Historia del Opus Dei y su fundadorFrançois Gondrand
Capítulo: Al golpe de vuestras pisadas
Allí donde el mundo alcanza sus confines te detendrás túPaul Claudel
1. LOURDES, 11 DE DICIEMBRE DE 1937
Don Josemaría Escrivá está celebrando misa en un altar lateral de la cripta de la basílica, a pocos metros de la gruta en que, unos ochenta años antes, la Inmaculada se había aparecido a una muchachita de catorce años. Allí renueva las intenciones de las misas que ha celebrado durante los meses precedentes, en condiciones difíciles o dramáticas: la Iglesia, el Papa, la paz para España y para el mundo, la expansión de la Obra... Hace unas horas que se encuentra en tierra francesa, a unos cientos de kilómetros de París, donde sigue pensando en establecer un Centro del Opus Dei en cuanto sea posible.
El día es frío. Las cumbres de los Pirineos están cubiertas de nieve. Copiosas nevadas han impedido que pasaran antes la frontera. Por fin, un automóvil que José María Albareda había obtenido por mediación de su hermano, telefoneándolo a San Juan de Luz, había llevado al Padre y a sus compañeros a Saint Gaudens, donde habían pasado la noche.
Unas horas después de celebrar y oír la Santa Misa, siguen viaje a España y entran en la zona nacional. Inmediatamente, don Josemaría telefonea a los obispos de Vitoria y de Pamplona, que son amigos suyos.
En San Sebastián, Juan, Francisco y Pedro se presentan a las autoridades militares, que destinan al primero al frente de Teruel y a los otros dos a Pamplona. El Padre se queda solo.
El 17 de diciembre se traslada a Pamplona, invitado por el obispo, Mons. Olaechea, que le alberga en el palacio episcopal y le facilita prendas sacerdotales. Enseguida, se recoge varios días en completo silencio, algo que no había podido hacer desde hacía mucho tiempo. Pedro y Francisco aprovechan la menor ocasión de salir del cuartel para pasar unos minutos con él.
Pasadas las Navidades, se traslada a Burgos, capital de la zona nacional por entonces. Piensa que, desde allí, sede del Obispo de Madrid, de quien depende, podrá relacionarse más fácilmente con unos y otros.
La vida en Burgos
En una pensión de la calle de Santa Clara, el Padre vuelve a encontrarse con José María Albareda, a quien le han encomendado funciones asesoras en la Dirección General de Enseñanza Media. A finales de enero se les une Francisco y a comienzos de marzo Pedro.
El 29 de marzo se instalan los cuatro en el Hotel Sabadell; ocupan una habitación grande, que dividen en tres partes: la sala, donde dormirán Pedro, Francisco y José María; la alcoba -separada por una cortina de la sala-, donde dormirá el Padre; y el mirador, que hará de sala de visitas.
La modesta "suite" pronto se convierte en un centro muy animado. El Padre recibe allí infinidad de personas que van a hablar con él o a confesarse. Su actividad es tan intensa como siempre, sin hacer caso de una faringitis aguda que le ha atacado nada más llegar a Burgos.
Un día, observa que escupe sangre. Piensa que tal vez esté tuberculoso y decide consultar a un médico, pues, en caso de estarlo, tendría que aislarse, para no contagiar a sus hijos. Afortunadamente, después de bastantes días de padecer ese mal, sin que los médicos sepan diagnosticar el motivo ni la enfermedad, desaparece. Verdaderamente el Padre es como la sombra de sí mismo tras tantos padecimientos. Al gran agotamiento físico, se une el esfuerzo durísimo del paso de los Pirineos. Sin olvidar los ayunos que ha empezado a imponerse de nuevo...
Cuando Pedro y Francisco vuelven al Hotel, después de su jornada de trabajo, el Padre les ayuda con un ambiente de familia entrañable, y todos recuerdan a los que están dispersos.
Tienen muy poco dinero, incluso contando con lo que gana José María Albareda. Por eso, se privan hasta de lo necesario. Además, don Josemaría ha resuelto poner en práctica, precisamente en esos momentos, una decisión heroica que había tomado en 1930: no percibir ningún estipendio -ni él, ni los futuros sacerdotes de la Obra- por la predicación, la Misa y los demás servicios religiosos. Lo cual supone una gran limitación, sobre todo en sus circunstancias. Es duro, muy duro, sí, pero don Josemaría repite una y otra vez, con convicción; unas palabras del salmista: "Arroja en el seno del Señor tus ansiedades y El te sustentará" (Ps. LIV, 23).
Tal carencia de medios materiales no le impide buscar las direcciones de todos los estudiantes que había conocido antes de la guerra, con objeto de ir a verlos en cuanto le sea posible. Y pone en práctica sus proyectos.
Un día, viaja hasta Córdoba en condiciones dificilísimas, pues las líneas férreas con Andalucía están cortadas y hay que dar mil rodeos. Cuando quiere regresar a Burgos, no le quedan más que unas cuantas monedas, que deposita en la ventanilla de la estación:
-Con esto, ¿hasta dónde puedo ir? -pregunta.
El empleado menciona el nombre de un pueblo próximo a Salamanca.
-Pues vamos para allá; después, Dios proveerá.
Y se queda sin nada para comer.
Escribe a todas partes, estimulando a unos y a otros y animándoles a no abandonarse en la vida interior y a practicar la fraternidad con todos. Las cartas llegan con dificultad, a trancas y barrancas. Por eso, se alegra tanto cuando recibe respuestas que le muestran hasta qué punto su apostolado epistolar mantiene la moral de sus corresponsales.
"La carta me cogió en unos días tristes, sin motivo alguno, y me animó extraordinariamente su lectura, sintiendo cómo trabajan los demás..."
"Me ayudan sus cartas y las noticias de mis hermanos, como un sueño feliz ante la realidad de todo lo que palpamos... "
"¡Qué alegría recibir esas cartas y saberme amigo de esos amigos!"
Y esta otra: "Recibí carta de X. y me avergüenza pensar en mi falta de espíritu comparado con ellos".
-¿Verdad que es eficaz el "apostolado epistolar"?
Para mantener ese esfuerzo, don Josemaría vuelve a poner en marcha el envío de unas hojas con noticias en multicopista. Como en los tiempos de la Academia DYA, recrea así el ambiente de familia y de fraternidad cristiana que impregnaba los primeros Centros del Opus Dei. El Padre adjunta una cuartilla con unas palabras más personales, escritas de su puño y letra.
Pide a todos y a cada uno -en especial a los que están en el frente- que no se abandonen, que aprovechen las ocasiones que se les brindan de acercar a Dios a quienes les rodean.
Y, en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, ¿no parecerá postiza mi naturalidad?, me preguntas. -Y te contesto: Chocará, sin duda, la vida tuya con la de ellos; y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido.
Las respuestas llegan en gran número. Quienes le responden, le dan las gracias por haberles reconfortado en circunstancias propicias al abandono o a verlo todo negro; por animarles a no olvidar la lucha en las cosas pequeñas cuando tantos sólo piensan en actos espectaculares de heroísmo.
A quienes vienen a verle a Burgos, con permiso, suele llevarles a lo alto de la catedral. Desde allí, les enseña las gárgolas y los pináculos, esculpidos con primor, cuyos detalles no se aprecian desde abajo. ¡Eso -les dice- es el trabajo de Dios, la Obra de Dios!, acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra (...). Los que gastaron sus energías, sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad, nadie apreciaría su esfuerzo: era sólo para Dios.
Les aconseja, también, que sepan sacar provecho de las circunstancias especialmente duras en que se encuentran. ¡La guerra! -La guerra tiene una finalidad sobrenatural -me dices-, desconocida para el mundo: la guerra ha sido para nosotros... -La guerra es el obstáculo máximo del camino fácil. Pero tendremos, al final, que amarla, como el religioso debe amar sus disciplinas.
Prosigue el trabajo apostólico
El trágico período que está atravesando España no disminuye el celo apostólico de los miembros de la Obra.
