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Historia del Opus Dei y su fundador
François Gondrand

Capítulo: La aguas pasan a través de los montes

La esperanza ve lo que no es todavía, pero será
Charles Péguy


1. MADRID, 1929-1930

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).
Don Josemaría ha repetido muchas veces estas palabras a partir del 2 de octubre de 1928. Al mismo tiempo, se da cuenta de lo inmensa que es la tarea, tanto más aplastante en cuanto que no procede -lo sabe perfectamente- de una inspiración momentánea, sino de un proyecto divino ajeno a él por completo. Frente a esta perspectiva gigantesca, ¡qué irrisorios son los medios!... Empezando por él mismo, piensa. Instrumento inepto y sordo que tanto ha tardado en ver lo que Dios le pedía... No tiene otra cosa que sus veintiséis años, gracia de Dios y buen humor.
La gracia de Dios no le ha de faltar. Por eso, su primer movimiento espontáneo, tras ese 2 de octubre de 1928, ha sido rezar todavía con más intensidad, siguiendo una lógica sobrenatural ajena por completo a la lógica humana: primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en tercer lugar, acción.
¿Cómo ser fiel a esa voluntad divina si Dios mismo no lleva a cabo la tarea fundamental? Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada!... Estas palabras, pronunciadas a menudo desde que, a los quince años, tuvo los primeros presentimientos, las repite ahora con más convicción todavía. Como compensación, le proporcionan una gran confianza en el futuro, "plenamente persuadido de que todo cuanto Dios tiene prometido, es poderoso también para cumplirlo" (Rom. IV, 21).

Abriendo brecha

Purificarse interiormente, reparar por sus faltas de correspondencia y por todos los pecados del mundo, unido a Cristo crucificado, para ser lo más dócil posible a lo que Dios quiere...
Ignem veni mittere in terram! (Lc. XII, 49), cantaba en su adolescencia; tanto, que su hermano pequeño se había aprendido la melodía, a fuerza de oírsela repetir... Sí, se trata de un fuego divino, que habrá que encender y propagar por todos los rincones de la tierra. ¡Cuánta fuerza necesita para que ese fuego no sea un fuego fatuo: ilusión, mentira de fuego, que ni prende en llamaradas lo que toca ni da calor. Sin embargo, el fuego sólo puede brotar de la generosidad. ¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida!. El amor, hay que probarlo. ¡Y hay tanto que hacer! En realidad, todo, puesto que nada existe de esa gran obra que el Señor quiere que se realice, por mediación suya.
Así pues, Josemaría se entrega de lleno a una serie de mortificaciones -cilicio, disciplinas, ayunos- que hace cada vez más severas, mientras trabaja intensamente y ofrece su cansancio por la misma intención.
¿Quién ha dicho que las penitencias corporales eran cosa de los siglos oscuros de la Edad Media? En pleno siglo XX, en Madrid, en el umbral de los años 30 -que algunos han llamado "los años locos"- un joven sacerdote de veintiséis años que se siente impotente y como desarmado ante la inmensidad de la tarea que le aguarda, abre nuevos caminos divinos en la tierra al ritmo de la alegría de sus disciplinas y de sus rezos...
Pero como las gracias que son necesarias para trazar el primer surco en la tierra endurecida han de ser tantas, decide obtener de otras personas "refuerzos" sobrenaturales.
Empieza a pedir a sus amigos que recen "por una intención que le interesa mucho". A veces, llega a interpelar a algún sacerdote que se encuentra en la calle, cuyo aspecto le hace suponer que vive con generosidad su ministerio... Y cuando se repone de la sorpresa, éste sonríe, asiente y sigue su camino, conmovido por la espontaneidad y la audacia de ese colega desconocido...
Cuenta también con la oración de los pobres y de los enfermos, que son todopoderosos ante el Omnipotente si saben unirse a Cristo Redentor. No en vano, la Providencia le ha conducido a este Patronato de Enfermos, cuyo capellán es desde su llegada a Madrid. De ellos, sobre todo, recibirá la fortaleza que necesita. De esta forma, ese querer divino podrá tomar cuerpo y desarrollarse... Sí, será gracias a esos hombres y mujeres anónimos y humildes, capaces de ofrecer al pobre sacerdote que es, la limosna de su oración y de sus dolores.
¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ése fue el tesoro para pagar!.
Esos fueron los medios para abrir un nuevo camino de santidad en medio del mundo.
Y, finalmente, la acción. Ultima solamente en el orden de las prioridades, no de la cronología. Porque todo se mezcla desde el primer momento, ya que es preciso buscar quienes puedan llevar a cabo con él ese "algo" nuevo, compartir ese ideal, arrebatador pero exigente: meter a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas, elevarlas hacia Él mediante un trabajo intenso realizado con abnegación, de cara a Dios, entregando la vida gota a gota, sin reservas.
Pero, ¿por qué crear algo nuevo? ¿Por qué no tratar de conjugar esos esfuerzos con los de alguna institución ya existente que tuviera unos fines y un espíritu como los que Dios le pedía y donde pudiera servir, obedeciendo? ¿No sería ésta una manera de cumplir ese querer divino, sin necesidad de añadir una fundación más a todas las que ya enriquecían la vida de la Iglesia?
Mientras busca alrededor algunos cristianos que sean capaces de responder a la nueva llamada, estudia detenidamente los estatutos de diversas instituciones de laicos ya existentes o recién creadas, para ver si los fines de alguna de ellas corresponden a lo que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.
A finales de 1929 tiene ya en su poder bastante documentación, proveniente de diversos países, pero nada responde, ni de lejos, a lo que él busca. Los fines de esos movimientos o grupos son elevados, pero limitados. No hay nada en ellos que incite a los cristianos a comprometer su vida entera al servicio de Cristo con una llamada específica a buscar la santificación en medio del mundo. Por eso, a pesar de sus vacilaciones que, por humildad, atribuye a su poquedad, no tiene más remedio que admitir que el Señor quiere que haga lo más difícil: abrir un nuevo camino de santificación en la Iglesia.

