
En un documento que, por su carácter, tiene especial autoridad -la Constitución Dogmática "Lumen Gentium"-, se proclama solemnemente la llamada universal a la santidad y al apostolado: "Es propio de los laicos, por vocación propia, buscar el reino de Dios a través de la gestión, ordenada según Dios, de los asuntos temporales. Viven en medio del mundo, es decir, en todas y cada una de las tareas y actividades del mundo y en las habituales circunstancias de la vida familiar y social, en las que se entreteje su propia existencia".
"Es, pues, evidente para todos que los cristianos de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad".
En otros textos consagrados al apostolado de los laicos, el Concilio afirma que éstos, cuando vivan una vida contemplativa en medio del mundo, "no separen de su vida la unión con Cristo; antes bien, realizando su trabajo según la voluntad de Dios, crezcan en esa unión".
Oración, oración, oración, sacrificio, y luego, acción... El "secreto" que Mons. Escrivá de Balaguer se esforzaba en transmitir al mayor número posible de personas desde 1928.
La vida contemplativa es tanto más necesaria cuanto más inmerso se está en el mundo. Ordenar las estructuras seculares según el querer divino: sí, pero primero han de estar ellos bien ordenados por dentro. Animar cristianamente el mundo para transformarlo: sin duda, pero, para lograrlo, los laicos deben tener un alma contemplativa... Es lo que manifestaba, con vigor, a un grupo de obispos y de expertos conciliares que había recibido en Villa Tévere cuando se estaban elaborando los textos del Vaticano II: Si no, no transformarán nada; más bien serán ellos los transformados; en vez de cristianizar el mundo, se mundanizarán los cristianos.
"Esta espiritualidad de los laicos -añadía. el Concilio- debe recibir una nota peculiar del estado de matrimonio y de familia, de celibato o de viudez, de la circunstancia de enfermedad, de la actividad profesional y social".
"Pues los hombres y las mujeres que, al mismo tiempo que adquieren los medios de vida para sí mismos y para la familia, llevan a cabo sus actividades de modo que sirven adecuadamente a la sociedad, pueden con razón pensar que con su trabajo están prolongando la obra del Creador, colaboran al bienestar de los hermanos y contribuyen con su aportación personal a que se realicen en la historia los designios divinos".
¡Qué lejos están los tiempos en los que, por haber afirmado que los laicos estaban llamados a santificarse en medio del mundo, como los sacerdotes y los religiosos en su estado, le habían acusado de hereje!
Por su parte, el Decreto Presbyterorum ordinis, elaborado por una comisión cuyo secretario era don Álvaro del Portillo, había establecido que los sacerdotes tenían derecho a asociarse para ayudarse mutuamente y mejorar su vida espiritual.
Mons. Escrivá de Balaguer, como buen jurista, se había alegrado mucho, ya que con ello se reconocía un derecho natural de la persona: el de asociación.
Firmeza en la fe
Si quedaba claro que el Espíritu Santo había estado presente en la labor del Concilio, como sus documentos lo acreditaban, también era evidente que los remolinos que algunos habían provocado con ocasión del Concilio iban a durar mucho.
Los presentimientos del Padre se habían confirmado. A un conocedor de la historia como él, no se le ocultaba que un Concilio marca un hito en el Magisterio de la Iglesia, pero indirectamente puede abrir también una etapa de desconcierto. Algo parecido a lo que sucede cuando se remueven las aguas de un estanque: el limo sube a la superficie en seguida, pero tarda bastante en volver al fondo.
Nada más concluir el Concilio, Pablo VI había empezado a expresar, en términos cada vez más claros, su inquietud ante ciertas interpretaciones abusivas, teóricas y prácticas, de los documentos conciliares. El Padre Santo había hablado a menudo del tema, llegando a referirse a una "descomposición de la Iglesia".
El Fundador del Opus Dei es consciente de que tiene una especial responsabilidad de cara a los miembros de la Obra, pues no en vano es el Presidente General. Por eso, pone un especial empeño en orientar a sus hijos e hijas en unos momentos especialmente difíciles para la Iglesia. Así, pues, al tiempo que toma las medidas necesarias para que se apliquen las disposiciones del Vaticano II, sobre todo en materia de liturgia, procura evitar, con medidas de prudencia, que la desorientación que reina en algunos ámbitos eclesiales se apodere, como por "ósmosis", del "pequeño rebaño" que tiene a su cargo. Incita a sus hijos a mejorar su formación doctrinal, a ser más piadosos, sin merma del tiempo que dedican a sus obligaciones familiares, profesionales y sociales.
Este empeño por profundizar en la fe y en la vida de piedad llevará a cada uno a intensificar el apostolado en su propio ambiente. Sobre todo ese apostolado doctrinal que él realizaba y hacía realizar a quienes le rodeaban ya en los años 30 y que siempre ha sido la médula de la labor apostólica de la Obra. Ahora -si cabe expresarse así- ve con más fuerza el Opus Dei como una gran catequesis, porque está cada vez más convencido de que la ignorancia es el mayor enemigo de nuestra fe. Como decía Tertuliano, "se deja de odiar cuando se deja de ignorar".
En Roma, son cada vez más numerosas las personas que le visitan y él se esfuerza en darles buena doctrina.
Al comienzo de la segunda mitad de la década de los años 60, grupos de estudiantes alemanes empiezan a acudir a Roma, en la Pascua de Resurrección, para recibir la bendición de Su Santidad el Papa y ver al Padre. Pronto, estudiantes de otros países empiezan a hacer lo mismo.
El Padre los recibe a todos y, de pie en medio de ellos, o apoyado en el brazo de un sillón, responde a bote pronto a sus preguntas, les anima, les estimula y satisface la inquietud espiritual que muchos muestran.
Los rostros se serenan o se abren en sonrisa cuando el Padre tiene una de esas respuestas tan suyas que evitan que sus palabras se conviertan en "sermón". Quienes le escuchan no olvidarán fácilmente lo esencial del mensaje: ¡Cada uno en su sitio, en medio del mundo, a hacerse santo!. Muchos "buenos deseos" se convierten en decisiones que comprometen para toda la vida. El Padre, sin embargo, no se atribuye el mérito cuando le informan de que, al calor de sus palabras, han surgido vocaciones. Para él, es Cristo el que actúa, Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos.
Intensificar la formación doctrinal
La tormenta que empieza a sacudir el árbol multisecular de la Iglesia no logra quebrantar el optimismo sobrenatural del Fundador del Opus Dei ni frenar en absoluto sus iniciativas. Precisamente en estas circunstancias ha decidido llevar a cabo un proyecto que viene madurando desde hace años y que será, como él dice, su penúltima locura.
Aunque la estructura de la Obra es y será siempre ligera, con el desarrollo de sus apostolados en el mundo entero se hace necesario reforzar los órganos de dirección. Por otra parte, son cada vez más los miembros de la Obra -estudiantes y hombres maduros con años de ejercicio profesional a sus espaldas- que acuden a Roma para recibir de manera intensiva, durante períodos más o menos largos, parte de esa formación doctrinal y espiritual que todos reciben a lo largo de su vida.
Como pensaba el Padre, Villa Tévere, habilitada en parte para cumplir esta finalidad, se ha quedado pequeña.