En varias ocasiones, durante estos meses de guerra, el Padre ha visto que apuntan nuevas vocaciones, masculinas o femeninas. Sin embargo, no deja por eso de desear ardientemente que vuelva la paz, para reanudar, con nuevos bríos, la expansión de la Obra. A tal efecto, ofrece constantemente su oración y mortificación generosas.
Desde su llegada a Burgos, ha procurado establecer contacto con todos los conocidos de la Academia DYA que están en esa zona. Busca además, incansablemente, nuevas ocasiones de hacer apostolado. Se pone en contacto con familias amigas, hace nuevas amistades, habla del Opus Dei con algunos obispos, y de la nueva espiritualidad que aporta a la Iglesia; da cursos de retiro; ayuda, procurando adaptarse a su espiritualidad, a comunidades de religiosas, y también a las Teresianas, cuyo Fundador, su amigo el Padre Poveda, ha sido asesinado.
Como si esta actividad desbordante no le bastara, dedica también algunos ratos a trabajar en su tesis doctoral de Derecho. Su documentación, ya bastante avanzada, sobre "La ordenación sacerdotal de mestizos y cuarterones en el siglo XVI", se ha quedado en Madrid y, seguramente, ha desaparecido. Pero el vecino monasterio de Santa María de las Huelgas le proporciona un nuevo tema de investigación, sobre los problemas canónico-teológicos que plantea la jurisdicción de las abadesas de dicho monasterio, durante la Edad Media.
Trabaja, igualmente, en una nueva edición, aumentada, de Consideraciones Espirituales. Pero ya antes de que el libro aparezca con el título de Camino, utiliza en su predicación los originales mecanografiados. También se los da a leer a algunos amigos, entre ellos a Mons. Lauzurica, Administrador apostólico de Vitoria, quien queda tan entusiasmado que se ofrece a prologar la obra. Por delicadeza hacia don Josemaría, fechará el prólogo el día de su santo: 19 de marzo, 1939.
"... En estas páginas aletea el espíritu de Dios... Las frases quedan entrecortadas, para que tú las completes con tu conducta... Si estas máximas las conviertes en vida propia, serás un imitador perfecto de Jesucristo...".
Pero el Padre, de momento, carece de dinero para editar el libro. Habrá que esperar mejores tiempos.
Los avatares de la guerra, para el Fundador del Opus Dei, son otras tantas llamadas a intensificar su oración y a mortificarse más y más. A menudo, deja de comer, de beber agua y de dormir para ofrecer tales renuncias por la paz, por la Iglesia y por la Obra, que tiene que desarrollarse cueste lo que cueste, superando los obstáculos.
Tales inquietudes le llevan a postrarse, el 1.° de junio de 1938, a los pies de la Virgen del Pilar, en Zaragoza, y a trasladarse el 17 de julio a Santiago de Compostela. Estas y otras peregrinaciones alimentan su oración, así como los ejercicios espirituales que hace, en solitario, en el Monasterio de Santo Domingo de Silos, del 25 de septiembre al 1.° de octubre.
El Padre reza intensamente para que Dios libre de la muerte a sus hijos que luchan en el frente, pues alguno de ellos ya ha caído en combate. Otro, Ricardo Fernández Vallespín, ha sido herido, el 7 de junio de 1938, cerca de Madrid, por una bomba que un artificiero trataba de desactivar. Don Josemaría ha ido a verle en cuanto ha podido.
Isidoro, con más o menos regularidad, le hace llegar noticias de los que han quedado en la zona republicana. Se las envía a través de Francia y el Padre responde por la misma vía.
El 12 de octubre, fiesta del Pilar, tres miembros de la Obra, entre ellos Álvaro del Portillo, logran pasar a la zona nacional por el frente de Guadalajara. El Padre, que había presentido en la oración este acontecimiento, los recibe con inmenso gozo. Pronto, los tres quedan adscritos a distintas unidades del Ejército.
Todos los que están movilizados van a visitarle en cuanto pueden. El Padre los anima, les habla del futuro de la Obra, les confía sus proyectos.
En el otoño de 1938, las tropas nacionalistas, tras reñir una cruenta batalla en el Ebro, se disponen a avanzar sobre Cataluña. Los movimientos de tropas llevan a Pedro Casciaro al frente de Levante y a Álvaro del Portillo a Valladolid, en enero de 1939. El Padre sigue en Burgos, acompañado tan sólo por Francisco Botella. Para economizar todavía más, han dejado el hotel Sabadell y se han instalado, antes de la Navidad, en una pensión muy modesta.
El 26 de enero de 1939, los nacionales entran en Barcelona. La resistencia en Cataluña se derrumba. El siguiente objetivo es Madrid. Todos presienten que el final de la guerra se acerca. Los que se han refugiado en Burgos se preparan para regresar a la capital.
El 27 de marzo, don Josemaría se dispone a partir. Va al cuartel donde presta sus servicios Francisco Botella y se lo comunica.
Mientras viaja hacia Madrid, el Padre recuerda lo que ha visto, ayudado con unos gemelos de campaña que le había prestado un oficial, cuando, el año anterior, había estado en el frente para visitar a Ricardo. Don Josemaría se había echado a reír y el oficial le había preguntado por qué.
-Es que estoy viendo mi casa en ruinas, había respondido el Padre. El oficial no se había atrevido a preguntarle nada más.
2. MADRID, MAYO DE 1939
La Academia DYA, en el 16 de la calle de Ferraz, había quedado destruida en mucha mayor medida de lo que el Padre pensaba. En cuanto había podido, había ido a verlo con sus propios ojos, en compañía de Juan Jiménez Vargas. El Padre, sin más dilaciones, decide buscar enseguida otra casa donde instalar la Residencia, para que pudiera funcionar en octubre. Mientras la encuentran, el Padre, que sigue siendo Rector de Santa Isabel, se instala en la casa rectoral.
El convento de Santa Isabel, convertido en cuartel, ha permanecido ocupado también, durante toda la guerra, por un Comité revolucionario, y la iglesia ha sido incendiada. Sólo son habitables, de momento, las habitaciones del Rector y las de los capellanes, una vez limpiadas, por supuesto...
Con emoción, don Josemaría ha abrazado a su madre y a sus hermanos, tras largos meses de angustiosa separación, sólo mitigada por noticias intermitentes, en medio de tantos peligros. Ahora, se dispone a reanudar enseguida la labor apostólica en Madrid y en otras ciudades españolas.
En el mes de junio, el Padre escribe a uno de los que, antes de la guerra, participaban en las actividades de formación: Pronto tendremos casa..., si empujáis con vuestra oración y vuestro sacrificio y vuestro deseo de coger los libros. Mientras, no me perdáis vuestra bendita fraternidad, vivida cada día más, y manifestadla con vuestra colaboración en el afán común de rehacer nuestro hogar. Que pronto nos veamos reunidos junto al Jesús de nuestro Sagrario.
El Padre reanuda sus viajes
En Valencia, un sacerdote amigo suyo, don Antonio Rodilla, Rector del Colegio Mayor Beato Juan de Ribera, de Burjasot, le invita a dar, a partir del 5 de junio, unos ejercicios espirituales a un grupo de estudiantes universitarios. Don Josemaría llega a la ciudad ese mismo día.
Los ejercitantes quedan impresionados por la manera que tiene el Padre de situarles frente a sus responsabilidades. En la pared de una de las piezas, hay un cartel de grandes dimensiones, colocado allí por las tropas republicanas, que reza así: "Cada caminante siga su camino".
El Padre pide que no lo quiten, porque el lema le ha gustado y, además, le permite aludir a él: Si ves claramente tu camino, síguelo. -¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene?.
Tu perfección está en vivir perfectamente en aquel lugar, oficio y grado en que Dios, por medio de la autoridad, te coloque.
¡Hay muchos caminos! (...) Escoge de una vez para siempre: y la confusión se convertirá en seguridad.
Dos jóvenes universitarios que, con este motivo, han conocido al Fundador del Opus Dei, se comprometen enseguida a seguir el camino que el Padre les presenta: Amadeo de Fuenmayor, estudiante de Derecho, y José Manuel Casas Torres, que hace la carrera de Letras.