En busca de las primeras vocaciones

Ahora, más que nunca, el objetivo le parece desmesurado. ¡Una verdadera locura! Pero se trata de una locura querida por Dios... Por eso, venciendo su repugnancia inicial a ser fundador de algo, no duda en recomenzar sobre otras bases, y se pone manos a la obra con la única ayuda con que cuenta: la de Dios, que le pide eso, y con la intercesión de Santa María, de los Ángeles y de los santos...
Desde el 2 de octubre de 1928 venía pensando en algunas personas que conocía: alumnos de la Academia Cicuéndez, empleados, estudiantes, obreros, jóvenes relacionados con su familia, amigos, sacerdotes...
Pronto se suceden las visitas, las cartas, las conversaciones... Busca a las almas una a una, las prueba, las incita para que sean más sensibles a las exigencias del Evangelio. No se trata, de momento, de hablar de ese proyecto divino, cuya existencia sólo él conoce. Es preciso, antes, preparar pacientemente a quienes, por sus cualidades humanas y la solidez de su vida cristiana, sean capaces de aceptar, en su día, esta nueva "locura" divina, si el Señor les da la correspondiente vocación. Tendrá que meterles por caminos de vida interior -oración, mortificación, sacramentos-, para que se fortalezcan, se enamoren de Jesucristo y estén dispuestos a entregarle su voluntad para que haga con ellos lo que Él quiera. Sólo entonces, en una tierra así removida y fertilizada por la oración y la penitencia, podrá depositar la simiente divina que conserva como un tesoro en su alma. Podrá revelar a cada uno de ellos la llamada a ser apóstol de apóstoles en medio del mundo, sin salirse de su sitio, sin que nada cambie externamente en su vida de trabajo o estudio, pero divinizándolo todo, porque, poco a poco, a pesar de las caídas y las recaídas, uno se ha ido haciendo más "de Dios".
Don Josemaría no habla a casi nadie de la misión que el Señor le ha encomendado. Se lo ha dicho, sí, a un jesuita prestigioso, el P. Valentín Sánchez Ruiz, que más tarde será su confesor, aunque siempre procurará distinguir perfectamente entre los consejos para su alma que éste le dará y las tareas para llevar a cabo su misión de Fundador, sin interferencias de la dirección espiritual.
En junio de 1929 se lo confía a uno de sus amigos de Zaragoza, José Romeo.
A su familia no le dice nada. Su madre y sus hermanos sólo advierten que cada vez está más ocupado: frecuentes desplazamientos por Madrid para visitar a los enfermos en sus tugurios o en los hospitales, largas conversaciones en casa o por las calles, con grupos de amigos o con algunos jóvenes a los que dirige en su vida espiritual y cita a veces en un banco del parque del Retiro...
El Padre -como empiezan a llamarle algunos- tiene un gran atractivo, con su estatura media y su cara armoniosa y llena. Usa gafas redondas, de concha, frecuentes en aquella época. Viste siempre con gran pulcritud y cuando sale a la calle suele llevar el manteo y la teja, no alargada, sino redonda, a la romana.
Simpático, abierto y de una alegría contagiosa, se expresa con un calor y una convicción que se manifiestan en la firmeza de la voz y en el acento, propio de su tierra aragonesa. Suscita enseguida la adhesión, nacida de la certeza, que se adquiere en cuanto se le escucha, de que uno se encuentra ante un hombre de Dios.
A menudo, en su sonrisa, en su penetrante mirada, llena de bondad, se advierte un "algo" que inspira confianza y, al mismo tiempo, remueve y anima a ser mejor...
Quienes se acercan a él comprenderían más fácilmente la influencia que ejerce sobre ellos si supieran que, cuando se encuentra solo con Dios, al sentirse tan joven y tan inclinado a dar rienda suelta a su carácter jovial, pide al Señor que le dé ochenta años de gravedad, signo externo, para él, del orden y de la pureza de la vida interior. Si conociesen lo mucho que reza y se mortifica por cada uno de ellos... Si le viesen encarar cualquier problema poniéndose con toda su alma en la presencia de Dios, y besando con frecuencia un crucifijo que coloca siempre sobre su mesa de trabajo, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural...
Esa atracción que ejerce el Padre hace que numerosas personas acudan a hablar con él, le confíen sus cuitas y le pidan consejo en temas de su vida interior.
Un día descubre un lugar agradable y tranquilo de reunión: la chocolatería "El Sotanillo", situada en plena calle de Alcalá, entre la Plaza de la Independencia y la Cibeles. Allí se puede charlar sin molestar a nadie y sin que nadie moleste.
El Padre empieza á reunirse en "El Sotanillo" con algunos amigos para cambiar impresiones sobre temas profesionales o de actualidad. Se trata de una tertulia, como tantas otras que existen en casi todos los pueblos y ciudades de España. También suele invitar a algunos jóvenes que se relacionan con él.
El tono de las conversaciones que mantienen estos singulares contertulios, reunidos alrededor de un sacerdote, poco tiene que ver con el del resto de la clientela. Partiendo de cualquier hecho menudo de la vida cotidiana -el Padre tiene mucho salero y sabe descubrir los aspectos más divertidos de las cosas-, procura elevar las mentes y los corazones a preocupaciones más altas; los rostros, al principio sonrientes, se ponen serios cuando don Josemaría les habla de las exigencias de una vida auténticamente cristiana: oración, lectura del Evangelio, para conocer mejor al Maestro; trato con la Virgen y con los Ángeles Custodios; trato directo con Dios Nuestro Señor, en la oración mental: Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad, que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior; asistencia frecuente a la Santa Misa, centro de la vida interior; Eucaristía: Comunión, unión, comunicación, confidencia; Palabra, Pan, Amor. Cuando te acercas al Sagrario, piensa que ¡Él!... te espera desde hace veinte siglos; recurso asiduo al Sacramento de la Penitencia, para purificarse y adquirir las gracias necesarias para renovar la vida interior...
El Padre no habla todavía de esa Obra de Dios cuyos cimientos está colocando; quiere, antes, ampliar el horizonte espiritual de sus interlocutores poniendo ante ellos, con toda la fuerza de que es capaz, la grandeza y la profundidad de una vocación cristiana vivida en medio de las ocupaciones de la vida ordinaria: allí es donde deben encontrar a Cristo. Los más jóvenes deben tender a ese fin desde ahora mismo, mientras estudian, porque una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración. Un estudio serio, profundo, constante hasta el heroísmo, pues eso les permitirá luego ejercer con eficacia una profesión que tiene que verse vivificada y dignificada por la gracia de Dios.
Y así, van naciendo propósitos en el secreto de los corazones; resoluciones que será preciso reforzar con palabras adecuadas, y procurar mantener en ellos rezando y mortificándose todavía más...

La ayuda de los pobres y los enfermos

A algunos de aquellos jóvenes, que proceden de familias acomodadas, les pide que le acompañen en sus visitas al barrio de Tetuán o al arrabal obrero de Vallecas, donde muchas familias viven miserablemente, a veces en cuevas o en chabolas, sin agua corriente y sin alcantarillado. El corazón se oprime viendo tanta miseria, porque no es lo mismo saberlo que verlo. El choque con esa realidad permite mantener una charla que abre horizontes nuevos: la responsabilidad social de los intelectuales, desde luego -eso da a los estudios otras dimensiones-, pero también la necesidad de vivir una vida auténticamente cristiana, de reparación, de unión con Dios, de intenso apostolado en el seno de la sociedad, para hacerla más justa, más humana; para transformarla radicalmente, desde dentro.
También los pobres ayudan así, sin saberlo...
Un día, un estudiante de Medicina evoca ante don Josemaría las condiciones lamentables en que viven los enfermos de los hospitales que tiene que visitar: el Hospital Clínico de San Carlos y el Hospital provincial, llamado Hospital General. Este ultimo, construido en el siglo XVII, está mal adaptado y es claramente insuficiente para una población que crece. Los enfermos se amontonan en precarias condiciones sanitarias. Hileras de camas bordean los pasillos, lo cual, unido a la falta de atenciones médicas y humanas, contribuye a deprimir a los enfermos y hace el ambiente insoportable.
A esas pobres gentes, aisladas en su miseria física y moral, don Josemaría las conoce bien, pues las ha visitado en los tugurios de Madrid y en los barrios periféricos. Sin embargo, al escuchar a aquel estudiante de Medicina, piensa en los jóvenes que le rodean. Llevarles a los hospitales, ¿no será una forma espléndida de hacerles pensar en los demás y acercarles a Cristo, de formarles, en suma, haciéndoles adquirir visión sobrenatural, esa tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen?.
Sí, los enfermos, como los pobres, les enseñarán a rezar, a sacrificarse, a darse a Dios y al prójimo. Porque la relativa y pobre felicidad del egoísta que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón... no es difícil conseguirla en este mundo. Pero la felicidad del egoísta no es duradera.
Eres calculador. -No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma.
El Padre y los estudiantes visitarán, primero, el Hospital General, próximo a la Estación de Atocha y a la iglesia de Santa Isabel. Una congregación, que se ocupa de los enfermos y que tiene mucho que hacer en un ambiente en el que los sentimientos anticristianos están exacerbados, ha dado su conformidad. A partir de ese momento, todos los domingos, a primeras horas de la tarde, los jóvenes de don Josemaría recorren las salas del hospital, charlan con los enfermos, procuran animarles, les llevan unas golosinas, realizan tareas que no se llevan a cabo por escasez de personal: los lavan, les cortan las uñas, vacían sus orinales...
Un día, el Padre encarga a un joven ingeniero, Luis Gordon, que limpie uno de esos vasos de noche, y observa que sale con un gesto de repugnancia. Le sigue hasta los lavabos, para sustituirle en tan ingrata tarea, pero cuando llega, ve que Luis ha vaciado ya el orinal y lo está limpiando con sus propias manos, mientras murmura algo...
Don Josemaría, que ha oído lo que dice, evocará más tarde, en Camino, la conmovedora escena:
¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella "sutileza" del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?.
El Padre, por su parte, procura además ayudar a los enfermos en un plano más espiritual. En todo hombre ve siempre un alma que hay que salvar. Algunos le rechazan al principio bruscamente, pero otros que se sienten abandonados por todos, se conmueven al ver que un sacerdote se interesa por ellos. Recobran la esperanza, aprenden a convertir sus sufrimientos en oración y vuelven a encontrar el camino de la fe. ¡Y qué lecciones le dan a veces esos desheredados!
Por ejemplo, aquel gitano, herido en una riña, al que ya han desahuciado. Don Josemaría ruega que le dejen solo con el moribundo y, con delicadeza, le pone al corriente de la gravedad de su estado. El gitano, conmovido, pide confesarse. Don Josemaría le oye en confesión, le absuelve, y le ofrece el crucifijo que siempre lleva consigo para que lo bese. El gitano aparta el rostro y solloza:
-¡Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!
-Pero, ¡si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte enseguida, en el cielo!
Y el Padre, emocionado, piensa: Señor, ¿qué diré yo, yo mismo? Con esta boca podrida, ¿cómo te voy a besar?...