Por eso, el Padre ha resuelto construir cuanto antes una residencia amplia que sirva de sede definitiva al Colegio Romano de la Santa Cruz, el centro internacional de formación para la Sección de varones de la Obra.
Tras largas gestiones, se han adquirido unos terrenos cerca de la Vía Flaminia, que enlaza Roma con la Umbria. Así pues, a finales de 1967 el Padre encarga que se elabore rápidamente un proyecto para que, a continuación, puedan iniciarse las obras de Cavabianca, que así se llamará el nuevo centro.
Un gesto de agradecimiento
La urgente necesidad de reanimar espiritualmente un mundo que, al perder el sentido de Dios, se va deshumanizando progresivamente, incita al Fundador del Opus Dei a poner en práctica otra locura. Se trata de un viejo sueño que lo retrotrae con el pensamiento a un lugar cercano a Barbastro, su ciudad natal, adonde en 1904 ó 1905 le habían llevado sus padres, a lomos de mula, para agradecer a la Santísima Virgen el haberle curado de una grave enfermedad: la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad.
Desde 1940, o tal vez antes, el Padre venía soñando con fundar unos cuantos santuarios marianos repartidos por el mundo o revitalizar algunos de los ya existentes. Con el paso de los años, había ido percibiendo, cada vez con mayor claridad, que Dios le pedía que el primero de esos lugares de peregrinación fuese Torreciudad.
Hacia 1962, estando ya la Obra bastante desarrollada en Aragón y Cataluña, un grupo de personas que conocían sus deseos habían decidido adquirir de la diócesis de Barbastro los derechos sobre la antigua ermita y sobre los terrenos colindantes. Poco después, se habían comenzado obras de mejora y ampliación.
En 1967, Mons. Escrivá de Balaguer recibe en Roma a un hijo suyo que es arquitecto, Heliodoro Dols. El Padre ha decidido llevar a cabo un proyecto de mayor envergadura que permita a un gran número de peregrinos ir a rezar a la Virgen y tener ocasión, al mismo tiempo, de mejorar su vida espiritual. A tal efecto, se construirá un santuario de nueva planta, digno y capaz, y un complejo de edificios para organizar en ellos cursos de retiro, convivencias, etc. y establecer un centro de formación profesional que influirá positivamente en el medio rural circundante.
En 1966 se había constituido el Patronato de Torreciudad con objeto de que personas de todas las regiones españolas y de otros países contribuyeran, con su ayuda, a la construcción de los nuevos edificios.
El Padre describe así a sus hijos los beneficios que espera de este centro de peregrinación:
Un derroche de gracias espirituales espero, que el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesionarios, para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y -renovadas las almas- confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y a amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo.
2. FÁTIMA, MAYO DE 1967
Trece años después de su última peregrinación a Fátima, el Padre vuelve a postrarse a los pies de Nuestra Señora. A pesar de la lluvia, es grande la afluencia de peregrinos; dentro de unos días, el 13 de mayo, el Papa Pablo VI va a presidir las ceremonias conmemorativas del cincuentenario de las apariciones. El Fundador del Opus Dei se une por adelantado a las intenciones del Sumo Pontífice y pide por la Iglesia y por los frutos del Concilio. Luego, recibe a distintos grupos de sus hijos e hijas portugueses en un Centro de la Obra cercano a Oporto, Enxomil.
Transfigurar la vida ordinaria
El 7 de octubre de 1967 preside, en Pamplona, una ceremonia similar a la de 1964. Seis profesores universitarios de diferentes países reciben de sus manos el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra: un portugués, profesor de la Universidad de Coimbra, Guilherme Braga da Cruz; un belga, Mons. Onclin, profesor de Derecho Canónico en la Universidad de Lovaina y Secretario de la Comisión Pontificia para la reforma del Código de Derecho Canónico; Ralph M. Hower, norteamericano, profesor en la Business School de la Universidad de Harvard; Otto B. Roegele, alemán, profesor y Director del Instituto de Ciencias de la Información de la Universidad de Münich; Jean Roche, profesor en el Colegio de Francia y Rector de la Sorbona; y, finalmente, el Dr. Jiménez Díaz, eminencia médica española, ya fallecido, a quien se otorga el nombramiento a título póstumo por lo mucho que había ayudado a la Universidad de Navarra desde sus comienzos.
Esta vez, son más de treinta y cinco mil las personas llegadas a Pamplona, incluso en trenes especiales, no sólo de distintos puntos de la geografía española, sino también de Portugal, Francia, Italia, Alemania y Bélgica.
Reuniones similares a la que había tenido lugar el año 1964 en el Teatro Gayarre se celebran allí y en otros lugares, incluso al aire libre, en el campus de la Universidad. El ambiente de diálogo, espontáneo y abierto, es también el mismo; estudiantes, empleados, obreros, padres y madres de familia, cooperadores y amigos de la Obra acuden en grupos diversos, y el 8 de octubre se reúnen todos para asistir a la Misa al aire libre que va a celebrar el Padre ante el edificio de la Biblioteca.
En la homilía, Mons. Escrivá de Balaguer hace referencia al marco de nuestra Eucaristía, de nuestra Acción de gracias: nos encontramos en un templo singular: podría decirse que la nave es el "campus" universitario; el retablo, la biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra... ¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero "lugar" de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.
Decenas de millares de hombres y mujeres escuchan en religioso silencio al Fundador mientras explica, de manera especialmente viva y directa, el mensaje central del Opus Dei: aprender a santificarse allí donde uno esté, en las circunstancias más vulgares, evitando la tentación de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.
¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida. Que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales (...) En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...
A finales de 1968, esta homilía aparecerá editada en un libro que, con el título de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, recoge algunas declaraciones del Fundador del Opus Dei a representantes de diversos medios informativos de diferentes países. Porque, desde 1966, el Padre, renunciando a la norma de conducta que siempre se había trazado, ha concedido -porque así lo exigía el bien de las almas- entrevistas a unos cuantos periodistas.
Ya en 1964, en Pamplona, había recibido a algunos. Entre ellos el corresponsal del diario "Le Fígaro" en España, el cual, dos años más tarde, solicitó del Fundador del Opus Dei unas declaraciones para su periódico. Lo mismo hicieron otros redactores del "New York Times", del semanario "Time" y de varias revistas españolas.
En esas entrevistas -así como en otra aparecida en 1960 en la edición dominical de "L'Osservatore Romano" y recogida también en el libro de Conversaciones- Monseñor Escrivá de Balaguer respondía a diversas preguntas concernientes a la vida de la Iglesia, la situación de la Universidad, el papel de la mujer en el mundo, etc. También hablaba del Opus Dei, definiendo de la manera más clara posible la naturaleza de la Obra que había fundado en 1928: La finalidad a la que el Opus Dei aspira es favorecer la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de los cristianos que viven en medio del mundo, cualquiera que sea su estado o condición (...) Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta (...) El Opus Dei tiene como misión única y exclusiva la difusión de este mensaje (...) Y a quienes entienden este ideal de santidad, la Obra facilita los medios espirituales y la formación doctrinal, ascética y apostólica, necesaria para realizarlo en la propia vida.