Restablecer un ambiente de familia
La busca de una casa en Madrid prosigue hasta que, por fin, se encuentra una adecuada en el número 6 de la calle Jenner, cerca de la Castellana. Alquilan tres pisos, dos en la cuarta planta y otro en la segunda.
En agosto, comienzan a instalar en la planta cuarta la mayor parte de la residencia y en la segunda el comedor, la cocina, los servicios y también una habitación para el Padre, otra para su madre y su hermana y una tercera para su hermano Santiago.
¿Cómo lograr que esta primera residencia tenga ese ambiente de hogar que don Josemaría desea?
Más adelante, serán ya las mujeres del Opus Dei las que podrán encargarse de esto, pero, de momento, son todavía muy pocas. El Padre resuelve el problema pidiendo a su madre y a su hermana Carmen que ayuden. Recuerda que ha sido precisamente en el hogar de sus padres donde ha aprendido a cuidar esos detalles materiales que hacen grata y amable una casa.
Da a leer a su madre una vida de San Juan Bosco, pero parecía que doña Dolores no se daba por enterada. Sin embargo, pasado algún tiempo, le dijo:
-¿Qué quieres? ¿Que haga como la madre de don Bosco? ¡Ni hablar!
-¡Pero si lo estás haciendo ya!, le respondió el Padre.
Efectivamente, sin decir nada, se encargaba ya de la administración de la casa, ayudada por su hija Carmen.
Dirigir el trabajo de las empleadas de hogar, velar por el buen orden de una residencia con cuarenta camas, no es tarea pequeña, pero a esa labor se entregan con una generosidad que saben disimular con discreción y buen humor.
La residencia es una nueva "locura". Una vez más, es preciso pedir dinero a unos y otros. Los esfuerzos se centran sobre todo en el oratorio, instalado en la mejor habitación de la casa. Cada cual hace lo que puede: pintar, tapizar con una arpillera, decorar, clavar...
A comienzos de octubre, para el comienzo del curso escolar, todo está dispuesto, pero las arcas se hallan tan vacías que, cuando llega un nuevo residente, se le pide que pague por adelantado la pensión, sin decirle, por supuesto, que es para comprar la cama en que ha de dormir...
La Sección de mujeres comienza de nuevo
Don Josemaría reanuda también el apostolado entre las mujeres, interrumpido a causa de la guerra. Tiene que partir prácticamente de cero, pues, si bien ha permanecido en contacto con algunas de las jóvenes que dirigía, duda que puedan constituir el primer núcleo de la Sección de mujeres del Opus Dei. Las conversaciones que ha mantenido con las que ha encontrado y unas discretas indicaciones de su madre acaban de convencerle.
Poco después de su regreso a Madrid, luego de haber considerado las cosas a fondo en la oración, les comunica su decisión. No es cuestión de falta de piedad ni de poca profundidad en su vida cristiana, sino de que no han sido capaces de asimilar la secularidad, esencial en el espíritu de la Obra. Tras hacérselo comprender con delicadeza, les asegura que siguen gozando de su cariño, que rezará por ellas y que, si así lo desean, les recomendará a la institución religiosa que escojan libremente.
Enseguida, el Fundador se esfuerza en suscitar otras vocaciones femeninas. Una joven ha respondido ya afirmativamente a la llamada. Es la hermana de Miguel, el estudiante de arquitectura que le había acompañado en el paso de los Pirineos. Cuando este, durante la guerra civil, había estado oculto en Daimiel, donde vivían sus padres, el Padre dirigía las cartas que le escribía a su hermana Dolores (Lola), para que se las hiciera llegar. Miguel, por su parte, le había hablado del ambiente de la Academia DYA, de cómo se vivía allí y, sobre todo, del Padre, de su atractivo, de la espiritualidad que le había enseñado a vivir a él. Poco a poco, Lola empieza a pensar en la posibilidad de hacerse de la Obra, y se lo dice a Miguel, quien, a su vez, se lo comunica a don Josemaría. En mayo de 1937, el Padre dedica a Lola unas líneas en una carta que escribe a Miguel. Enseguida, ella le responde que está dispuesta a seguir el camino del que le habla.
Poco después de su regreso a Madrid, el 19 de abril de 1939, el Padre viaja a Daimiel y Lola le confirma su decisión. Don Josemaría cree que, en efecto, puede tener vocación al Opus Dei y, para facilitar la acción de la gracia en su alma, le pone por escrito útiles consejos que son, en realidad, todo un programa de vida interior adaptado a sus circunstancias: media hora de oración mental (a hora fija de la mañana), empeño por mantener la presencia de Dios a lo largo de la jornada (insistiendo, por ejemplo, en una devoción concreta cada día de la semana), un rato de lectura espiritual, rezo del Santo Rosario, exámenes de conciencia... Nada le dice de la Misa ni de la Confesión que no ha podido tener en aquellos tres años pasados sin sacerdotes ni culto en las iglesias y, encontrándose aún en unas circunstancias en que, recién terminada la guerra, la vida no se había podido normalizar...
Lola empieza a desplazarse a Madrid con frecuencia para completar su formación. En septiembre y en diciembre vuelve a ver al Padre, así como a su madre, doña Dolores, y a su hermana, Carmen, en el piso de la calle Jenner.
La ayuda espiritual a los sacerdotes
Mientras don Josemaría termina su tesis doctoral, que espera defender en diciembre, la residencia de Jenner empieza a animarse: círculos de estudios, meditaciones, retiros, actividades culturales a cargo de los primeros miembros de la Obra...
Respondiendo a las peticiones, cada vez más numerosas, de diversos obispos, el Padre viaja a varias ciudades españolas para dar ejercicios espirituales a grupos de sacerdotes. Los sufrimientos, a menudo heroicos, que han tenido que soportar en la guerra, pueden ser para ellos motivo de un nuevo impulso.
No olvida que tiene que dirigirse a hombres acostumbrados a enseñar y a predicar; por eso, antes de nada, les dice, para ganárselos, que tiene la impresión, al hablarles, de que trata de vender miel al colmenero. No por eso deja de exhortarles, con todas sus fuerzas, a no contentarse con ejercer bien su ministerio; deben aspirar a ser santos, a vivir heroicamente su vida cotidiana, porque la extensión del reino de Dios en el mundo depende de su grado de disponibilidad.
El sacerdote es jefe. Tiene que ir el primero, como Jesús. Este jefe siempre es victorioso, pero tiene que ponerlo todo: cuanto exijan las almas (su conversión), toda la salud, todo su dinero, todo su tiempo... ¿Un cura de carrera? No. Un apóstol... Jesús es mi hermano. Tenemos que hacer lo mismo. Sufrir lo mismo. Tenemos que parecernos: los mismos intereses, el mismo Padre... ser iguales. Él es el hermano mayor. La misma Madre, el mismo negocio, la misma hacienda, la misma vida, el mismo fin, el mismo premio... Identificados los dos en todo... ¿Un sacerdote sin santidad heroica? El bicho más raro, más desproporcionado, el más dañino, el más perjudicial...
Predicación exigente, pero eminentemente positiva, que reconforta a los oyentes y les incita a rezar más y a hacer apostolado.
Don Josemaría acepta predicar siempre que se lo piden los obispos de las diversas diócesis. Fiel a lo que ha resuelto, sólo pone una condición: no aceptar retribución alguna y pagarse hasta el viaje.
Centrarlo todo en Cristo
Los temas de su predicación a los estudiantes que viven en Jenner y a otros jóvenes, no difieren mucho de los que predica a los sacerdotes. A los seglares, el Padre les pide que, sin perder en absoluto su mentalidad secular, tengan alma sacerdotal, abierta a las necesidades más hondas de los que les rodean, a los cuales deben acercar a Cristo.
El Fundador del Opus Dei anima a quienes le escuchan a proseguir sus estudios, interrumpidos por la guerra, recordándoles que deben santificarse en su trabajo y asumir sus responsabilidades sociales.