Roturando con esfuerzo

De regreso, los jóvenes cambian impresiones con el Padre. Este procura aprovechar su estado de ánimo para ayudarles a dar a su vida mayor hondura: generosidad en las cosas grandes y, sobre todo, en los deberes ordinarios y en las pequeñas renuncias. ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día!
El Padre no les habla de vocación, pero les abre nuevas perspectivas: trabajar por y para Dios, extender el reino de Cristo, y, para esto, dejarse "clavar" en la Cruz, santificando el trabajo ordinario, haciéndolo con la mayor perfección posible y convirtiéndolo en ofrenda, en holocausto...
Muchos de esos muchachos cambian profundamente, casi sin darse cuenta. Empiezan a asistir a la Santa Misa a diario, a veces a la que don Josemaría celebra -con una concentración que produce escalofríos en la capilla del Patronato de Enfermos, en la calle de Santa Engracia. Llevan con ellos a sus amigos, que pronto se sienten atraídos por la simpatía de este joven sacerdote, cuya forma directa de hablar les impresiona. El inmenso panorama que les desvela -capaz de iluminar toda una vida y de transformar al mundo- les entusiasma...
Algunos, sin embargo, se alejan cuando descubren en sus palabras una invitación personal a dejarlo todo y seguir a Cristo, pero sin abandonar el mundo. ¡Cuántos "jóvenes ricos", como el del Evangelio, cuya mirada hace pensar en una generosidad sin límites y que se marchan tristes a la hora de la verdad!
Las almas se le escapan entre los dedos como anguilas en el agua.
Algunos de esos jóvenes tienen el valor de confesar que no se sienten con fuerzas, pero otros se despiden a la francesa...
A pesar de todo, lo que Dios quiere tiene que realizarse. Bastaría con que perseverara uno de ellos para empezar...
El Padre no se encuentra solo. En el mes de septiembre de 1929, se traslada, con su madre y sus hermanos, a la pequeña vivienda de que dispone el capellán del Patronato de Enfermos. Tampoco le faltan amigos. Tiene, sobre todo, el gran Amigo, la conversación con el gran Amigo que nunca traiciona, Cristo... Y siempre, en lo más hondo de su corazón, una llama que no se extingue y que le impulsa a seguir abriendo camino, sin cansancio. Lo que Dios quiere se realizará, porque es su Voluntad. ¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero.
A1 principio, ni siquiera había pensado en dar un nombre a "aquello". A quienes se le acercaban, les hablaba de "la labor" (con todo lo que esta palabra de origen latino implica de esfuerzo y tenacidad), o, simplemente de la Obra (también en el sentido de trabajo, de tarea apostólica). Hasta que un día, a comienzos de 1930, su confesor, el P. Sánchez Ruiz, le preguntó como de pasada:
-¿Y cómo va esa obra de Dios?
Fue como una revelación. Si debía tener un nombre, que fuera ése: la "Obra de Dios", en latín Opus Dei, término que evoca también la idea de trabajo: Opus Dei, operatio Dei: ¡Obra de Dios, trabajo de Dios! Un trabajo profesional, un trabajo ordinario, realizado sin abandonar las tareas del mundo, las ambiciones nobles. Un trabajo transformado en oración, en alabanza del Señor, por todos los caminos de la tierra... Opus Dei: ¿qué nombre más apto para designar lo que Dios le había encomendado realizar?

Apostolado entre los sacerdotes

Don Josemaría consagra también parte de su tiempo y de sus energías a animar y a aconsejar en su vida espiritual a algunos sacerdotes, a menudo mayores que él, los cuales confían en su capacidad para dirigirlos, pues saben que es un hombre de Dios.
Desde los tiempos del seminario, le preocupa la santidad de los sacerdotes. Sabe que, ahora, puede proponer a algunos la vocación que él mismo ha recibido el 2 de octubre de 1928: una llamada a santificarse en las actividades ordinarias, para ellos, las de su ministerio sacerdotal, al que habrán de consagrarse totalmente y con una generosidad mayor, lo cual redundará en favor de las almas.
Esos sacerdotes podrán, además, atender espiritual y sacramentalmente a los primeros laicos que pidan la admisión en la Obra: hombres que se comprometerán a poner su vida al servicio de Dios, sin renunciar en absoluto a su condición y mentalidad seculares, y que se esforzarán por vivir las virtudes y los valores evangélicos en todos los ambientes.
En realidad, los sacerdotes estaban también allí, el 2 de octubre de 1928, cuando había visto la Obra en su totalidad, en aquella habitación de la residencia de los Paúles. No sabía aún cómo, es decir, en virtud de qué modalidad jurídica podrían estar, pero de hecho, estar ¡estaban ya!
La tarea es todavía más difícil que con los laicos. Porque cuando se les habla de vida interior, de santidad, los sacerdotes pueden sacar la impresión de que no tienen nada que aprender sobre el tema, ya que ellos son especialistas... Además, ¿qué puede enseñarles ese joven colega?...
Así piensan algunos, que no ven sino una "Obra buena" más en lo que don Josemaría les propone. Eso, sin tener en cuenta a quienes empiezan a pensar -a decir- que don Josemaría está loco...
A pesar de todo, unos cuantos le escuchan con verdadero interés cuando les explica esta nueva labor apostólica, que él describe como un mar sin orillas, poniendo un entusiasmo y una precisión en los detalles que les conmueven y dan a quienes le escuchan la impresión de que aquello se realizará. Unos pocos se deciden a seguirle y empiezan a ayudarle en su trabajo de formación, como don José María Somoano, a quien el Obispo de Madrid ha confiado diversos cargos, entre ellos el de capellán de Porta Coeli, un asilo-reformatorio para golfos; es, sin duda, uno de los que mejor le comprenden y el que más se interesa por su tarea apostólica, que empieza a cristalizar.