Haciendo referencia a quienes seguían empeñados en hablar del Opus Dei sólo en relación con España y con un terreno que no era ni será nunca el suyo, el de la política, repetía una vez más, con energía, que la Obra no está ligada a ningún país, a ningún régimen político, a ningún partido, a ninguna ideología, y que sus miembros abominan de todo intento de servirse de la religión en beneficio de posturas políticas y de intereses de partido.
Para él, está perfectamente claro -y sabe que la realidad da testimonio de ello- que los miembros de la Obra no actúan en grupo, sino individualmente, con libertad y responsabilidad personales.
A1 Fundador no se le oculta que será necesario que pase algún tiempo antes de que se desvanezcan unos prejuicios originados por auténticas campañas de calumnias contra la Obra, pero confía en que los periodistas que le entrevistan dirán la verdad. Es consciente, también, de que en la raíz de estas deformaciones calumniosas, que se remontan a los años cuarenta, hay una visión clerical de las cosas, característica de quienes suele llamar católicos oficiales. Algo que no le sorprende, pero que detesta, porque instrumentalizar al laico para fines que rebasan los propios del ministerio jerárquico es algo absolutamente ajeno al espíritu del Fundador. Por eso, responde así a los redactores de "L'Osservatore della Domenica" que le preguntan sobre este punto: Espero que llegue un momento en el que la frase los católicos penetran en los ambientes sociales se deje de decir... Los socios de la Obra no tienen necesidad de penetrar en las estructuras temporales, por el simple hecho de que son ciudadanos corrientes, iguales a los demás, y por tanto ya estaban allí.
A sus sesenta y cinco años, el Fundador del Opus Dei sigue siendo tan inconformista como lo era ya en los años treinta, cuando predicaba a hombres y mujeres corrientes, de todas las clases sociales, que podían santificarse y santificar su trabajo ordinario en medio del mundo, provocando la indignación, la condena y el escándalo de algunos eclesiásticos, para los cuales los laicos debían ser, como mucho, la longa manus de la jerarquía...
Un gesto simbólico
En 1968, Mons. Escrivá de Balaguer va a dar públicamente una prueba más de su independencia de espíritu al tomar una decisión que -lo sabe- será falsamente interpretada por algunos, aunque esté inspirada en su profundo sentido de la justicia.
En efecto: cuando evoca la manera en que el Opus Dei nació y se ha ido desarrollando, paso a paso, se persuade más y más de que el Señor le ha tratado como a un niño al que su padre le va diciendo cómo colocar las piezas de un rompecabezas una a una; el 2 de octubre de 1928; la fundación de la Sección femenina luego, el 14 de febrero de 1930, sin él haberlo querido; la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz finalmente, otro 14 de febrero, trece años más tarde...
Se da cuenta también, cada vez con más evidencia, de que las duras pruebas a que habían sido sometidos sus padres -y que tanto le habían hecho sufrir a él- eran un medio del que el Señor se había servido en su juventud para purificarle y dejarle más disponible para la inmensa tarea que pensaba confiarle. Calibra cada día con más profundidad el significado del sufrimiento de los suyos: la muerte de sus tres hermanitas, la brusca ruina de su padre, su desaparición prematura... A lo cual vinieron a juntarse luego las consecuencias de su propia entrega al Señor para su madre, su hermana y su hermano.
Más aún: habían aceptado sin protestar infinidad de sacrificios suplementarios que él les había pedido para facilitar el desarrollo de los apostolados de la Obra. Desde la utilización de gran parte de la herencia para financiar la primera residencia, en 1934, hasta el trabajo constante de su madre y de su hermana Carmen en la administración de otros centros, el último de ellos la casa de Salto di Fondi, en Italia, donde tanto había trabajado ésta.
Ahora, a sus sesenta y seis años, don Josemaría siente muy vivo el deseo -el deber filial- de recompensar de alguna manera a su familia, que tanto había sufrido y se había sacrificado, en cierto sentido, por culpa suya. Y como el único superviviente es su hermano Santiago, para hacer algo por él y por los hijos de éste, y para honrar la memoria de sus padres, tan injustamente tratados en sus últimos años en Barbastro, está dispuesto a realizar unas gestiones que, de tener éxito, supondrán un desagravio simbólico, aunque mínimo, por lo mucho que debe a su familia.
La iniciativa había sido de sus hijos, y especialmente de D. Álvaro del Portillo. Hacía años que, al darse cuenta del alcance histórico que cobraría con el tiempo la personalidad del Fundador, había ido investigando en la historia de su familia. Habían salido a la luz vínculos de parentesco -que el Padre conocía, pero que nunca había mencionado, por no darles la menor importancia- con la antigua nobleza aragonesa. Correspondía a la familia un título nobiliario, el del marquesado de Peralta, que Carlos de Habsburgo había otorgado en 1718 a un antepasado de su madre. Hechas las oportunas investigaciones, habían sido informados de que, en efecto, era posible pedir la rehabilitación del título en España. Después de un forcejeo filial, don Álvaro logró que el Padre tomara en consideración el proyecto de reclamar ese título: si lo obtenía, podría transmitírselo a su hermano Santiago al cabo de cierto tiempo... Se trataba de una manera concreta para compensar a los suyos.
Ni que decir tiene que no se le ocultaban los comentarios mordaces que algunos harían, ajenos por completo al hecho de que, a su edad, y con el rumbo que había tomado en su vida, no tenía la menor necesidad ni el menor deseo de reclamar para él un título honorífico. Sabe, sí, que sus hijos e hijas lo comprenderán, pero que otros aprovecharán la ocasión para decir de palabra o por escrito toda clase de perfidias y, de manera indirecta, arrojar puñados de lodo sobre la Obra.
Esto le ha llevado, naturalmente, a consultar el asunto, antes de dar su consentimiento a que se iniciaran las gestiones, con diversas personalidades y organismos de la Curia, incluida la Secretaría de Estado del Vaticano, pues piensa que, como Presidente General de una institución de la Iglesia, debe hacerlo. La respuesta es unánime: no hay ningún inconveniente en que reclame la rehabilitación de ese título. Es más, una alta personalidad de la Curia le dice que debe hacerlo, pues si él, que siempre ha enseñado a sus hijos a cumplir sus obligaciones cívicas y a ejercitar todos sus derechos, no lo hace, les daría mal ejemplo...
Así pues, a comienzos de 1968, escribe al Consiliario del Opus Dei en España para explicarle los motivos de esa decisión, que no son otros que sentimientos de piedad y justicia hacia su familia junto con el deseo de poner en práctica el dulcísimo precepto del Decálogo, el cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: "Honrarás a tu padre y a tu madre." Al mismo tiempo, le ruega, de antemano, que disuada a sus hijos de querer justificarlo ante la opinión pública: no me importan los comentarios -que no harían si se tratase de otra persona cualquiera, de otro ciudadano español-, y os ruego que, si dicen o escriben algo molesto, que sea lo que sea será injusto, "hagáis oídos sordos".
Como el Padre esperaba, en cuanto le rehabilitaron legalmente el título, la prensa se hizo eco del hecho, a veces con escándalo farisaico y comentarios de mal gusto. No obstante, ninguna instancia del Opus Dei, en país alguno, salió al paso de los mismos. El Padre, por su parte, guarda también absoluto silencio, hasta que, al cabo de un año, transmite el título a su hermano, para que pueda, a su vez, transmitirlo a sus hijos.