Tras la guerra, muchos estudiantes experimentan ansias de acción, teñida, casi siempre, de las ideas dominantes. Como reacción ante la pasada persecución religiosa, la ideología política que prevalece entonces adopta un catolicismo oficial, proclive a las grandes manifestaciones públicas de fe, a las inauguraciones solemnes de iglesias y centros religiosos, a los discursos inflamados, a veces revanchistas...
Don Josemaría pone en guardia, a quienes quieren escucharle, frente a una concepción demasiado humana de la acción, que puede ser, sí, noble y patriótica. Pero no olvidéis -les dice- que existe una realidad más alta: el reino de Cristo, que no tiene fin. Y para que Cristo reine en el mundo, primero ha de reinar en tu corazón. ¿Reina de verdad? ¿Es tu corazón para Jesucristo?
Así les habla un último domingo de octubre, fiesta de Cristo Rey.
Como en los tiempos turbulentos de la República, algunos se alejan, más atraídos por una formación directamente orientada a la política. Otros, por el contrario, se sienten conmovidos al oírle hablar de una forma que hace resonar en ellos las palabras del Señor en el Evangelio, las cuales constituyen también una llamada a la acción, pero de otra manera.
Varias decenas de nuevos miembros llegan así a lo largo del curso universitario 1939-40 y del siguiente. El Padre les previene contra posibles interpretaciones erróneas de su apostolado, asegurándoles lo mismo que ya había escrito en 1932:
No vamos al apostolado a recibir aplausos, sino a dar la cara por la Iglesia, cuando ser católico es difícil; y a pasar ocultos, cuando llamarse católicos es una moda. Y añade: Habéis de vivir, habéis de hacer vuestra tarea, con la rectitud y con la nobleza de quienes, en su actuación, hacen valer su ciudadanía y su preparación profesional, no su catolicismo (...); con la alegría sobrenatural y el optimismo humano de quienes están profundamente convencidos de que el cristianismo no es una religión negativa y arrinconada, sino una afirmación gozosa en todos los ambientes del mundo.
En las ciudades de España
El mundo, mientras tanto, vive una de las etapas más dramáticas de su historia. El 3 de septiembre de 1939, Francia e Inglaterra entran en guerra contra la Alemania de Hitler. Todo hace pensar que esta conflagración afectará a más países que la precedente y que los medios de destrucción serán mucho mayores. Numerosos observadores opinan que la guerra de España ha sido como el banco de pruebas.
En el vestíbulo de la residencia de Jenner, el Padre ha hecho colocar un mapamundi para recordar las dimensiones universales de los apostolados del Opus Dei, cuya expansión va a verse obstaculizada, una vez más, por el curso de la historia. A veces, el Fundador hace girar con la mano un globo terráqueo que hay en su despacho para contemplar esos continentes donde, en cuanto sea posible, habrá que llevar la semilla divina de la Obra. Y como no será posible, de momento, ir a París, habrá que comenzar la expansión sólo dentro de la geografía española.
Los viajes se suceden a ritmo acelerado. Tanto, que el Padre cae agotado. En Valencia, después de predicar unos ejercicios en septiembre de 1939, se ve obligado a interrumpir la Misa que ha comenzado a celebrar en la Catedral, atacado por un súbito acceso de fiebre. Tienen que ayudarle a ganar la sacristía, de donde le conducen a un piso de la calle de Samaniego, que sus hijos acaban de instalar. El mobiliario es de lo más rudimentario. Como no tienen mantas, cubren al Padre -recostado sobre un somier- con unas cortinas, en espera de que la crisis pase.
Otros muchos viajes de "exploración" se suceden, en trenes destartalados y fríos o por carreteras en pésimo estado: Zaragoza, Valladolid, Barcelona, Salamanca...
Los viajes en automóvil resultan más animados. El Padre suele entonar canciones populares, cuyas letras de amor, que aplica al amor divino, le acercan a Dios.
Al llegar al punto de destino, el Padre y quienes le acompañan se instalan en algún hotel modesto y se lanzan a buscar amigos o conocidos.
El Padre recibe sin cesar a todos, unas veces en el mismo hotel, otras en un rincón tranquilo de algún café o de un parque público. Incansablemente, habla, a quienes son capaces de comprenderlo, del ideal de santidad en medio de las ocupaciones ordinarias que constituye la razón de ser de su vida desde el 2 de octubre de 1928.
Van surgiendo vocaciones en distintas ciudades, fruto de la oración, de la mortificación y del celo apostólico del Padre y de sus hijos. Desprovistos de todo, experimentan sentimientos parecidos a los de los apóstoles cuando el Señor los envió sin "bolsa ni alforjas" (Lc. X, 4), llevando como único viático su fe en la eficacia de la palabra del Maestro: "No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca" (loh. XV, 16).
En marzo de 1940, los miembros de la Sección de varones del Opus Dei son ya unos cuarenta. Se hace necesario prever para ellos un período de formación intensa. Así pues, vienen a Madrid, procedentes de distintos lugares de España, y se reúnen en torno al Fundador. Son unas jornadas inolvidables, impregnadas de alegría y buen humor.
El 19 de marzo, festividad de San José, celebran el santo del Padre. El Vicario general de la diócesis, don Casimiro Morcillo, le visita para transmitirle el saludo afectuoso del obispo, Mons. Eijo y Garay.
Por todos los rincones del mundo
El Padre les habla de fidelidad, de la necesidad de perseverar, pase lo que pase. Para remachar el clavo, evoca el heroísmo de los cuarenta mártires de la ciudad armenia de Sebaste, que, en el siglo IV, fueron arrojados a un estanque helado por negarse a sacrificar a los ídolos. "Cuarenta hemos entrado en este combate y cuarenta coronas, Señor, te pedimos: haz que no falte ni siquiera una de este número". Pero, en plena noche, uno de ellos, vencido por el frío, pide que lo saquen. Entonces, uno de los guardianes, conmovido por el temple de aquellos hombres, al ver bajar cuarenta Ángeles con cuarenta coronas, se declara cristiano y se arroja al estanque para reemplazar al que ha desertado...
Vuestra eficacia, hijos míos, será consecuencia de vuestra santidad personal, que cuajará en obras responsables, que no se esconden en el anonimato. Cristo Jesús, Buen Sembrador, nos aprieta -como el trigo- en su mano llagada, nos inunda con su Sangre, nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha! Y luego, generosamente, nos echa por el mundo uno a uno, como deben ir mis hijos del Opus Dei, esparcidos: que el trigo no se siembra a sacos, sino grano a grano.
Un libro de gran formato y tapas blancas ha aparecido el año antes. Contiene los puntos de meditación de Consideraciones Espirituales, ligeramente modificados, y enriquecidos con 566 puntos más que hacen un total de 999 (en simbólico homenaje a la Santísima Trinidad). El título, Camino, recuerda a Cristo, que se llamó a Si mismo Camino, Verdad y Vida...
En ese libro, ha escrito: No tengas espíritu pueblerino. -Agranda tu corazón, hasta que sea universal, "católico".
Cuanto más cerca está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón para que quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de Jesús.
Y también: Ser católico es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses..., de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. -¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto.
Los pensamientos se vuelven hacia el mapamundi del vestíbulo de la Residencia de Jenner.
¿Cuándo se hará realidad ese sueño divino?
3. MADRID, 1940
El trabajo apostólico del Opus Dei empieza a desarrollarse de tal forma que se hace preciso abrir dos pequeños pisos, uno en Valladolid y otro en Barcelona, los cuales vienen a sumarse al de Valencia.
En Madrid, donde la casa de la calle de Jenner sigue funcionando como residencia de estudiantes, se alquila un piso en la calle de Martínez Campos (cerca de aquel en el que vivió la madre de don Josemaría antes de la guerra), para que puedan vivir allí algunos miembros de la Obra, que son un poco mayores.
El Padre, con su madre, sus hermanos y algunos miembros de la Obra, se traslada a un edificio de tres plantas, con un pequeño jardín, situado en la esquina de Diego de León y Lagasca, en un extremo del barrio de Salamanca.