Nacimiento de la Sección de mujeres del Opus Dei

Laicos de toda condición y, junto a ellos, unos cuantos sacerdotes que garanticen su asistencia espiritual: la Obra empieza a dibujarse con arreglo al esquema inicial. Pero, ¿será oportuno incluir a las mujeres entre esa variedad de seglares?... En absoluto, piensa don Josemaría. Jamás...
Humanamente, podría haber sido imaginable, pero las mujeres no estaban en lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre de 1928. Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei, escribe en el mes de febrero de 1930, después de haber recibido documentación concerniente a una institución compuesta por hombres y mujeres.
Unos días más tarde, el 14 de febrero, se dirige a la calle de Alcalá Galiano, donde vive la anciana marquesa de Onteiro, madre de la Fundadora de las Damas Apostólicas, para celebrar en su casa la Santa Misa. En un pequeño oratorio del primer piso, muy cerca del Paseo de la Castellana, nada más recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con la devoción acostumbrada y todo el fervor de que es capaz, siente que el Señor "se introduce" de nuevo en su vida para pedirle algo, otra cosa, pero que está en la misma línea que lo que ha visto el 2 de octubre de 1928: que extienda también a las mujeres la llamada a la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo...
No puede haber nada más opuesto a lo que él había pensado y escrito... Una prueba más de que la Obra no es suya, sino verdaderamente "de Dios".
Su confesor se lo confirma inmediatamente: "Esto es tan de Dios como lo demás", le dice el P. Sánchez Ruiz.
¡Qué claro está que es el Señor quien lo está haciendo todo! Es capaz de escribir con la pata de una mesa...
Por entonces, anota en una hoja de papel, la siguiente reflexión:
Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capitulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza... 2 de octubre de 1928-14 de febrero de 1930.

2. MADRID, VERANO DE 1931

En las inmediaciones de la Estación de Atocha, se aglomeran los viajeros. Don Josemaría se abre camino entre ellos, abstraído, y se dirige a la parada del tranvía que lo llevará a la calle de Viriato, donde ahora vive con su madre, que se ha quedado sola: acaba de dejar en la estación a su hermana y a su hermano, que van a pasar el verano en Fonz.
En Madrid reina una angustia que casi se percibe físicamente. Desde hace más de un año, se han ido multiplicando los signos precursores de una tormenta; son las convulsiones de una sociedad cuya base política se tambalea.
El General Primo de Rivera había abandonado el poder el 28 de enero de 1930. Los gobiernos que le habían sucedido no habían logrado atajar la profunda crisis que sufría la monarquía. El 14 de abril de 1931, por segunda vez en la historia de España, se ha proclamado la República. Momentos de incertidumbre, de esperanza, y también de angustia, pues las corrientes anticlericales, desatadas, han desembocado en acciones de inusitada violencia. El 11 de mayo, grupos de exaltados se han echado a la calle en Madrid y han incendiado numerosas iglesias y conventos. Al día siguiente, ha ocurrido lo mismo en otras ciudades. En las calles, se mira a los sacerdotes con desprecio o con rabia, cuando no se les insulta, como ocurre, a veces, en los suburbios y en los barrios obreros, que don Josemaría sigue visitando para atender a pobres y enfermos. Han llegado hasta a apedrearle...
El Padre no hace jamás comentarios de carácter político, pero tiene el corazón oprimido, aunque está convencido que el Señor nunca permite que suceda algo irremediable.
El 11 de mayo había evitado que se cometiera una posible profanación en el Patronato de Enfermos, donde por entonces vivía aún. Un Coronel, antiguo amigo de la familia, había ido a llevarle ropa de paisano para que pudiese escapar. Él, entonces, había abierto el Sagrario y había consumido casi todas las Sagradas Formas que había en el copón. Luego, como el tiempo apremiaba, había envuelto cuidadosamente el copón con las que quedaban en un papel y las había llevado a casa del Coronel en un taxi que éste había mandado llamar.
En los días que siguieron, los espíritus se habían calmado un tanto. pero la atmósfera continuaba cargada y la tormenta podía estallar de nuevo.
Después de pasar unos días con su hermano, en casa del Coronel, don Josemaría había decidido ir a vivir con su madre en un piso de la calle de Viriato. Acababa de renunciar a su cargo de capellán del Patronato de Enfermos, con objeto de estar más disponible para hacer lo que Dios le había pedido.

Tú eres mi Hijo

Tales circunstancias no son nada favorables a la fundación de una obra como la que tiene entre manos, y don Josemaría lo sabe. Con todo, cuando sube al tranvía que ha de conducirlo a su casa, sigue pensando que se realizará, por absurdo que parezca.
En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible (...) sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater!.
Los que aquel día se apretujaban en el tranvía que, dando tumbos, hacía el recorrido Atocha-Cuatro Caminos, tal vez se asombraran al ver a aquel joven sacerdote murmurando palabras incomprensibles, con la cara iluminada de gozo.
¡Gozo, paz profunda! ¡Soy hijo de Dios! Lo demás, no tiene importancia...
"Tú eres mi Hijo: Yo te engendré hoy" (Ps. 11, 7). Toda una vida sería insuficiente para agotar el significado de estas palabras del Salmo II, que ahora contempla con una luz nueva...
Gozo. Identificación con Cristo, Hijo unigénito de Dios, el Bienamado del Padre. Como en los justos del Antiguo Testamento, como en María cuando entonó el Magnificat, la respuesta brota de lo hondo de su corazón, expresada con palabras de la Escritura: Abba, Pater! Abba, Pater! Abba! Abba! Abba!
"Y por cuanto vosotros sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual nos hace exclamar: Abba, Padre. Y así ninguno de vosotros es ya siervo, sino hijo. Y siendo hijo, es también heredero de Dios" (Gal. IV, 6-7). "Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba, ¡Oh Padre!; porque el mismo espíritu está dando testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios, y coherederos con Cristo: con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados" (Rom. VIII, 15-17).
¡Sí, Pablo, gran Pablo! ¡Gracias por esta doctrina que nos has dejado, porque el Espíritu Santo te la inspiró!
Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe, y todo lo puede.
Don Josemaría ha bajado del tranvía, casi sin darse cuenta, y deambula por las calles sin dejar de repetir mentalmente, y tal vez en voz alta, ajeno a los viandantes: Abba, Pater! Abba, Pater!
Es una gracia demasiado grande que, sin duda, Dios no quiere que se la reserve para él. Ha de ser, también, para los que vengan. Para que sepan siempre, en media de las dificultades, ver la Cruz de Cristo, y que encontrar la cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.
La luz del 2 de octubre de 1928 se ha hecho más brillante aún, en momentos particularmente difíciles. Que esta manifestación profunda de la filiación divina haya tenido lugar en plena calle -en un tranvía- confirma, con toda evidencia, que el cristiano puede y debe alcanzar la santidad en medio de sus ocupaciones ordinarias, y gracias a ellas:
La calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.
"¿Por qué causa se han embravecido las naciones, y los pueblos meditaron cosas vanas? (...). Se han confederado los príncipes contra el Señor y contra su Cristo (...). Aquel que reside en los cielos se burlará de ellos (...). Tú eres mi Hijo. Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré las naciones en herencia tuya, y extenderé tu dominio hasta los extremos de la tierra ..." (Ps. II).
El Padre, como lo llaman espontáneamente quienes se acercan a él, llega a su casa con el corazón inundado de gozo, lleno de confianza en el futuro, pase lo que pase. A partir de ese momento, la filiación divina será tema central de su predicación: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo (...). Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando (..). Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.
¡Ah, Señor! -¡díselo con toda tu alma!-, yo soy... ¡hijo de Dios!