En el deliberado silencio del Fundador ha habido, sin duda, una especie de sano desprecio del "qué dirán", como si hubiese querido, con su ejemplo, animar una vez más a sus hijos a hacer uso de sus derechos, sin refugiarse en una modestia mal entendida, completamente ajena a la verdadera humildad cristiana. Humildad que él manifiesta, por su parte, en ese ofrecerse en bandeja a las malas lenguas, dándoles un pretexto para insultarle.
Los miembros de la Obra y las personas que lo conocen comprenden perfectamente este gesto del Padre y piensan que, en este asunto, con título o sin título nobiliario por medio, ha sabido comportarse como siempre: como un caballero.
Sufrimiento por la Iglesia
El dolor que le causa la incomprensión -por otra parte esperada- no es nada en comparación con el sufrimiento que experimenta en esta época de su vida.
Señor, si es tu Voluntad, haz de mi pobre carne un crucifijo, había escrito en Camino. Pues bien, parece como si Jesucristo hubiese querido conformar aún más a su servidor a su propia imagen en estos años de prueba para la Iglesia universal, que parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido sobrenatural de la vida cristiana. Porque se ha ido pasando de discutirlo todo a dudar de todo, de tal forma que es algo más que una crisis lo que sacude a la Iglesia; es un terremoto.
Estamos viviendo un momento de locura -confía el Padre a sus colaboradores más íntimos el 25 de noviembre de 1970-. Las almas, a millones, se sienten confundidas. Hay peligro grande de que en la práctica se vacíen de contenido los sacramentos -todos, hasta el Bautismo- y los mismos Mandamientos de la Ley de Dios pierdan su sentido en las conciencias.
El Fundador del Opus Dei sabe que la barca de Pedro no puede hundirse, pero también sabe que Dios permite tiempos de prueba muy duros. Por eso, las fisuras en la fe, las noticias que ponen de manifiesto que el amor a Dios en muchos cristianos se enfría, le llegan al corazón. Piensa en ello noche y día, reza, se mortifica, repara con más generosidad todavía...
Desde hace años, conoce esas largas vigilias nocturnas en las que las sombras parecen hacerse más densas. Son momentos en los que suplica a Dios, con redoblado fervor, que ponga fin a la prueba.
Como la crisis se prolonga, implora que, al menos, pueda ver, si no el fin, el comienzo del fin, y pide a sus hijos que hagan lo mismo, que insistan ante el Señor para que se vea obligado a intervenir, dulcemente constreñido. Él, por su parte, no puede hacer ya más que abandonarse por completo y ponerse en manos de la Providencia.
¡Me duele la Iglesia!, exclama con frecuencia.
La fe que Dios le ha dado desde su infancia y que no ha cesado de crecer en él -una fe tan gorda que se puede cortar-, le dice que al término de esta locura colectiva habrá un vasto resplandor de esperanza, porque el Señor, de los males saca bienes; y de los grandes males, grandes bienes.
Pero el dolor es la piedra de toque del Amor y, por eso, el Padre no puede evitar el sufrir con la Iglesia, no sólo como cristiano, sino también como sacerdote y como responsable de tantas almas que el Señor le ha confiado. Además, no le faltan razones para pensar que el Príncipe de las tinieblas tiene especial empeño en obstaculizar este nuevo camino divino en la tierra que es el Opus Dei.
La mano que sujeta el timón debe, a veces, cuando la tempestad arrecia, adquirir firmeza para mantener el rumbo... Por eso, el sufrimiento de Mons. Escrivá de Balaguer por la Iglesia no es meramente pasivo, sino que va acompañado de un empeño eficaz por evitar que la Obra se desvíe lo más mínimo de la línea señalada por Dios. Se sabe, en efecto, administrador del depósito recibido el 2 de octubre de 1928, y uno de sus elementos esenciales es el carácter secular del Opus Dei.
Sus hijos e hijas, unidos en torno al Fundador e identificados con su espíritu, no tienen la menor duda de que son cristianos corrientes, no religiosos que viven en el mundo o que se adaptan al mundo; saben, en suma, que son ciudadanos iguales a los demás, como lo saben sus parientes y sus amigos. La Iglesia, por su parte, ha reconocido esta característica secular del Opus Dei, pero el Padre, desde hace varios años, está cada vez más preocupado porque, como Fundador, desea que las cosas queden todavía más claras. Piensa que es imprescindible que la Obra tenga un estatuto jurídico más conforme con su naturaleza, cosa que no fue posible conseguir en 1950, pues las mentes no estaban todavía maduras para esto, y el Derecho Canónico no había evolucionado lo suficiente. Ahora, sin embargo, algunas disposiciones del Concilio Vaticano II permitirán, sin duda, obtener ese nuevo estatuto.
El 6 de enero de 1970, mientras contempla con un grupo de hijos suyos el misterio de la Navidad, plasmado en un Nacimiento, invita a sus hijos a la confianza: "Pedid y se os dará..." (Lucas XI, 9).
Buscando refugio en la trinidad de la tierra, Jesús, María y José, el Padre, con la imaginación, toma al Niño en sus brazos y pide perdón por todo el mal que se hace, por todo el bien que dejan de hacer los cristianos...
No lejos del pesebre, se encuentra Herodes: Pero no podrán nada, Señor, ni contra tu Iglesia ni contra tu Obra. Estoy seguro (...) También la Obra ha encontrado, más de una vez, a Herodes en su camino. Pero, ¡tranquilos, tranquilos! (...); no hemos dejado nuestros intereses personales por una nimiedad.
Los que le rodean están serios. Sufren con el sufrimiento del Padre, pero lo único que pueden hacer es asociarse a sus súplicas y trabajar con más intensidad que nunca, abriendo camino en la dirección que él indica
Dos peregrinaciones en la Península Ibérica
Como ha venido haciendo en los momentos más difíciles de su vida, recurre a la Madre de Dios, proclamada por Pablo VI, al finalizar el Concilio, Madre de la Iglesia. Es lo que le lleva a postrarse varias veces a los pies de Nuestra Señora en 1970.
Iré a visitar dos Santuarios de la Virgen -escribe a sus hijos-. Iré como un creyente del siglo XII: con el mismo amor, con aquella sencillez y con aquel gozo. Voy a pedirle por el mundo, por la Iglesia, por el Papa, por la Obra (...) Unios a mis oraciones y a mi Misa.
Esos dos Santuarios son Torreciudad, en España, y Fátima, en Portugal.
A comienzos de abril, el Fundador del Opus Dei se traslada en avión a España. En la antigua casa de la calle de Diego de León, contempla la imagen de la Virgen de Torreciudad, que está siendo restaurada. Es una representación tradicional de la Virgen con el Niño, similar a la que existe en bastantes Santuarios de Europa surgidos a partir del siglo XI. Se ve la talla de madera, pues se le han quitado varias capas de pintura posteriores para aplicarle el estofado de oro que le hará recobrar su aspecto originario.
Presintiendo la emoción del Padre, sus hijos se retiran. Besa filialmente los pies de la Virgen y los del Niño, expresa a la Señora su agradecimiento con palabras que le salen del alma y le cuenta la alegría que siente al volver a verla, como un hijo que se reúne con su madre tras una larga ausencia.