La casa es amplia y las piezas nobles tienen prestancia, pero los muebles son tan escasos que resultan desproporcionados a ese cuadro. ¡Ni siquiera tienen dinero para reparar la caldera de la calefacción y comprar carbón!
El Padre duerme en el tercer piso, en una habitación pequeña que tiene una terraza encima y tres paredes en fachada, por lo que resulta gélida en invierno y sofocante en verano. Su madre y su hermana ocupan una habitación en la segunda planta y su hermano otra; realmente, no les sobra espacio, porque el resto de la casa se va llenando poco a poco con los miembros de la Obra que van a recibir una formación intensiva junto al Padre.
La actividad de don Josemaría sigue siendo ilimitada: impulsa la labor apostólica, se preocupa de la formación de las nuevas vocaciones, atiende a los estudiantes de la Residencia de Jenner, dirige espiritualmente a un número creciente de personas, sigue dando retiros y ejercicios espirituales... A todo lo cual hay que añadir su cargo de Rector de Santa Isabel y sus viajes para predicar a sacerdotes de numerosas diócesis.
Entre el 1 y el 7 de septiembre de 1940, da un curso de retiro a un grupo de jóvenes madrileñas. De ahí salen algunas de las primeras vocaciones de mujeres para el Opus Dei.
Rumores y calumnias
El árbol de la Obra empieza a multiplicar sus ramas y la labor apostólica de sus miembros ya no puede pasar inadvertida. La predicación del Fundador, por otra parte, se extiende mucho más allá del amplio círculo de hombres y mujeres de toda condición que le siguen de cerca.
Ya en los primeros comienzos de la Obra, antes de la guerra, habían llegado a oídos de don Josemaría Escrivá comentarios poco afortunados. Ahora, las críticas más o menos veladas cobran nuevo vuelo.
¿De dónde procede su influencia sobre las almas? ¿No es acaso sospechoso el éxito de esta nueva forma de apostolado? ¿No es peligroso hacer creer a simples laicos que pueden santificarse en su propio estado, sin apartarse del mundo, entrar en un convento o hacerse sacerdotes? ¿No resulta extraño hablar de vocación a simples fieles?...
A1 principio, no son más que rumores, palabras al aire, no necesariamente mal intencionadas. El Padre no les da importancia, convencido de que tales rumores acabarán cuando, bajo la novedad de la Obra, se descubran las raíces profundamente evangélicas de su espiritualidad.
Pero los rumores siguen en aumento y, en contra de lo previsto, parecen hallar eco en ciertas personas de las que se podía esperar más sentido común. A la curiosidad y al afán de cotilleo viene a unirse, por duro que resulte creerlo, la malevolencia indudable de algunos. Pronto se hace evidente que no se trata de simples comadreos propalados por gentes ignorantes. Es más bien que, como decía Beaumarchais dos siglos antes, sotto voce, a mezza voce, Basilio susurra de nuevo palabras calumniosas...
La primera reacción del Fundador del Opus Dei consiste en sacar de esas dificultades una lección de humildad: Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas. -Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar y aun pedir perdón- y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas.
Pronto se da cuenta, sin embargo, de que las acusaciones no van dirigidas sólo contra él, sino que amenazan la misma existencia del Opus Dei, todavía muy joven.
Don Josemaría sabe que puede contar con el Obispo de Madrid, que está profundamente convencido de que la Obra es cosa de Dios y suele cortar por lo sano cualquier crítica; y la misma actitud demuestran otros muchos obispos. Alguien recuerda que un día, con ocasión de la festividad del Corpus Christi, el Obispo de Madrid, durante la procesión con el Santísimo Sacramento, ha dicho al Presidente de Acción Católica, que llevaba uno de los varales del Palio:
-Mira: por lo que más vale en el mundo y lo que más estimo, que es Jesús Sacramentado, no ataques, no digas nada en desdoro de esa Obra, que yo quiero como a las niñas de mis ojos.
A pesar de esta firme actitud del prelado, las calumnias no cesan. Al contrario, se van "adornando" con detalles nuevos. Hasta que un día sucede lo increíble: alguien presenta, ante el Tribunal especial de represión de la masonería -creado el 1 de marzo de 1940-, una denuncia en regla contra el Opus Dei. La acusación es terrible y puede tener consecuencias gravísimas en la España de la época, pues en ella se califica a la Obra de "rama judaica de la masonería" y de "secta judaica en relación con los masones".
Cuando se inicia el proceso, los acusadores arremeten contra la Obra. Uno de ellos, lleno de fogosidad, asegura, en apoyo de su requisitoria, que, para mejor llamar a engaño a la gente, los miembros del Opus Dei procuran no distinguirse en nada de sus conciudadanos y que llevan una vida honesta, laboriosa y casta...
El General Saliquet, que preside el Tribunal aguza el oído:
-¿Quiere usted decir que viven castamente? -pregunta.
-Sí, así es.
-Entonces, no sigamos más: si viven la castidad es que no son masones. ¡No conozco ningún masón que sea casto!
Ante esta afirmación perentoria del Presidente, el proceso se da por cerrado y los jueces pasan al siguiente.
El Tribunal decide entonces enviar a don Josemaría a las dos personalidades que habían sido requeridas para formalizar la acusación, con objeto de que le den a conocer el resultado. El Fundador del Opus Dei los recibe en la residencia de Jenner, sin ningún recelo. Cuando se despiden. uno de los dos "procuradores" no puede contener su curiosidad y le interroga:
-Padre, ¿no podría usted enseñarnos ese oratorio donde los que le acusan de ser masón dicen que usted hace milagros?
-Se lo enseñaré con mucho gusto; pero, ¿de qué milagros se trata?
Un tanto desazonados, le dicen lo que algunos propalan: que ha montado un complicado juego de luces para dar la sensación de que se alza sobre el suelo mientras celebra Misa...
-Pues verdaderamente, con el peso que tengo, elevarme sobre el suelo mientras digo la Misa, sería un milagro de primera categoría -responde el Padre, sonriendo, antes de llevarles al oratorio.
Y es que, en efecto, desde hace algún tiempo, ha empezado a engordar mucho...
La paz en la oración
El incidente ha quedado zanjado, pero no por eso cesan las calumnias. Al contrario. Don Josemaría procura no tenerlas en cuenta y olvidar. Más te ha perdonado Dios a ti. Recomienda a sus hijos que no tengan complejo de víctima, que no hablen entre ellos de lo que pasa y que continúen rezando y trabajando.
Con todo, no puede evitar el sufrir mucho cuando piensa que, aunque algún día se hará justicia con la Obra, los enemigos de la Iglesia pueden utilizar esas mismas acusaciones contra el Opus Dei, y gentes de buena fe repetirlas sin saber que se trata de calumnias.
Así pues, el Padre reza intensamente para que tal situación termine cuanto antes. Aunque no pierde nunca la serenidad, al empezar cada jornada se pregunta, con su colaborador más íntimo, Álvaro del Portillo, de dónde vendrá la injuria ese día.
Hasta que una madrugada, tras una noche en la que le ha sido imposible conciliar el sueño, entra en el oratorio. Arrodillado ante el Sagrario, lo deja todo en manos de Dios: Señor, si tú no necesitas mi honra, ¿yo, para qué la quiero?
Enseguida, una paz profunda le embarga.
Hasta entonces, no sabe el hijo de Dios lo que es ser feliz: hasta llegar a esa desnudez, a esa entrega, que es entrega de amor; pero fundamentada en la mortificación, en el dolor.
Para un cristiano, la alegría no es una alegría fisiológica, de animal sano, sino que procede de una causa sobrenatural: tiene sus raíces en forma de cruz.
El Padre continúa preocupado, pero no por eso piensa en restringir su actividad, ni el apostolado de sus hijos.