Las primeras vocaciones

Don Josemaría prosigue haciendo apostolado con gente joven y con algunos sacerdotes. Confiesa durante más horas y ensancha y profundiza el trabajo básico indispensable para que la Obra de Dios se ponga en marcha.
El confesionario le permite empezar a dirigir espiritualmente algunas mujeres, en su mayoría jóvenes, que un sacerdote no podría encontrar en otros sitios, como a los hombres. Aconseja a unas cuantas que vayan a enseñar el catecismo a los niños en un suburbio muy pobre de los alrededores de Madrid llamado "La Ventilla".
Pacientemente, va modelando las almas una a una, tallándolas como los diamantes, a la espera de que "respondan".
Ya no está del todo solo, con el secreto de esta locura, de este fuego cuyo resplandor el Señor le ha hecho ver hace más de dos años. Algunos de los que le rodean han empezado a comprender... Entre ellos, uno en quien había pensado a poco de fundar la Obra: Isidoro Zorzano, aquel antiguo condiscípulo del Instituto de Logroño, persona recta, de gran corazón y buen cristiano. Estaba seguro de que sería capaz de entender ese ideal tan exigente y, con la gracia de Dios, dedicar su vida a esa tarea...
No le había olvidado, pero hacía varios años que no se veían. Sabía, eso sí, que no se había casado, que había terminado la carrera de ingeniero y que trabajaba en Málaga, en la Compañía de Ferrocarriles de Andalucía.
A comienzos de 1930, había decidido escribirle. Una carta muy breve: "No dejes de venir a verme cuando pases por Madrid; tengo que contarte cosas que pueden interesarte..."
Unos meses más tarde, el 24 de agosto, don Josemaría había ido a visitar a un estudiante de arquitectura, que se encontraba enfermo. A poco de llegar, piensa, sin saber por qué, que debe volver a casa. Sale y, cerca ya del Patronato de Enfermos, él, que siempre toma el camino más corto, da un ligero rodeo. De pronto, en la calle de Nicasio Gallego, ve venir en dirección contraria alguien a quien conoce: ¡Isidoro!
-Acabo de estar en el Patronato -dice éste- y, como no estabas, iba a buscar un restaurante y luego a tomar el tren. Voy al Norte, donde mi familia está pasando el verano... Es curioso, pero tenía el presentimiento de que te encontraría aquí, en esta calle...
Ya en las habitaciones del Patronato de Enfermos, antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que le insinuaba en su carta, Isidoro dice:
-Josemaría, quería verte para pedirte que me aconsejaras.
-¿Qué te pasa?
-Estoy inquieto. Siento que Dios me pide más, que debo hacer "algo", pero no sé el qué. Me he preguntado a veces si el Señor querrá que me haga religioso, pero no lo veo claro. Tengo mi trabajo de ingeniero, que me satisface... Y no sé qué pensar, quiero que me orientes...
Don Josemaría le escucha estupefacto. Luego dice:
-¿Te acuerdas de mi carta? Pues bien, te he escrito precisamente para hablarte de una obra en la que estoy comenzando a trabajar...
Y empieza a describirle, a grandes rasgos, ese inmenso panorama de santificación del trabajo ordinario y de la vida corriente. La de un ingeniero como él, por ejemplo.
-Veo en esta coincidencia el dedo de Dios -exclama Isidoro-. Cuenta conmigo. Por mi parte, estoy decidido.
Ha sido todo tan rápido que don Josemaría no sabe qué hacer. Pide a su amigo que espere un poco, antes de dar una respuesta definitiva, pues se trata de dar un nuevo giro a su vida... Isidoro se marcha y vuelve después de comer.
Mientras le espera, el Padre reflexiona sobre el sentido de este suceso y pide luces al Señor. Ha sido todo tan rápido... Por una parte, Isidoro no podrá trasladarse inmediatamente a Madrid y no podrán verse con frecuencia, lo que dificultará su indispensable formación; por otra, resulta todo tan claro, tan providencial...
Vuelve Isidoro. Charlan largo rato, hasta la salida del tren. Cuando parte, se considera ya comprometido con el Señor, de manera irreversible, para trabajar a su servicio en esta Obra de Dios, de la cual, de hecho, será el primer miembro que perseverará. A partir de ese momento, Josemaría, su condiscípulo, se ha convertido en El Padre.

Contradicciones y certezas

Aunque los frutos no acababan de verse, el año 1930 había sido rico en trabajos y gozos. Sobre todo, ese 14 de febrero en que había nacido la Sección de mujeres del Opus Dei, inopinadamente. Así pues, don Josemaría prosigue su trabajo apostólico en tres frentes: hombres, sacerdotes y mujeres.
No es nada fácil. En tiempos de crisis, como ésos, las gentes andan preocupadas y se ven atraídas por la acción política. El ideal que el Padre propone es otro, mucho más alto. Incluye, sí, las aspiraciones y las empresas más nobles, pero iluminadas por la luz de la fe, con todo lo que eso exige: vida interior, formación, coherencia moral, unidad de vida...
Don Josemaría suele entusiasmar a aquellos a quienes se dirige; les hace descubrir nuevos horizontes y sacar nuevos destellos de las páginas del Evangelio (ha tomado nota de un centenar de versículos del Nuevo Testamento que relee y medita con frecuencia). No faltan, sin embargo, quienes se burlan de la increíble audacia que encierra la idea misma del Opus Dei. No se contentan con hacer comentarios a sus espaldas: algunos se lo dicen, con "comprensiva" condescendencia (son, con frecuencia, ¡ay!, sus hermanos en el sacerdocio). ¡Qué idea más absurda proponer que traten de ser santos a hombres y mujeres corrientes, que no están "consagrados" a Dios, que no se comprometen con votos, que no tienen vocación religiosa! ¿Acaso no basta con procurar que esas gentes inmersas en el mundo, con tantas ocasiones de perderse y de ensuciarse, simplemente se salven "como a través del fuego"? Qué osadía decir a los cristianos corrientes: Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: "Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto".
El joven Fundador sufre con estas incomprensiones, aunque no le sorprenden. Lo que predica es tan nuevo... Una locura, sin duda. Pero está tan seguro de que eso viene de Dios que no está dispuesto a renunciar por mucha sorpresa o muchas reticencias que algunos manifiesten. Al contrario, no hacen más que confirmarle que no es el inventor de una "idea" generosa, sino instrumento escogido por Dios para abrir un nuevo camino en la tierra. Esta obra no es una "buena obra" más. Es la Obra de Dios que Él le había hecho entrever desde su juventud, sin saberlo. ¿Qué puede tener de extraño que surjan obstáculos? Tendrá que quitarlos o esquivarlos, de la mano de Dios, porque, de alguna manera, el cielo está comprometido en que se realice.

***

El día de la Transfiguración, que en Madrid se celebra ese año el 7 de agosto, don Josemaría está celebrando misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Cuando se dispone a formular mentalmente las intenciones por las que la ofrece, se da cuenta, de pronto, del profundo cambio interior que -sin mérito alguno por su parte, piensa- se ha operado en él desde su llegada a la capital. Inmediatamente, renueva su propósito de orientar toda su vida hacia el cumplimiento de lo que Dios quiere de él: hacer la Obra de Dios.
Llegó la hora de la Consagración -escribe el mismo día en un cuaderno-: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, (..) vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: "et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum" (Joann., XII, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el "ne timeas!", soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas...
Querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo corno llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey...

3. MADRID, ENTRE SEPTIEMBRE DE 1931 Y FEBRERO DE 1934

Aquel individuo se abalanzó sobre él sin que le diera tiempo a defenderse. Don Josemaría es incapaz de librarse de esas dos manos que le atacan con violencia, al mismo tiempo que el agresor le cubre de injurias. Un poco más y no podrá respirar...
Casi en ese mismo instante, alguien le defiende, y la violencia de aquel individuo cede. Don Josemaría respira profundamente mientras el joven que acaba de librarle del atacante murmura, sonriendo: "¡Burrito sarnoso!". Antes de que le dé tiempo a reaccionar, el joven se pierde entre la gente.