Unos días más tarde, después de visitar en Zaragoza a la Virgen del Pilar, llega a Torreciudad. Un kilómetro antes de alcanzar la ermita, en una curva de la carretera, todavía en construcción, sin asfalto, el Padre hace detener el automóvil, baja, se descalza y sigue caminando a pie, mientras empieza a rezar los misterios dolorosos del Rosario. El día es gris y cae una suave llovizna, pero él, por dos veces, se niega a ponerse de nuevo los zapatos.
-Hay muchos pastores que van descalzos, todos los días, por estos riscos. No hago nada extraordinario.
Terminados los misterios dolorosos y tras unos instantes de oración silenciosa, el Padre continúa rezando las otras dos partes del Rosario. Finalmente, al entrar en la ermita, avanza hacia el altar y entona la Salve; luego, de rodillas, reza una oración mariana que ha aprendido en su infancia. Sólo entonces pasa a una habitación próxima para quitarse las piedrecillas que se le han incrustado en las plantas de los pies y calzarse de nuevo...
Instantes más tarde, ya está otra vez bajo la lluvia, visitando los lugares donde se alzará el nuevo Santuario, a unos cientos de metros de la ermita. Al borde de una vasta excavación, donde irá la cripta de los confesionarios, traza el signo de la Cruz con la mano. Su deseo más ardiente es que muchas personas encuentren en Torreciudad, en el futuro, el don más precioso: la gracia divina.
El amor grande que Dios tiene a su Madre, hará que allí resplandezcan también su omnipotencia y su misericordia. Nosotros le pediremos y buscaremos milagros en las almas.
El 14 de abril ya se encuentra en Fátima. Descalzo también, se dirige a la "capelinha", rodeado por algunos de sus hijos portugueses. Cerca de la estatua que conmemora la visita de Pablo VI en 1967 -que es asimismo el año de su última peregrinación a Fátima- reza por el Papa.
La piedad de los peregrinos que le rodean le conmueve. Ahora que la fe parece languidecer en bastantes lugares y algunos ponen en entredicho la devoción a la Virgen, ciertas manifestaciones de piedad le enternecen. Por eso suele decir que le gustaría poder expresar sus sentimientos con la misma sinceridad con que los expresa una viejecita que suspira en la penumbra de una iglesia; por eso, también, se alegra tanto cuando, poco después de su visita a Fátima, uno de sus hijos portugueses le dice en una carta que le había visto besar las medallas del Rosario, como hacía su propia abuela...
Estas peregrinaciones son una demostración evidente de la gran fe del Padre y, al mismo tiempo, afirman su convicción de que la Iglesia no tardará en recobrar la unidad y la paz. "Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros?" (Rom. VIII, 31), repite con San Pablo.
En México, a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe
Pero su preocupación por la Iglesia sigue siendo muy viva. Por eso, poco después de regresar a Roma, el Padre, de repente, decide hacer una tercera peregrinación mariana.
Esta vez, el punto de destino está más lejos, en América, adonde nunca había hablado de ir hasta entonces. Verdad es que sus hijos mexicanos venían pidiéndole insistentemente que fuese desde hacía tiempo, pero de no haber mediado un motivo tan poderoso como éste, tal vez nunca se hubiese decidido a atravesar el Atlántico.
Así pues, el 14 de mayo de 1970, toma el avión que ha de conducirle a México.
Una de las primeras visitas que hace es a la Villa, adonde los mexicanos acuden a diario en gran número para rezar ante el célebre lienzo de la Virgen de Guadalupe, patrona de México y de toda Hispanoamérica, desde que en 1531 la Madre de Dios quiso aparecerse a un pobre indio llamado Juan Diego y dejar estampada milagrosamente su imagen en la manta o tilma que utilizaba para cubrirse.
Arrodillado en el presbiterio de la basílica, no quita los ojos de la imagen de la Señora, cuyo rostro tiene rasgos de la raza de la gente de esa tierra bendita. Por el interior del templo, a menudo de rodillas, avanzan muchas personas.
Hora y media más tarde, se incorpora y abandona la basílica. Numerosos miembros de la Obra que han empezado a afluir al enterarse de que está allí el Padre le acompañan desde la nave en cariñoso silencio. La escena se repetirá durante ocho días consecutivos, del 17 al 24, pero en lo sucesivo, para no llamar la atención, el Padre ocupa un balconcillo o tribuna situado a la derecha del presbiterio que le coloca, sin que se le pueda ver desde la nave del templo, a la misma altura de la célebre imagen. Nadie puede conocer hasta dónde llega la intensidad y profundidad de su oración. Sólo los que están muy cerca, junto a él, pueden oír sus palabras audaces y pueriles... que la pluma no puede, no debe estampar. Palabras en las que se vierten sus preocupaciones de siempre: la Iglesia, el Papa, sus hijos e hijas.
Todos los días expresaba su petición en voz alta. Los que están a su lado -entre ellos don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, uno de sus más íntimos colaboradores- quedan impresionados por la simplicidad de sus palabras, que son las que un hijo dirige a su Madre. Tal vez las mismas que el pequeño Josemaría dirigía a María, en Barbastro, cuando, durante el mes de mayo, llevaba una flor a la Virgen, como todos los niños, y le presentaba sus peticiones.
También los mexicanos y las mexicanas depositan rosas a los pies de "su" Virgen de Guadalupe durante todo el año, y el Padre no quiere ser menos... El quinto día de la novena se dirige con estas palabras a la Madre de Dios: Señora nuestra, ahora te traigo -no tengo otra cosa- espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas...
Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en toda mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.
Luego, el Padre formula su petición con la santa desvergüenza que siempre ha recomendado a las almas que quieren trabajar por Dios:
Aquí estoy, porque ¡Tú puedes!, porque ¡Tú amas! Madre mía, Madre nuestra (...), evítanos todo lo que nos impida ser tus hijos, todo lo que intente borrar nuestro camino o adulterar nuestra vocación. Yo no lo permitiré, porque no quiero condenarme; pero no toleres que actúen las fuerzas del mal. ¡Contra Ti no puede nada el diablo!, ¿cómo no voy a contar con esta seguridad? Dios te salve, María, Hija de Dios Padre; Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo; Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo; Dios te salve, María, templo de la Trinidad Beatísima, ¡más que Tú, sólo Dios!: ¡que se vea que eres nuestra Madre!, ¡lúcete!.
La oración en voz alta del Padre se prolonga. Hasta la tribuna desde donde se dirige a la Virgen, llegan las canciones de los fieles en honor de su patrona, y su alma vibra al unísono de aquellas voces. Sigue rezando con insistencia:
Te amo todo lo que sé y puedo. Me he equivocado tantas veces en mi vida, pero te quiero con todas las fuerzas de mi alma. Dinos qué hemos de hacer y, con tu gracia, lo haremos (...) Escúchanos: ¡yo sé que lo harás!.
Entre una criatura, por muy fiel que sea, y su Creador, parece difícil que pueda existir una transacción, a no ser que lo que se pone en juego sobrenaturalmente ya esté inscrito en los planes divinos, como supo Abraham que lo estaba, después de haber negociado con Yahvé, la salvación de un puñado de hombres de su pueblo...