Una noche, suena el teléfono en la casa de Diego de León. Han dado ya las doce. Cuando don Josemaría descuelga el auricular, escucha una voz familiar, que pronuncia su nombre y luego dice en latín unas palabras de Cristo a los Apóstoles: Ecce Satanas expetivit vos ut cribaret sicut triticum: "Simón, Simón, he aquí que Satanás, os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe..." (Luc. XXII, 31-32). Tras unos instantes de silencio, la voz vuelve a sonar: et tu confirma filios tuos. Luego se corta la comunicación.
El Obispo de Madrid, que suele acostarse tarde, le ha llamado para darle a entender, con esas palabras, que la persecución arrecia. Para animarle y ayudarle a mantener la fe de los primeros miembros de la Obra, ha modificado ligeramente la segunda parte del versículo de San Lucas: "et tu confirma filios tuos". Y tú, confirma "a tus hijos" (en lugar de "a tus hermanos").
Los miembros de la Obra permanecen serenos, aunque sufren al pensar en lo que estará sufriendo el Padre. Éste les explica que Dios nuestro Señor, para hacernos más eficaces, nos ha bendecido con la Cruz. En su tierra -les dice- pinchan la primera florada de higos, que se llenan así de dulzura y sazonan antes.
Todo cuanto acontece, si se vive con fe, con humildad y con espíritu cristiano, ayuda a mejorar y a hacer más eficaz el apostolado.
Un viaje a Barcelona
El Padre puede reconfortar de viva voz a los que viven cerca de él en Madrid o a sus hijos de Valencia, pero no ocurre lo mismo con los de Barcelona, donde alrededor de media docena de jóvenes estudiantes procuran mantenerse firmes bajo la tormenta en un pisito que con buen humor llaman El Palau (el palacio). Y es que don Josemaría sabe que el Gobernador Civil está resuelto a detenerle si se presenta en la Ciudad. No obstante, en 1941, no puede aguantar más y así, después de pedir consejo al Nuncio, Mons. Cicognani, toma un billete de avión para Barcelona con el nombre de José María E. de Balaguer, con idea de permanecer allí sólo veinticuatro horas (Balaguer es una ciudad de Cataluña, de donde era oriunda su familia paterna).
Su llegada proporciona un gozo inmenso a sus hijos, a quienes les anima a seguir siendo optimistas: Nosotros, por ser hijos de Dios, hemos de estar siempre alegres. ¿Aunque nos rompan la cabeza? Sí: aunque tengamos que ir con la cabeza abierta, porque será señal de que Nuestro Padre Dios quiere que la llevemos abierta.
El vendaval de la persecución es bueno. -¿Qué se pierde?... No se pierde lo que está perdido. -Cuando no se arranca el árbol de cuajo y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo- solamente se caen las ramas secas... Y ésas, bien caídas están.
¿Qué te importa, cuando vas derecho a tu fin, cabeza y corazón borrachos de Dios, el clamor del viento o el cantar de la chicharra, o el mugido, o el gruñido o el relincho?... Además... es inevitable: no pretendas poner puertas al campo.
Uno de los locos rumores que circulaban entonces por Barcelona, propalado por "almas bienintencionadas", era que los miembros de la Obra hacían sacrificios humanos y se clavaban en una cruz de madera... El origen de este infundio estaba en una cruz de palo que el Padre había hecho poner en una habitación que comunicaba con la sala de estudio, esa pobre cruz de madera, sola y despreciable, de la que hablaba en Camino: Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.
No podía concebirse nada más absurdo, pero, a pesar de todo, el Padre les aconseja que la sustituyan por otra mucho más pequeña... Así no podrá decir nadie que se crucifican, porque no caben....
Unos meses más tarde, el director de "El Palau" asegurará al Padre que, a pesar de las contradicciones y las calumnias, a ninguno de sus hijos de Barcelona le ha pasado por la cabeza ni el más mínimo pensamiento contra los que les atacan.
El viento de la persecución
En Madrid, algunas personas, para perjudicar a la Obra, aconsejan a algunos estudiantes, sobre los que tienen influencia, que se introduzcan entre los que participan en los medios de formación que ofrece el Opus Dei. Esos "falsos hermanos" se fijan, entre otras cosas, en un detalle ornamental del oratorio de la residencia de Jenner: un friso que el Padre había hecho pintar, a corta distancia del techo, con las palabras de un himno litúrgico (Congregavit nos in unum Christi amor, el amor de Cristo nos ha reunido), seguidas de unas frases de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, in communicatione fractionis panis et orationibus (Act. II,42): "Perseveraban todos en la enseñanza de los apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en las oraciones". Las palabras latinas estaban separadas por motivos decorativos y símbolos eucarísticos y litúrgicos tradicionales: los panes, la espiga, la vid, la luz, la paloma, la cruz... Aquellos pobres chicos infiltrados, en su ignorancia, hacen correr el rumor de que se trata de signos cabalísticos ...
En Barcelona ocurre algo parecido. A tal punto llegan las cosas que el nuevo abad coadjutor del Monasterio de Montserrat, el P. Escarré, considera oportuno, el 9 de mayo de 1941, escribir al Obispo de Madrid para pedirle información autorizada sobre el Opus Dei, con objeto de poder dar una respuesta a quienes le preguntan. Monseñor Eijo y Garay le contesta en los siguientes términos:
"Yo sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo. Lo conozco todo, porque el Opus Dei, desde que se fundó en 1928, está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir, o mi Vicario general o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos y... en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos. El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso (...). Conozco todas las acusaciones que se lanzan; sé que son falsas; sé que se persigue a algunas personas, incluso en sus intereses, creyéndolos del Opus Dei ¡y no lo son!; cómo se inquieta a los padres y a las madres de los alumnos, y se requiere la acción de autoridades públicas; (...) de todo ello no sacará el Señor más que bien para el Opus Dei; pero duele el descrédito de los buenos que así persiguen lo bueno".
La persecución, en efecto, no se limita a los miembros del Opus Dei; se dirige también contra sus familias. La madre de un estudiante que, poco antes, había pedido la admisión al Opus Dei en Valencia, es visitada, con ocasión de un viaje a Barcelona, por un religioso que ella no conocía. Lleno de "caridad", le dice que su hijo va a condenarse si sigue al Padre Escrivá, pues éste enseña que es posible ser santo en medio del mundo, y le ruega encarecidamente que le haga desistir de seguir ese camino, olvidando que el joven es mayor de edad. Aquella pobre mujer quedó tan impresionada que tuvo que guardar cama durante varios días. Hasta que, a pesar de que aquel religioso le había dicho que no lo hiciera, la buena señora fue a consultar al Vicario de la diócesis de Valencia, don Antonio Rodilla, el cual no sólo la tranquilizó, sino que afirmó con fuerza que su hijo había encontrado en el Opus Dei un auténtico camino de santidad en el mundo.
Don Antonio Rodilla tuvo que disipar también otras muchas mentiras que circulaban entre algunos obispos, consiliarios de Acción Católica, religiosos y religiosas. Porque no se trataba ya de críticas más o menos aisladas, sino de un auténtico vendaval de persecución alimentado por pérfidas calumnias.
El Padre cambia de confesor
Desde su regreso a Madrid, don Josemaría ha vuelto a confesarse habitualmente con su antiguo confesor, el P. Sánchez Ruiz. Aunque sigue confiándole solamente su vida interior, no lo que se refiere al Opus Dei propiamente dicho, le habla de su desconcierto en cuanto estallan los primeros rumores calumniosos.
Cosa curiosa: no encuentra en él el consuelo que esperaba... Hasta que un día, el P. Sánchez, muy nervioso, le dice de sopetón lo que piensa: la Santa Sede jamás aprobará el Opus Dei. Y cita, para apoyar su opinión, un artículo -poco adecuado, por cierto- del Código de Derecho Canónico.
Don Josemaría queda consternado ante este súbito cambio, ya que su confesor siempre se había mostrado convencido del origen divino de lo que había pasado en su alma aquel 2 de octubre de 1928. Es más, cuando le había ido a visitar el 14 de febrero de 1930, después de haber visto, en la Misa, la necesidad de fundar una Sección de mujeres del Opus Dei, el P. Sánchez le había dicho que "aquello era tan de Dios como lo demás".