***

¿Cómo lo había sabido el joven? Mientras sigue su camino en dirección a 1a iglesia de Santa Isabel, don Josemaría siente que en su alma se mezclan el deseo de dar gracias a Dios por haberle librado de aquel mal paso y una impresión de desconcierto. Son muy pocas, en efecto, las personas que conocen la intimidad de su alma y menos las que saben que, en sus diálogos con Jesús, no quiere ser para El más que un burro sarnoso, indigno de recibirlo, de representarlo, de llevarlo entre los hombres.
Con todo, le inunda una gran paz, aunque está deseando hablar con el Señor, en el Sagrario. Lo que acaba de suceder es tan inexplicable que creería haber tenido una pesadilla si en ese momento no inundara la calle un sol radiante y los transeúntes siguieran caminando como si tal cosa...

En el confesionario de Santa Isabel

Desde el mes de septiembre de 1931, viene visitando todos los días este barrio, próximo a la Estación de Atocha, donde se encuentra la iglesia de Santa Isabel, cuya cúpula y fachada neoclásicas dan a una pequeña plaza encuadrada por un convento de clausura y un colegio de niñas.
El convento es el de las Agustinas Recoletas, a quienes se lo donó la Corona a comienzos del siglo XVII. Sus rentas provienen de un Real Patronato, el cual administra también el Colegio de Nuestra Señora de la Asunción -situado a la derecha de la iglesia de Santa Isabel- que llevan otras religiosas. Don Josemaría se ha ofrecido como capellán de las Agustinas y todos los días celebra la Santa Misa a las ocho de la mañana. Las monjas asisten a ella tras una reja erizada de gruesas puntas, a la izquierda del altar mayor, mirando desde la nave del templo. Oficia también en las ceremonias litúrgicas, en especial, la Bendición con el Santísimo.
Conoce bien la iglesia de Santa Isabel, porque viene confesando allí desde hace algunos meses. Las agustinas están encantadas con su nuevo capellán, porque aprecian su piedad, su disponibilidad y su buen humor. Cuando alguna de ellas está enferma, le lleva la comunión después de la misa; luego, cambia algunas palabras llenas de alegría sobrenatural con ellas, en los pasillos o en el patio.
Pasa largos ratos recogido en oración ante el altar mayor, adosado a un gran retablo barroco; son momentos de confiado diálogo entre un hijo, consciente de su debilidad, y su Padre Dios.
¡Señor, aquí está tu borriquillo!, exclama de nuevo un día... Y, al punto, oye una voz interior: "Un borrico fue mi trono en Jerusalén". ¿Procederán de Dios estas palabras, que le han producido una gran turbación? ¿No serán fruto de su imaginación?
Para asegurarse, trata de confrontar enseguida, mentalmente, las palabras que acaba de oír con las de la Sagrada Escritura. El profeta Zacarías habla, en efecto -así cree recordar-, del Mesías que ha de venir, y dice: "Oh hija de Sión, regocíjate en gran manera, salta de júbilo, oh hija de Jerusalén; he aquí que a ti vendrá tu rey, el Justo, el Salvador; él vendrá pobre y montado en una asna y su pollino..." (Zac. IX, 9). Pero la evocación de este pasaje no resuelve todas sus dudas: el Señor podía ir montado en la asna y no en el pollino...
De regreso a su casa, consulta el Evangelio de San Mateo (XXI, 1-5), que reproduce la profecía de Zacarías y habla, tres versículos antes, de que Jesús había pedido a sus discípulos que desataran y le trajeran, para entrar en la Ciudad Santa, "una asna atada con su pollino al lado", pero nada más. Así, pues, consulta a San Marcos, San Lucas y San Juan, los cuales precisan claramente que Jesús montó un borriquillo "sobre el que todavía no ha montado ningún hombre" (Mc. XI, 2; cfr. Lc. XIX, 30 y Joh. XII, 14-15). Está claro, por tanto, que Jesús había montado sobre un borrico.
Estos detalles disipan sus dudas, fruto de la prudencia que tiene siempre ante las intervenciones sobrenaturales: Dios, sin duda, ha querido, una vez más, hacerle partícipe de una brizna de su sabiduría; le ha dado una cariñosa lección que nunca olvidará.
Mira qué humilde es nuestro Jesús: ¡un borrico fue su trono en Jerusalén!, escribirá en una hoja de papel por aquellos días, para no olvidarla y hacer que, en el futuro, otras almas se aprovechen de ella. "Ut iumentum factus sum apud te!" (Ps. LXXII, 23). "¡Ante ti, no soy más que un borrico!", repetirá a menudo en su oración y en su predicación.
Su cargo en Santa Isabel le permite pasar muchas horas en el confesionario, al cual acuden hombres y mujeres de toda condición, pues la iglesia está abierta al público. Así puede continuar dirigiendo espiritualmente a algunas jóvenes y mujeres que conoce, a las cuales anima a llevar una vida cristiana intensa en medio de sus ocupaciones habituales. Pronto, se forma un pequeño grupo: una estudiante, una secretaria, una enfermera, una profesora de un colegio...
A aquellas que considera dispuestas a recibir la gracia de la vocación al Opus Dei, les pide que se confiesen con alguno de los sacerdotes que le ayudan, para así consagrarse a su dirección espiritual propiamente dicha. Como a los jóvenes y a los hombres, les habla de que deben santificarse en su trabajo cotidiano, de virtudes humanas y cristianas, y, sobre todo, de la necesidad que tienen, para desarrollar un apostolado eficaz en su ambiente, de estar unidas siempre al Señor mediante la oración y la recepción frecuente de los sacramentos.
El ideal que les propone es, desde el principio, muy elevado. Evoca ante ellas a María Magdalena, a María Cleofás y a Salomé, que acompañan a la Madre de Dios al pie de la Cruz, mientras que los discípulos huyen, con excepción de Juan, el preferido del Señor... Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor (...). Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!
Algunas parecen comprender. Su vida interior se profundiza y fortifica, ajena a esos sentimentalismos tan frecuentes en la atmósfera religiosa de la época, pues las mujeres -piensan algunos- son, por naturaleza, más piadosas que los hombres...
Lo que les propone don Josemaría es algo muy serio, capaz de llenar toda una vida y de hacerla irradiar sobre toda la sociedad.
Como siempre desde los comienzos, los enfermos hacen que maduren los primeros frutos. En el Hospital del Rey, en 1932, don José María Somoano ha pedido a una joven, que está tuberculosa, que ofrezca sus dolores y rece mucho por una intención suya que beneficiará a mucha gente: algo verdaderamente universal que necesita y necesitará oraciones y sacrificios constantes para hacerse realidad. "Reza por ello incansablemente", le ha dicho. Y desde ese momento, María Ignacia, siempre que le ve, le pregunta por esa intención que tanto fervor le inspira.
El gobierno de la República había suprimido, de hecho, el cargo de capellán, dejándolo sin retribución alguna. Y como don José María Somoano sólo era capellán interino, resultaba difícil encontrar sacerdotes que se ocuparan de los enfermos contagiosos allí hospitalizados.
Enterado el Padre, se había ofrecido enseguida para atenderlos espiritualmente, sin ningún estipendio. Pero había sido preciso vencer la resistencia de algunos directivos, que se oponían a que los sacerdotes visitasen a los enfermos, si éstos no lo pedían expresamente...
La serenidad, el ánimo, el buen humor de don Josemaría, pronto habían causado admiración a todos, en especial a las Hijas de la Caridad, sometidas a rudas pruebas en un ambiente sumamente ingrato. Solía ir varias veces por semana, procurando, sin desanimarse, acercarse a los enfermos que más necesitaban su ayuda. ¡Cuánto contribuyó su presencia a elevar la moral de aquellas pobres gentes! Algunos eran incurables, a menudo tuberculosos, víctimas, a la vez, de una segregación irremediable.
La atmósfera del hospital se fue transformando. Pacientes hubo que afrontaron la muerte con una paz, e incluso con una alegría humanamente inexplicables.
Los domingos, si el tiempo lo permitía, don Josemaría celebraba la Santa Misa al aire libre, en el jardín, sobre un altar portátil colocado al extremo de una explanada.
Jesús, en el Sagrario de la iglesia de Santa Isabel, era el único que oía las confidencias y las súplicas de don Josemaría, moral y físicamente agotado a causa de tanto ir y venir de un extremo a otro de la ciudad. El Padre, a fuerza de pedir, obtenía del Señor esos milagros de la gracia, esas conversiones en el último momento que tanto sorprendían a las religiosas del Hospital. Como contrapartida, mediante ese misterioso intercambio que se da en el Cuerpo Místico de Cristo, los enfermos obtenían del Cielo gracia tras gracia para don Josemaría y para ese Opus Dei que estaba naciendo sin que ellos lo supieran.
¡Cuántos ejemplos había recibido de estos marginados de la sociedad! Y también de otras personas humildes, como ese lechero cuyos manejos tanto le habían intrigado a poco de llegar a Santa Isabel. Desde su confesionario, oía cómo se abría, todos los días a la misma hora, la puerta de la iglesia, en medio de un gran estrépito de chatarra. Un día que se encontraba solo, había salido a su encuentro, para ver lo que pasaba, y el lechero, sin inmutarse, le había explicado que, antes de iniciar el reparto, tenía por costumbre entrar en la iglesia con sus cántaras metálicas, arrodillarse un momento y decirle a Jesús, presente en el Sagrario: "Jesús, ¡aquí está Juan, el lechero!"
Tal simplicidad en la vida interior le había causado envidia y hasta un poco de vergüenza. Tomó la resolución de hacer lo mismo y contó el sucedido a algunas de las personas que dirigía, para ayudarlas a simplificar su vida interior y a ser más espontáneas en la oración.
En la iglesia del Patronato de Santa Isabel, donde todo invita al recogimiento y al diálogo con Dios, pasa momentos de gran paz y felicidad. Pinturas y esculturas son de buen gusto, incluso artísticamente valiosas. Provienen en su mayor parte de donaciones hechas al Real Patronato a lo largo de los siglos. Hay un Niño Jesús que le tiene cautivado. Lo ha descubierto en unas Navidades y, desde entonces, pide con frecuencia a las monjas que se lo pasen por el torno. Se trata de un niñito moreno, agitanado, con los ojos entornados y los brazos recogidos sobre el pecho, como implorando protección.
Las buenas religiosas lo han envuelto en pañales, para proteger la desnudez de este Niño Jesús, en completo desamparo...
Se ha hecho tan pequeño -ya ves: ¡un Niño!- para que te le acerques con confianza.