Lo cierto es que, a partir de ese 20 de mayo de 1970, Josemaría Escrivá de Balaguer, sin dejar por eso de sufrir, reparar y rezar por la Iglesia, aumenta más en su alma la confianza y la paz que ya nada podrá quebrantar. Como si la Virgen María, en el Santuario donde ha ido a visitarla, hubiese querido mostrarle el final de la prueba; sin decirle cuándo ni cómo, está convencido de que todo se arreglará cuando llegue el momento oportuno. Poco importa que no llegue a verlo con los ojos de la carne: el gran río de la Iglesia volverá a su cauce...
Antes de abandonar la tribuna, el Padre hace una promesa a la Virgen de Guadalupe; una promesa sin condiciones, como la que había hecho hace ya muchos años en Madrid, al invocar a San Nicolás de Bari para pedirle que resolviera unas dificultades financieras aparentemente insuperables: para agradecer a la Señora la gracia que le acaba de conceder, mandará colocar, en una capilla de la cripta del Santuario de Torreciudad, un mosaico representando a la imagen de la Virgen de Guadalupe y una inscripción conmemorativa.
La raza de los hijos de Dios
Nada más llegar a México, el Padre había dicho a sus hijos que ellos sólo eran la segunda razón de su viaje, pero, al comprobar su gozo por tenerle entre ellos, se da cuenta de que esa segunda razón casi se confunde con la primera.
El Padre visita Montefalco, una antigua hacienda reconstruida por sus hijos en el estado de Morelos, donde han establecido, entre otras actividades educativas, un centro de formación rural para los campesinos de la zona. En medio de aquellos inditos, que le escuchan embelesados y atentos, el Padre se encuentra tan a gusto como con los habitantes de la capital o de otras grandes ciudades. En esas reuniones, hay un buen número de hijos suyos que han venido de otros países: Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Puerto Rico, Colombia, Argentina, e incluso Canadá y los Estados Unidos. A todos, les dice:
Nadie es más que otro. ¡Ninguno! ¡Todos somos iguales! Cada uno de nosotros valemos lo mismo, valemos la Sangre de Cristo. Fijaos qué maravilla. Porque no hay razas, no hay lenguas; no hay más que una raza: la raza de los hijos de Dios.
Este lenguaje directo es comprensible a todos. Le oyen los de la ciudad y los del campo, gentes de toda condición... y hasta las lenguas de los campesinos más taciturnos se abren en preguntas a aquel sacerdote de prontas respuestas, que elevan y dignifican su vida. Todos quieren acercarse al Padre, saludarle, recibir una palabra o una sonrisa suya, tocarle...
En México D.F., en un Centro de la Sección de mujeres de la Obra, una campesina anciana, de cara completamente arrugada, se ha quedado en una esquina del vestíbulo. Le dicen al Padre que tiene cuatro hijos en el Opus Dei. El Padre se le acerca y la anciana mujer, sin dar tiempo a pensar en lo que sucede, se arrodilla ante el hombre de Dios. Mientras su hija intenta en vano ponerla en pie, ve con profunda emoción que el Padre, a su vez, se arrodilla ante ella para ponerse a su altura y decirle al oído cosas que ella escucha entre lágrimas: Somos iguales, hija mía, somos hijos de Dios...
Hijos míos, yo no he venido a enseñar, sino a aprender. A aprender de los mexicanos, de su fe sin fisuras, de su amor sincero a la Madre de Dios...
El Padre les habla también del apostolado que pueden hacer en su país y en otros países de lengua española del Continente: ¡Cuánto bien podéis hacer! Si fuéramos más, y si yo fuera mejor... y tú, y tú, y todos fuerais mejores, haríamos una labor maravillosa.
Durante los cuarenta días de su estancia en México, recibe a más de veinte mil personas. En una serie de tertulias llenas de espontaneidad, semejantes a las de España y Portugal, habla una vez más de la santificación del trabajo ordinario, de la vida conyugal; de la amistad y del apostolado; de la oración, de la Iglesia, del Papa, de los Sacramentos y, en especial, de la Eucaristía y la Penitencia. En resumen: de todos esos medios que facilitan el intercambio personal entre el alma y Dios y constituyen el secreto de la fecundidad apostólica.
El Padre, a pesar de su edad, responde de manera sorprendente a tanto ajetreo. No obstante, un día, el 16 de junio, mientras habla a un grupo de sacerdotes cerca del lago de Chapala, al noroeste del país, tiene que retirarse a una habitación contigua para descansar unos momentos, pues el agobiante calor del mediodía le sofoca. Su mirada se detiene en un cuadro colgado en la pared de enfrente que representa a la Virgen de Guadalupe entregando una rosa al indio Juan Diego.
-Quisiera morir así -musita en su oración habitual-: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor...
3. LOURDES, 3 DE OCTUBRE DE 1972
El avión en que viaja el Padre acaba de aterrizar en el aeropuerto de Tarbes y algunos de sus hijos franceses y españoles han acudido para saludarle antes de que continúe viaje a Hendaya, camino de España. Piensa pasar varias semanas en la Península Ibérica y ver a muchas personas. Antes, el 7 de octubre, presidirá en Pamplona una ceremonia durante la cual concederá el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra a un alemán, Erich Letterer, profesor de Medicina; a un español, historiador del arte, el Marqués de Lozoya; y a un francés, el profesor Ourliac, catedrático de Historia del Derecho y miembro del Instituto de Francia.
Ante la basílica de Lourdes, adonde se ha trasladado enseguida, Mons. Escrivá de Balaguer habla de los "milagros" que ya han empezado a producirse en Torreciudad, al otro lado de los Pirineos, a pesar de que el nuevo santuario y los edificios anejos no están todavía terminados: confesiones, conversiones, decisiones de entregarse más plenamente al Señor... Todos esos milagros de la gracia con los que él soñaba cuando dio vía libre al comienzo de las obras.
Con paso decidido, el Padre se dirige a la gruta. Como siempre que visita Lourdes, se detiene a beber en la fuente milagrosa; luego, se encamina al lugar de las apariciones, donde va a comenzar un acto de culto y, en cuanto divisa la imagen de la Virgen, se arrodilla en el suelo. Tras unos momentos de intensa oración, atraviesa de nuevo la explanada.
Acto seguido, el Padre se despide de sus hijos franceses y sube al automóvil.
Antes de beber el agua milagrosa, ha dicho a los que le rodean que no quería pedirle nada personal a la Virgen, ni siquiera su salud. No les extraña, porque sus hijos conocen bien el motivo de esta visita a Lourdes, donde el 11 de diciembre de 1937 había celebrado misa tras aquel dramático paso de los Pirineos. Es el mismo motivo de sus otras peregrinaciones a este mismo santuario, y al de Sonsoles, en Ávila, y al Pilar de Zaragoza, y a la basílica de Nuestra Señora de la Merced, en Barcelona, y a los Santuarios de Einsiedeln, en Suiza, y de Loreto, en Italia... Y Torreciudad, en 1970, y Fátima, en Portugal, y Guadalupe, en México...
Lo que pide a la Señora en esos famosos lugares de peregrinación es la paz de la Iglesia, la paz del mundo, la perseverancia de sus hijos e hijas, la fecundidad de los apostolados de la Obra...