¿Cómo explicar este cambio de actitud sin pensar que ha sido presionado para que le disuada de fundar el Opus Dei?
Don Josemaría no concibe la dirección espiritual al margen de un clima de plena confianza. Por eso decide dejar de verle, no sin antes explicarle, con toda delicadeza, que después de lo que le ha dicho, no le parece oportuno seguir confesándose con él. Corre el año 1940 y el Fundador toma como confesor a un sacerdote amigo suyo, don José María García Lahiguera, director espiritual del seminario diocesano de Madrid.
Primera aprobación oficial
Mons. Eijo y Garay está preocupado. Hacia 1940-41, el Señor permite una contradicción tremenda contra el Opus Dei, y el Obispo de Madrid, que sigue paso a paso la vida y desarrollo de la Obra, determina dar la primera aprobación diocesana, para ver si así se acalla la persecución.
El Fundador queda perplejo ante la proposición. Sabe que cuenta con el apoyo y estímulo de su obispo, al que siempre ha tenido informado, pero, como buen canonista, comprende perfectamente que la Obra tiene que crecer y madurar antes de encontrar su propio camino jurídico, pues su novedad planteará, sin duda, la necesidad de reformar la legislación en vigor.
Mientras el Señor permitía estas contradicciones, ocurrió un acontecimiento: el 22 de agosto de 1940 había fallecido el Arzobispo de Toledo y sabe el Padre que el candidato más probable para sucederle es precisamente el Obispo de Madrid.
Por eso, con lealtad, en una conversación, le dice a don Leopoldo: Señor Obispo, déjenos, no nos ayude; ¿no se da cuenta de que se juega la mitra de Toledo? Y don Leopoldo le contesta: "Josemaría, lo que me juego es el alma".
Unos meses más tarde, el Padre se da cuenta de que todavía no ha presentado a Mons. Eijo y Garay los documentos pertinentes.
-Señor Obispo, yo quiero ser siempre muy obediente a Vuestra Excelencia y sin embargo, a pesar de que hace mucho tiempo me ha pedido los documentos para proceder a la aprobación de la Obra, no se los he traído: sólo hoy me he dado cuenta de esto, de que no hago lo que el Señor Obispo me ha dicho. Y, al darme cuenta, he sentido una gran alegría, porque cualquier otro eclesiástico hubiera venido enseguida al Palacio Episcopal, trayendo esos documentos que el Señor Obispo había pedido: así he tenido una nueva prueba de que la Obra no es mía, sino de Dios; si no la aprueba usted, la aprobará su sucesor...
El 14 de febrero de 1941, el Fundador presenta la solicitud de aprobación, con la documentación requerida. El 24 de marzo el Obispo de Madrid firma el decreto que, en virtud del artículo 708 del Código de Derecho Canónico (por el que los simples fieles pueden asociarse para obras de piedad y caridad), da al Opus Dei la aprobación como Pía Unión pero, como le ha pedido don Josemaría, sin erigirlo canónicamente. Don Leopoldo ha tenido la delicadeza de fechar el documento el 19 de marzo, festividad de San José, fiesta del Patrono que celebra el Fundador. Además de la fórmula ritual, añade algunas palabras que testimonian su afecto y estímulo hacia el Opus Dei: "Y pedimos a Dios Nuestro Señor, por intercesión de San José, en cuya fiesta tenemos la satisfacción de aprobar canónicamente tan importante Obra de celo, que conceda que no se malogre ninguno de los grandes frutos que de ella esperamos".
Cuando Mons. Eijo y Garay comunica la noticia a don Josemaría, éste se encuentra en la casa de Diego de León. Inmediatamente, va a buscar a su madre y a los pocos miembros de la Obra que están allí. Todos juntos, entran en el oratorio y se postran de rodillas ante el Sagrario, para dar gracias.
4. MADRID, 14 DE FEBRERO DE 1943
Este año, el decimotercero aniversario de la fundación de la Sección femenina del Opus Dei cae en domingo y don Josemaría Escrivá de Balaguer celebra la Santa Misa para sus hijas en un Centro situado en la calle de Jorge Manrique.
En las palabras que acaba de dirigirles, les ha recordado aquella otra Misa del 14 de febrero de 1930, cuando, después de la comunión, había experimentado en su alma el mismo sentimiento que debe tener un padre a quien Dios le envía un hijo que no esperaba:
Y desde entonces, me parece que estoy obligado a teneros más afecto: os veo como una madre ve al hijo pequeño... Yo os aseguro que ha sido voluntad expresa del Señor -señalada en este día del año treinta- la razón por la cual existe la Sección femenina del Opus Dei: El lo ha querido.
La afluencia de vocaciones ha hecho posible, en julio de 1942, que se abra ese Centro, situado en un hotelito pequeño, de tres plantas y sótano, que permite ciertos arreglos. Dolores Fisac, Nisa González Guzmán y Encarnación Ortega -la cual ha conocido al Padre durante aquel curso de retiro de 1941- viven ya allí. El Padre ha dado indicaciones precisas para la instalación del oratorio, en el que celebra Misa con frecuencia y dirige la palabra a las presentes.
Una luz nueva
En esos meses y también en ese día, a don Josemaría le ronda una preocupación, un problema que se esfuerza en vano por resolver, a pesar de que, desde hace tiempo, reza mucho por esa cuestión y ofrece, como siempre, duras mortificaciones. Se trata de la incardinación de sacerdotes a la Obra, algo que ha visto desde el principio y resulta necesario para completar la fisonomía del Opus Dei, que es eminentemente secular, sí, pero que no podrá realizar su fin si no cuenta, para reforzar la formación de sus miembros y administrarles los sacramentos, con algunos sacerdotes empapados de su espíritu y capaces de ayudar a la expansión de sus apostolados.
Los que, antes de la guerra, le habían ayudado, no habían acabado de comprender el espíritu de la Obra, a pesar de que él se había esforzado en transmitírselo; además, tampoco habían captado la necesidad de estar muy unidos al Fundador, única forma de garantizar la coherencia y la expansión apostólica.
Hacía ya mucho tiempo que había llegado a la conclusión de que, para conseguir esos fines, la única solución sería ordenar sacerdotes a algunos miembros laicos del Opus Dei, previamente formados en el espíritu de la Obra. Sólo así podría garantizarse la necesaria unidad.
Lo ha comentado con aquellos hijos suyos que, a su juicio, podrían responder a esa llamada al sacerdocio; Álvaro del Portillo y José María Hernández de Garnica, los cuales habían dado una respuesta afirmativa.
Ahora que el trabajo apostólico se extiende, el Padre vuelve a pensar insistentemente en ello, aunque llevarlo a cabo plantea problemas prácticos y jurídicos muy serios. Porque el sacerdote tiene que ser llamado al sacerdocio y ordenado por un obispo (esta condición puede solventarse, pues no faltan obispos que comprenden la Obra y la alientan) y tiene también que recibir una formación previa -filosófica, teológica y jurídica-, impartida de ordinario en los seminarios diocesanos. Tiene, finalmente, que estar vinculado a un obispo o, al menos, estar incardinado, es decir, vinculado canónicamente a la Iglesia.
El Obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay, está dispuesto a llamar al sacerdocio y ordenar a aquellos miembros de la Obra que don Josemaría le proponga. De hecho, Álvaro y José María han comenzado ya, fuera del seminario, sus estudios de filosofía y teología, y a ellos se les ha unido José Luis Múzquiz, ingeniero de caminos, que había conocido la Obra antes de la guerra, en 1935.
Los tres se han examinado ya de numerosas asignaturas en el seminario diocesano, con gran éxito. Porque don Josemaría ha puesto especial empeño en que tengan los mejores profesores, dando las razones a quienes se lo han preguntado...: La segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar, después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Pero, además de todas esas razones, hay otra, la más importante a juicio del Fundador, que suele enunciar como resumen de todas: La primera razón -puesto que yo me puedo morir de un momento a otro-, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho y deseo ardientemente salvar mi alma.