Unidad de vida

A finales del año 1932, su madre se instala, con Carmen y Santiago, en un piso del número 4 de la calle de Martínez Campos, en pleno barrio de Chamberí. Eso va a permitirle reunir allí, periódicamente, a los jóvenes que dirige y aconseja, con objeto de intensificar su formación.
Sus exigencias siguen siendo grandes; no hace concesiones a la facilidad, aunque a cada cual le hace progresar a su propio ritmo, como conduciéndole por un plano inclinado. Sólo así, mediante una superabundancia de su vida "para adentro", sentirán una necesidad más imperiosa de darse a los demás. Las visitas a los hospitales les ayudan a realizar esa toma de conciencia. Que tu vida no sea una vida estéril -les repite-. Sé útil. -Deja poso. -Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor.
Esta manera de proceder, tan alejada del activismo como del pietismo, debe resultarles tanto más sorprendente en cuanto que, por entonces, la efervescencia política es grande. Reina en el ambiente un clima propicio a la acción violenta e incluso al golpe de Estado. En la universidad, hay enfrentamientos entre grupos políticos y en las calles de Madrid se multiplican las algaradas.
Don Josemaría no desanima en absoluto -todo lo contrario- a los que quieren actuar con responsabilidad en las difíciles circunstancias que atraviesa el país, pero se niega en redondo a dar soluciones concretas, que a cada cual le corresponde libremente asumir. Esa es la razón -el respeto al pluralismo en materias opinables- por la que la idea de constituir un partido político confesional -católico- no le agrada en absoluto, aunque el proyecto está a punto de cuajar.
Si alguien, alguna vez, se empeña en pedirle consejo o le pone en trance de tomar posición, corta sin paliativos, en un tono que no admite réplica. Un estudiante que conoció a don Josemaría en aquellos años recuerda que un día quiso satisfacer la curiosidad de saber qué pensaba en materia política, y le preguntó su opinión sobre uno de los personajes que destacaban en aquellos días. La contestación fue rápida, inmediata: Mira, aquí nunca te preguntarán de política; vienen de todas las tendencias: carlistas, de Acción Popular, monárquicos de Renovación Española... Y ayer -añadió a modo de ejemplo- estuvieron el Presidente y el Secretario de la Asociación de Estudiantes Nacionalistas Vascos. Y continuó en otro tono, sonriendo, tras hacer una pausa: En cambio, te harán otras preguntas más "molestas": te preguntarán si haces oración, si aprovechas el tiempo, si tienes contentos a tus padres, si estudias, pues para un estudiante es obligación grave...
Doctrina que predica incansablemente, con riesgo de desanimar a algunos, más atraídos por movimientos dirigidos a la acción inmediata. Doctrina que empieza a poner por escrito en documentos que han de servir de orientación a los que han de venir. Porque el Fundador del Opus Dei quiere que, desde el primer momento, los fines y los medios queden claramente definidos.
A los jóvenes que le rodean ya en 1932, les dice que no deben considerarse como "un grupito" y que sólo deben buscar en el estímulo para su vida interior un espíritu que les incite a llevar la fe de Cristo a todos los ambientes que frecuenten y también -¿por qué no?- allí donde puedan ser útiles. Entre ellos debe haber un sano pluralismo, formen parte o no de ese pequeño núcleo constituido por quienes se han comprometido a servir al Señor en su Opus Dei.
En una carta fechada en 1932, recuerda a éstos, una vez más, que el lazo que los une es sólo espiritual. Estáis vinculados unos a otros, y cada uno con la Obra entera, sólo en el ámbito de la búsqueda de vuestra propia santificación, y en el campo -también exclusivamente espiritual- de llevar la luz de Cristo a vuestros amigos, a vuestra familia, a los que os rodean. Sois, por tanto, ciudadanos que cumplen sus deberes y ejercitan sus derechos, y que están asociados en el Opus Dei sólo para ayudarse espiritualmente a buscar la santidad y a ejercer el apostolado con unos modos apostólicos peculiares. El fin espiritual de la Obra no distingue entre razas o pueblos -únicamente ve almas-, por lo que se excluye toda idea o mira política o de partido.
Recomienda también que, en la práctica, se evite absolutamente hablar de política -en el sentido de "discusión política"- cuando él esté presente.
Nuestra pluralidad no es, para la Obra, un problema -escribía ya en 1930, respondiendo sin duda a una objeción-. Por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno.
Aquellos a quienes van dirigidas estas palabras del Padre, no las olvidarán jamás. Como tampoco las que invitan a no limitar la vida cristiana a lo que se ha dado en llamar "prácticas de piedad": asistencia a ciertas ceremonias o rezo de unas cuantas oraciones.
Pero el pluralismo no es abstención, sino todo lo contrario. La vida del cristiano debe tener una coherencia que le impida desinteresarse de los que le rodean y de sus conciudadanos. La unidad de vida es un tema constante en la predicación del Padre. No puede darse una doble vida: religiosa por una parte, profesional o social por otra; una vida familiar y otra cívica, completamente separadas, como si se tratara de compartimentos estancos. Hay que ser cristianos las veinticuatro horas del día.
¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?
En determinadas ocasiones -y ése es el caso de España en aquella época- esta actitud de abstención sería, en efecto, más cómoda. Pero los cristianos no pueden desinteresarse de la vida pública. Algunos adoptan una actitud de indiferencia, simplemente porque no se les ha explicado que la virtud de la piedad -aparte de la virtud cardinal de la justicia- y el sentido de la solidaridad cristiana se concretan también en este estar presente, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad.
Al mismo tiempo, pone en guardia a quienes se le acercan contra la fácil tentación de "profesionalizar" el apostolado, algo corriente en una época en que el ambiente favorece que los jóvenes se lancen, a cuerpo descubierto, a una serie de actividades que les roban tiempo al estudio y cortan sus alas para una acción futura en la sociedad, al carecer del prestigio profesional necesario. Por eso, las reuniones esporádicas, que don Josemaría organiza también en casa de su madre, sólo duran el tiempo imprescindible para que los presentes capten unas cuantas ideas básicas capaces de orientarlos y sostenerlos en la lucha interior de cada día. A1 final de la reunión, el Padre comenta brevemente, con sentido práctico, algún versículo del Evangelio, que corresponde habitualmente a la Misa del día. El tiempo y la gracia de Dios irán realizando su tarea. El Fundador está convencido de que la paciencia es la mejor garantía del desarrollo de la Obra. Es preferible comenzar poco a poco que construir sobre el equívoco. Las primeras vocaciones surgirán, sin duda, de un pequeño núcleo de muchachos generosos, pero tendrán que ser los idóneos; no cristianos más o menos "píos" o "devotos", sino caracteres fuertes, con virtudes humanas que les capaciten para superar las dificultades, pues sobre esa base podrán aprender a rezar y a dar a su vida ese sentido sobrenatural que facilitará su respuesta a la llamada de Dios.
Un día de comienzos de 1932, unos compañeros presentan al Padre a un estudiante de Medicina, Juan Jiménez Vargas, quien, por entonces, está muy comprometido en las luchas políticas de la Universidad. El joven sacerdote del que tanto le han hablado le produce una fuerte impresión, pero confiesa a sus amigos que lo que predica no corresponde a lo que él esperaba. Piensa que hay otras cosas que hacer en unos momentos en los que el país está al borde del drama...
Don Josemaría sonríe cuando se lo dicen: es natural que un muchacho de su edad piense así en momentos tan difíciles para España. Sin embargo, está seguro de que un día comprenderá -tal vez antes de lo que él piensa- que una formación doctrinal sólida y una intensa vida espiritual -en unión con Cristo- son capaces de transformar la sociedad, de manera más duradera y eficaz que un activismo improvisado y urgente.
Luis Gordon, el joven ingeniero que le acompaña en sus visitas a los hospitales, es uno de los que ha ido madurando en contacto con el sufrimiento y con las enseñanzas del Padre. Al terminar sus estudios se ha hecho cargo de una pequeña empresa situada cerca de Madrid y, poco después, ha decidido responder a la llamada de Dios.
Estas crisis mundiales son crisis de santos... Don Josemaría está convencido de esta realidad, y las dificultades que encuentra no hacen más que estimularle en su esfuerzo por abrir en la sociedad este nuevo camino de santidad que Dios ha querido hacerle ver.