Ahora más que nunca, su principal preocupación es la situación de la Iglesia. Ello le lleva a intensificar sus ansias de reparación y a reforzar la fe de sus hijos, tanto de los que le visitan en Roma como de los que encuentra en sus desplazamientos. Antes, habitualmente se reunía con grupos no muy numerosos; ahora, se siente urgido a hablar de Dios de manera directa al mayor número posible de personas, para que profundicen en su vida cristiana. Pero, como para él, el apostolado tiene que ser -como había escrito en Camino- fruto de la oración, que se avalora con el sacrificio, repite con frecuencia las palabras de una oración litúrgica que ya utilizaba desde su juventud: "Ure igne Sancti Spiritus..." Señor, abrásanos con el fuego de tu Santo Espíritu, quema nuestras entrañas y nuestros corazones...
Este deseo se nutre en él con la búsqueda de una mayor intimidad con la Sagrada Familia de Nazaret, a la que invoca como la trinidad de la tierra.
Si nosotros queremos tratar al Señor y a nuestra Madre del Cielo, hemos de aprender de José.
Al lado de San José, su alma se encuentra más cerca de María, y también de Jesús, el Dios hecho Hombre, quien, a su vez, le introduce en el misterio de la Santísima Trinidad. Así es como va, según sus propias palabras, de la trinidad de la tierra a la Trinidad del Cielo, siguiendo ese camino de infancia espiritual del que han hablado los grandes místicos. Un camino que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano de Dios, y que requiere la sumisión del entendimiento, más difícil que la sumisión de la voluntad.
Es cristo que pasa
Los temas de su predicación más reciente reflejan claramente los puntos clave de su vida interior: la Iglesia, su fin sobrenatural, la necesidad de que sus hijos sean fieles, el abandono en manos de Dios.
Algunas de las homilías que ha ido pronunciando en distintas fiestas litúrgicas se han ido editando en diversos idiomas durante los últimos años, y para el primer trimestre de 1973 está prevista la aparición, en un solo volumen, de dieciocho de ellas, con el título de Es Cristo que pasa.
En efecto: Mons. Escrivá de Balaguer se esfuerza constantemente por acercar al Señor a las plazas y a las calles de todos los pueblos y ciudades del mundo, consciente de que, en esta época que nos ha tocado vivir, los hombres que deambulan por ellas sienten un gran vacío espiritual y, a veces, se obstinan en no encararse con Cristo y encontrar así la respuesta definitiva a las preguntas que se hacen.
La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez e incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas, todo eso -el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones humanas- puede sin embargo constituir una prueba para nuestra fe y hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y el poder de Dios? (...) Pero el Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo para que sea -siempre y en todo- signo levantado entre las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios (...) No se ha hecho más corta la mano de Dios (Is., LIX, 1): no es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena.
Un acto de confianza
Aunque no deja de sufrir por el mal que causan a las almas las desviaciones doctrinales que se producen en tantos sitios, el Fundador del Opus Dei encuentra en su fe fuerza para renovar su optimismo operante. Las grandes crisis de la historia le han parecido siempre como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres, para que se enfrenten a la verdad; y como ocasiones, que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras, ayudados por la gracia, el Espíritu al que pertenecemos. Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo...
Dos años después de haber pronunciado estas palabras -el 30 de mayo de 1971, domingo de Pentecostés-, Mons. Escrivá de Balaguer ha consagrado la Obra al Espíritu Santo en el oratorio del Consejo General, donde unas vidrieras situadas detrás del Sagrario representan la venida del Paráclito sobre el colegio apostólico: Dios Espíritu Santo (...) que has dado siempre a la Iglesia tu paz, tu gozo y tu consuelo, en medio de tantas contradicciones, confirmando nuestra fe, sosteniendo nuestra esperanza, encendiendo nuestro amor: concédenos tu don septiforme, para que en nuestra vida entera, en nuestras obras, en nuestro pensamiento, en nuestra palabra, halle también sus complacencias Nuestro Padre que está en los Cielos, Dios eterno, Uno y Trino.
Te rogarnos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice, para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del Cielo.
Importunar día y noche al Señor en la oración para forzarle a intervenir, reparar todo el mal que él constata mediante una penitencia más intensa, es lo único que el Padre puede hacer. Todo le impulsa a acrecentar la formación personal de sus hijos y a estimularlos a ampliar más y más el radio de su apostolado personal. Y, siempre que puede, a tomar parte en ese empeño, dirigiéndose personalmente a todos aquellos que quieran escucharle...
Dos meses de catequesis
Su visita a España, debida en principio a los actos que van a tener lugar el 7 de octubre en la Universidad de Navarra, le permitirá también recordar a muchos las verdades fundamentales de la fe, porque, para él, todos los apostolados del Opus Dei se reducen a uno solo: dar doctrina, luz.
Tras abandonar Pamplona, el 10 de octubre, el Padre recorre España y Portugal, reuniéndose, en dos meses, con unas ciento cincuenta mil personas de toda clase, edad y condición: Bilbao, Madrid, Oporto, Lisboa, Jerez, Valencia, Barcelona... Los lugares son muy diversos: aquí, un gimnasio convertida en salón de actos, allí un anfiteatro, allá una sala de proyección... Y en Jerez, un antiguo lagar cubierto ahora con una gran lona...
En todas partes, los miembros de la Obra, sus familias, los cooperadores, los amigos, acogen al Padre con el mismo cariño y escuchan, con alegría, cómo les confirma en la fe y les exhorta a tender cada día, con renovado empeño, hacia esa santidad a la que todo cristiano está llamado en razón de su bautismo.
En cuanto llega a un sitio, los asistentes quieren mostrarle su cariño y agradecimiento estallando en aplausos, pero él les detiene con expresivo gesto:
-Habéis aplaudido, y a mi no me va; porque la gente que nos viera creería que esto es una muchedumbre, y en realidad somos una familia, una familia muy unida.
Abordando inmediatamente el tema que le interesa, comenta algún pasaje del Evangelio o un aspecto de la vida cristiana, siempre muy brevemente; luego, pide a los asistentes que le pregunten lo que quieran.
El ambiente se caldea. Cada cual le plantea lo que más le preocupa y el Padre se emociona, pues de esas preguntas tan espontáneas deduce que quienes están presentes desean vivir su vida cristiana con mayor exigencia. Los más jóvenes le preguntan qué pueden hacer para perseverar en la vida interior, cómo ofrecer mejor a Dios sus horas de estudio, cómo hacer que sus amigos vivan con más autenticidad su cristianismo, cómo santificar el amor humano... Los casados, la manera de santificar la vida conyugal, educar mejor a sus hijos, hacer compatibles las obligaciones profesionales con el apostolado y los deberes familiares...
Es patente que la labor apostólica del Opus Dei ha impregnado todas las capas de la sociedad y gentes de todas las edades. El Padre comprueba que los que le rodean -muchos de los cuales no pertenecen a la Obra- procuran vivir su fe sin complejos y, al mismo tiempo, sin ostentación ni agresividad, con una voluntad resuelta de mejorar y de hacer partícipes a los demás de las riquezas sobrenaturales adquiridas.