La condición para poder ordenar sacerdotes -el "título de ordenación"- es la que plantea problemas más graves, prácticamente insolubles. El Padre ha pedido consejo a diversas personalidades eclesiásticas, entre ellas a Mons. Eijo y Garay, pero ninguna de las soluciones que le han sugerido le parece razonable.
Desde hace días, tiene la sensación de estar frente a una muralla, aunque mantiene la convicción de que debe existir una respuesta, ya que los sacerdotes estaban presentes cuando el Señor le hizo ver el Opus Dei aquel 2 de octubre de 1928.
Una vez más, se hace la luz durante la Santa Misa. Cuando acaba de decirla este 14 de febrero de 1943, tiene la solución: una sociedad sacerdotal orientada al apostolado. Sin perder tiempo dibuja en su agenda una cruz latina inscrita en una circunferencia, que será en adelante el sello del Opus Dei.
Queda, ahora, someter a las autoridades competentes el proyecto que acaba de concebir, un proyecto que, con la ayuda de Dios, saldrá adelante. No será fácil encontrar la solución jurídica precisa, pero el objetivo es claro y tiene la ventaja de que no hay que recurrir, como le habían propuesto sus amigos, a fórmulas incompatibles con el espíritu del Opus Dei o de hecho impracticables.
Estudio y gestiones jurídicas
A1 día siguiente, el Padre se traslada a El Escorial, donde sus tres hijos están preparándose intensamente para ser ordenados. Nada más llegar, habla con Álvaro del Portillo. Paseando junto al monasterio construido por Felipe II, le explica brevemente lo que ha visto la víspera y las gestiones jurídicas que este nuevo desarrollo de la Obra exigen. Luego, le pide que regrese con él a Madrid. Quiere el Padre elaborar una propuesta concreta y bien estructurada que el Obispo de Madrid pueda hacer llegar a la Santa Sede.
Dos miembros de la Obra estaban ya en Roma desde el mes de noviembre de 1942, especializándose en derecho canónico en una universidad pontificia. El Padre les había recomendado que aprovechasen su estancia para dar a conocer la Obra a algunas personalidades de la Curia romana. Sin embargo, ahora, lo que ha sucedido en su alma le inclina a pensar que hace falta algo más y estima que Álvaro del Portillo, como secretario general del Opus Dei, debe desplazarse cuanto antes a la Ciudad Eterna para presentar ante la Santa Sede un proyecto preciso de aprobación.
El 25 de mayo de 1943, el avión en que viajaba Álvaro aterriza en el aeropuerto de Roma tras un viaje bastante accidentado, a causa de la guerra. El 4 de junio le recibe el Papa Pío XII, a quien presenta los documentos elaborados por el Fundador del Opus Dei, acompañados de una carta de Mons. Eijo y Garay. Álvaro responde a las preguntas que, en relación con la Obra, le hace el Papa. Luego, visita a varias personalidades eclesiásticas, entre ellas al Cardenal Maglione, secretario de Estado, y Mons. Juan Bautista Montini, sustituto de la Secretaría de Estado.
Primera aprobación pontificia
Cuando regresa, el 21 de junio, Álvaro anuncia al Padre que se puede esperar una primera aprobación pontificia, conocida con el nombre de appositio manuum.
Don Josemaría siente una inmensa alegría. Hacia meses que venía rezando por esa intención, y, antes de partir Álvaro, había intensificado sus oraciones y había pedido a los que le rodeaban que rezasen también.
Su primer hijo espiritual, Isidoro, ha ofrecido por esa misma intención sus dolores físicos. Hace dos años que padece una dolencia incurable -cáncer de ganglios, la enfermedad de Hodgkin- y el médico dice que le quedan pocos meses de vida. En enero, ha tenido que dejar su trabajo para ingresar en una clínica, donde siempre le acompaña alguno de sus hermanos.
Nuevo proceso a las intenciones
Esta primera aprobación llega muy a punto, porque la campaña de calumnias no cesa. Al contrario, crece.
Para el Opus Dei, el período de gestación ha quedado atrás. La casa de la calle de Diego de León está llena de jóvenes miembros de la Obra, todos estudiantes, que en ella reciben una intensa formación ascética y doctrinal. En cuanto a los mayores, han entrado ya en la vida profesional, siguiendo las huellas de Álvaro del Portillo, Isidoro Zorzano, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz, todos ingenieros, y de Ricardo Fernández Vallespín, que acaba de abrir un estudio de arquitecto. Algunos otros se presentan, en cuanto el Ministerio de Educación las convoca, a concursos u oposiciones que abren camino a la enseñanza superior. Algo que, inexplicablemente, provoca enseguida comentarios absurdos. Porque, antes incluso de que algún miembro de la Obra haya ganado unas oposiciones, corre un rumor que parece proceder de la misma fuente de siempre: "¡El Opus Dei quiere apoderarse de la Universidad!".
El rumor hace reír -y sufrir- a los hijos de don Josemaría: son muy pocos los que se presentan a oposiciones a cátedra y, entre 1940 y 1943, de un total de ciento cuarenta y cinco plazas convocadas, sólo siete obtienen una... Es más: algunos de los que se han presentado tienen la impresión, bien fundada, de que no la han obtenido precisamente por ser del Opus Dei.
Durante un curso de retiro que el Padre dirige en Diego de León entre el 4 y el 9 de septiembre de 1942, vuelve a afirmar una vez más ante sus hijos, con energía, el principio intangible de la absoluta autonomía de los miembros de la Obra en sus tareas profesionales. Nuestro fin -viene a decirles- consiste en santificarnos para santificar a los demás. Para ello, los únicos medios son la oración, los sacramentos, el sacrificio y un trabajo perseverante y bien hecho. Nuestro fin no es ocupar puestos más o menos relevantes, sean los que sean. Si sois buenos cristianos, si cumplís vuestros deberes con la sociedad y con la patria, si estudiáis y trabajáis con orden y perseverancia, si ejercéis como es debido vuestros derechos y deberes ciudadanos, no será extraño que algunos ocupéis un día puestos importantes. Pero eso será asunto vuestro, no de la Obra. Porque la Obra no facilita empleo a nadie, no ofrece puestos a nadie. En el Opus Dei, no encontraréis más que ayuda espiritual y formación cristiana, el ejemplo de vuestros hermanos mayores -que os estimulará para trabajar de firme- y una predicación que os animará a huir de lo fácil y a complicaros la vida. Pero procurar puestos de trabajo o empujar a algunos a lograrlos, eso nunca, ¡nunca!
El Padre ha pronunciado estas palabras con el vigor que le caracteriza, sobre todo cuando se trata de un punto fundamental de su doctrina. Algo, por otra parte, que sus hijos saben bien y han practicado siempre.
A quienes, ajenos a esta realidad, insinúan que los miembros de la Obra podrían ayudarse mutuamente para lograr puestos relevantes, don Josemaría les responde, con la misma energía, que no es así, que les está prohibido hacerlo y que, además, sería paradójico y estúpido que quien ha renunciado a tantas cosas para seguir a Cristo arriesgase su destino eterno practicando el favoritismo, y, por tanto, faltando a la justicia.
Por otra parte, nada más alejado del espíritu de la Obra que la idea de ghetto, es decir, la tendencia a formar grupitos dentro de la universidad, de un centro de investigación, de una facultad o donde sea. Tal forma de actuar va contra la forma de ser de sus miembros. Jamás hemos constituido -afirma el Fundador- ni constituiremos grupos, del tipo que sean. Lo que nos caracteriza es el abrirnos en abanico, siguiendo cada cual su propio camino, trabajando donde esté y llevando consigo la simiente de Cristo.
El Padre, personalmente, ha empezado por dar ejemplo al aceptar dar clases de deontología en la Escuela de Periodismo de Madrid, inaugurada en 1940. Allí ha encontrado -más que en el Consejo Nacional de Educación, del cual ha sido nombrado miembro ese mismo año, pero que es un cargo más bien honorífico- una oportunidad de impregnar de espíritu cristiano y de una ética profesional rigurosa y di