4. MADRID, 1932, 1933

Mil novecientos treinta y dos trae, para don Josemaría, un largo cortejo de alegrías y de penas, entre las cuales el Opus Dei experimentará un lento crecimiento, mientras, alrededor, se perfilan los prolegómenos de una crisis capaz de degenerar en guerra civil.
Continúa la labor apostólica en todos los frentes. Todos los lunes, hay una reunión para sacerdotes. El Fundador trata de hacerles comprender, en cada una de sus facetas, el espíritu de este nuevo camino que conduce a vivir la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo.
Algunos de los sacerdotes que asisten son jóvenes y emprendedores, como don José María Somoano o don Lino Vea-Murguía, que van a visitar a los enfermos y a enseñar el catecismo a los suburbios, como él, todos los domingos. Otros son ya maduros, pero también podrían ayudarle, mediante la dirección espiritual, para que la Obra fuera creciendo al ritmo querido por Dios.
Estos sacerdotes empiezan a comprender más o menos profundamente, más o menos de prisa, la nueva espiritualidad que les expone el Padre. Don José María Somoano mejor que los demás, hasta el punto de comprometer su vida entera en la empresa, sin dejar de depender de su Ordinario para todo su ministerio sacerdotal como único superior.

La vocación de una enferma incurable

Sus horas de confesionario en la iglesia de Santa Isabel siguen permitiéndole ampliar y consolidar los cimientos de lo que podría ser la Sección de mujeres del Opus Dei.
La Providencia ha querido que una de las primeras piedras sea una pobre enferma que ya no abandonará su lecho en el hospital: María Ignacia García Escobar, la tuberculosa del Hospital del Rey, que sigue pidiendo por la Obra sin saberlo. Don Josemaría sabe que no tiene curación, pero, a pesar de todo, decide revelarle este camino real de santificación en medio del mundo al que ha consagrado su vida desde aquel 2 de octubre de 1928. A pesar de su dolencia, María Ignacia resuelve enseguida ofrecer el tiempo que le quede de vida por este gran ideal.
Dos días más tarde, escribe en su diario: "Este 9 de abril de 1932 no podrá borrarse nunca de mi memoria. De nuevo Tú me eliges, buen Jesús, para seguir tus huellas divinas... Desde este momento, te prometo ser, con tu ayuda, generosa en el lugar donde me has colocado, puesto que toda la gloria debe volver a Ti".
Las jóvenes que el Fundador de la Obra ha ido llevando por caminos de vida interior se turnan para acompañar a María Ignacia y aprenden de ella una magnífica lección de abandono a la Voluntad divina.

Una muerte dramática

A pesar de las dificultades exteriores y de la lentitud con que se desarrolla esta Obra querida por Dios, el Padre no se inquieta; prosigue rezando y actuando.
Con todo, la noticia que le dan el 17 de julio, por la mañana, le asesta un golpe en el corazón.
Cuatro días antes, don José María Somoano había caído gravemente enfermo. El Padre había pasado largos ratos junto a él, rezando intensamente por su curación. Se rumoreaba en las salas del hospital que lo habían envenenado, rumor que no tenía nada de absurdo en unos tiempos de furioso anticlericalismo. ¿Será cierto?, piensa don Josemaría cuando le dicen que acaba de fallecer.
Aunque estaba convencido de que no le hacía falta, el Padre rezó mucho por él y haría rezar a sus hijos durante muchos años.
Una vez más, es preciso aceptar sin comprender, sufrir sin perder la esperanza, pues un cristiano tiene que esperar, por mucho que el horizonte se cierre y se oscurezca... Hace muchos años que ha aprendido a ir subiendo por las gradas de la aceptación: Resignarse con la Voluntad de Dios: conformarse con la Voluntad de Dios: querer la Voluntad de Dios: amar la Voluntad de Dios.

Todas las circunstancias se prestan a hacer apostolado

Mientras tanto, en Madrid se precipitan los acontecimientos. Hace poco más de un año que se proclamó la República y, tras la quema de conventos y de iglesias, se han sucedido los disturbios.
El 10 de agosto de 1932, en Sevilla, el General Sanjurjo intenta dar un golpe de Estado, que fracasa. Algunos estudiantes que se han lanzado a la calle, en Madrid, son detenidos y conducidos a la cárcel Modelo, para ser juzgados. Entre ellos, hay algunos a quienes don Josemaría dirige espiritualmente. En cuanto se entera, acude a la prisión, vestido con sotana, y consigue hablar con ellos, animándoles a que no permanezcan inactivos y no pierdan la alegría y la esperanza cristianas. Les habla también de oración y les recuerda que son hijos de Dios... Con el abandono, no habréis de preocuparos, ya que descansaréis en el Padre.
Don Josemaría les aconseja que recen a menudo el Padrenuestro, meditando so
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