En sus respuestas, trata de reforzar esas buenas disposiciones con un don de lenguas que le pone a la altura de su interlocutor, utilizando palabras adecuadas y frases que conmueven. Todos y cada uno de los presentes se sienten implicados, no sólo quien ha hecho la pregunta, aunque éste haya sido respondido con mayor profundidad y precisión de lo que esperaba, sobre todo si no conocía al Padre.
Al final, los asistentes salen confirmados en su fe, dispuestos a profundizar en ella y a no contentarse con "la fe del carbonero"; resueltos, también, a frecuentar los sacramentos y a recibirlos con más fervor, a participar con mayor intensidad en el Santo Sacrificio de la Misa, el centro y la raíz de la vida interior, de donde se sacan fuerzas para ejercer ese "sacerdocio real" que es propio de todos los fieles, según la expresión de San Pedro.
Para que se comprenda mejor su mensaje, el Padre recurre con frecuencia a imágenes y anécdotas de la vida real.
-Nosotros tenemos (...) la oración, que es un hilo directo con Dios nuestro Señor, un trato personal, sin anonimato. Cuando hablan del "teléfono rojo" que hay entre los rusos y los americanos, me divierto mucho, porque vosotros y yo tenemos uno de platino. Si no estamos cerca del Sagrario para hablar con Jesucristo nuestro Señor, que se encuentra allí realmente presente, basta que nos metamos dentro de nosotros mismos, y mejor sobre nosotros mismos: Josemaría se pone encima de sí mismo para pisarse, porque sabe que no es nada, que no vale nada, que no tiene nada. Pero dentro del corazón, si no lo echo por el pecado mortal, sé que habita el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo. Somos tabernáculos de la Trinidad Beatísima, podemos ponernos inmediatamente en contacto con el Señor, sin que los demás lo noten, y decirle cosas de amor, actos de desagravio, peticiones de ayuda, porque somos flacos. Yo lo soy más que ningún otro; por eso me apoyo continuamente en vosotros.
Cuando voy a hacer mis ratos de oración, suelo decir al Señor: "ne respicias peccata mea!"; pero mira las virtudes de todos mis hijos, mira esos miles de almas entregadas a Ti, que hay en todo el mundo...
Un tesoro para compartir
Todos se dan cuenta de lo que hace el Padre cuando habla en esas reuniones de familia, y por eso, a veces, el silencio se adensa: levantar un poquito el velo que oculta su vida interior y manifestar, con sencillez, algunos de los "trucos" que utiliza para mantener la unión con Dios. Todo, con objeto de animar a los oyentes a seguirle por ese camino.
A veces, da a su interlocutor un consejo preciso. Si alguien le pregunta, por ejemplo, cómo hacer para mantener durante todo el día un diálogo contemplativo con Dios, el Padre le invita a recogerse interiormente, unos instantes, sin que nadie lo note, cuando está trabajando, cuando camina por la calle, cuando está reunido en el hogar con su mujer y sus hijos. Más aún: le aconseja que busque la intimidad con el Espíritu Santo en la humildad. Eso te llevará -le dice- a colocarte encima de ti mismo, pisoteándote con el deseo; porque tú y yo, ¿qué somos, hijo mío, sino barro de botijo? No valemos nada, ni podemos nada, ni somos nada. Y en cambio, somos trono de Dios, de la Trinidad entera.
A otro padre de familia que le ha preguntado cómo puede aumentar su fe en la Eucaristía, después de responderle detenidamente, termina diciéndole:
-La segunda Persona de la Santísima Trinidad, que asumió carne mortal -igual a la nuestra en todo, menos en el pecado-, con un corazón que latía abundantemente, ha querido quedarse como alimento nuestro (...) Se ha quedado inerme, escondido en las especies sacramentales, sin defensa. Pero espera el amor tuyo y el mío. ¿No te mueve esto a quererle de verdad? ¿No te mueve a irte con el deseo a todos los sagrarios de la tierra, y decirle: Señor, aquí estoy, te amo? ¡Dile esas cosas con tu corazón de hombre fuerte, duro! No busques las palabras, como no las escoges cuando hablas con tu mujer, con tus hijos, o con las personas que quieres, ni cuando haces un rato de oración todos los días. Piensa que quizá nunca como ahora han maltratado a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Y deja que tu oración marche...
Oración, vida interior. Ser tanto más contemplativo en cuanto que, por la situación en el mundo, se es más activo. Y así, transformar la propia vida, hacer endecasílabos de la prosa de cada día.
En Barcelona, el Padre exhorta a un cirujano a mantenerse constantemente en presencia de Dios durante su trabajo, desde el momento que se pone los guantes de goma hasta que se los quita. Y para que se dé cuenta de hasta qué punto puede elevar su trabajo a un plano sobrenatural, compara su labor, tan en contacto con el dolor humano, a la del sacerdote.
El cirujano asiente con una sonrisa y agradece al Padre su consejo, que viene a unirse a los que ha dado a una enfermera, a un empresario, a una empleada de hogar... Porque todo trabajo útil para la sociedad es noble y santificable por naturaleza. Tal es la causa de que las enseñanzas del Padre lleguen a todo el mundo, desde la sirvienta orgullosa de su trabajo, del cual hace una verdadera profesión, hasta el catedrático de Universidad que debe ver en el esmero con que prepara sus clases el mejor medio de acercarse a Dios y acercar a los alumnos, tan sensibles a la seriedad y prestigio de quienes les enseñan.
De esta forma prosigue, con el enlazar de estos temas de siempre, una correría apostólica que lleva al Fundador del Opus Dei de ciudad en ciudad, no sólo en esta España que en los comienzos de su labor apostólica ya había recorrido de punta a punta, sino también en Portugal.
Porque los tiempos han cambiado, pero las necesidades de las almas siguen siendo las mismas, y Monseñor Escrivá de Balaguer parece infatigable. Apenas concluida una reunión, ya piensa en la siguiente... Y es que quiere aprovechar al máximo las semanas que va a pasar fuera de Roma.
Lealtad a la Iglesia
El Padre pide vehementemente a sus oyentes que, en esta época en que la desobediencia es moneda corriente, sean fieles a la Iglesia, al Papa, a su propia vocación:
-Es tiempo de deslealtad, de traición, de herejía. Y las herejías salen de las bocas que deberían decir la verdad; gentes que habían de dar testimonio de la fe y dan testimonio de la duda; personas que deberían ser la fortaleza para los demás y son la debilidad; almas que, según el Evangelio, tendrían que ser la sal de la tierra, y son la corrupción del mundo.
La actitud de ciertos sacerdotes le hace sufrir mucho, aunque -precisa- no conoce a ningún sacerdote que sea malo. Lo que pasa es que algunos están un tanto confusos, como "enfermos": Hay sacerdotes que, en lugar de hablar de Dios, que es de lo único que tienen obligación de tratar, hablan de política, de sociología, de antropología. Como no saben una palabra, se equivocan; y, además, el Señor no está contento. Nuestro ministerio es predicar la doctrina de Jesucristo, administrar los sacramentos y enseñar el modo de buscar a Cristo, de encontrar a Cristo, de alcanzar a Cristo, de amar a Cristo, de seguir a Cristo. Lo demás no es cosa de nuestra incumbencia.
En Bilbao, pide a un grupo de hijos suyos sacerdotes que traten con el máximo respeto a Jesús Sacramentado y celebren con unción la Santa Misa, comunicando a los fieles,