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Nacimiento y primeros pasos del fundador del Opus Dei

Recordando palabras que el mismo Josemaría Escrivá de Balaguer escribió: “el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana”, documentamos en este capítulo el marco donde comenzó esa forja. Las personas que cambian el mundo son los santos no los sabios. Así lo confirma la Historia. En este capítulo recogemos con brevedad algunos rasgos del entorno familiar que sirvió de palestra primera donde Dios comenzó a preparar a este instrumentos que habría de fundar el Opus Dei. Todo comenzó en un sencillo hogar cristiano de un país europeo de principios del siglo XX.

Capítulo: Nacimiento y primeros pasos del fundador del Opus Dei

Recordando palabras que el mismo Josemaría Escrivá de Balaguer escribió: “el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana”, documentamos en este capítulo el marco donde comenzó esa forja.
No son los santos, los Fundadores, etc., personas excepcionales que desde su niñez, y con comportamientos extraños, ya despuntan para grandes empresas; al menos no es éste el caso. Son, como los demás, personas dotadas de una serie de cualidades que Dios les otorga, con sus defectos y con temperamentos muy variados. Todos con una misión –cada cual la suya– y los talentos proporcionados para llevarla a cabo si responden adecuadamente a Dios.
Las personas que cambian el mundo son los santos no los sabios. Así lo confirma la Historia. Los santos Fundadores, en la Iglesia, además, aportan en ocasiones ideas muy valiosas pero que son siempre afluentes del mismo río: el Evangelio de Cristo. De la aportación que con su vida y enseñanzas hizo San Josemaría a la Iglesia trataremos en estas páginas.
En este capítulo recogemos con brevedad algunos rasgos del entorno familiar que sirvió de palestra primera donde Dios comenzó a preparar a este instrumentos que habría de fundar el Opus Dei. Todo comenzó en un sencillo hogar cristiano de un país europeo de principios del siglo XX.

Barbastro: una pequeña ciudad de Huesca (España).

Barbastro, pertenece al reino de Aragón, en la provincia de Huesca (España). Situada junto a las faldas de los Pirineos. Está atravesada por el río Vero. Barbastro era ciudad ya muy conocida en el período de dominación romana. En 1100 fue reconquistada a los musulmanes por Pedro I de Aragón, y se erigió en Roda una sede episcopal, que más tarde se trasladó a Barbastro. Esta ciudad no perdió su prestancia a lo largo de los siglos.

El 9 de enero de 1902, en Barbastro, da a luz doña Dolores Albás y Blanc a su segundo hijo. Esa ciudad contaba en 1900 con unos 7.000 habitantes, seguía siendo sede episcopal, tenía condición jurídica de cabeza de partido con sus juzgados, su notaría, su registro de la propiedad, y toda su actividad administrativa , y destacaba como núcleo comercial de primera importancia, entre dos capitales de provincia, Huesca y Lérida .
Nació Josemaría a última hora de un día de invierno, hacia las diez de la noche. Por esta razón, un tanto humorísticamente, calificaba sus primeros momentos como pasos de “noctámbulo”, pues había comenzado a vivir teniendo toda una noche por delante. Aunque en ese dicho apuntaba, más bien, una velada alusión a la larga noche de oscuridades que, durante años, envolvió su misión espiritual.

Certificado de nacimiento de Josemaría Escrivá de Balaguer.

No se conserva el original de la partida de nacimiento en el Registro Civil de Barbastro, debido a la destrucción de los archivos durante la guerra civil española, en 1936. El acta de nacimiento que existe hoy en el Registro Civil de Barbastro es copia fehaciente de un certificado que se hallaba en el archivo del Instituto General y Técnico de Huesca, extendido el 26 IV 1912, por don Joaquín Salcedo, Juez Municipal encargado del Registro Civil de Barbastro, para ser incluido en el expediente escolar de Josemaría.

D. Joaquín Salcedo y Tormo, Juez Municipal encargado del Registro Civil de Barbastro.
Certifica: Que en el Registro Civil de mi cargo, sección de Nacimientos tomo 25, folio 81, se encuentra la siguiente:
Acta de Nacimiento.— Número 9º
D. José Maria Julian, Mariano Escrivá y Albás.
En la Ciudad de Barbastro, provincia de Huesca, a las nueve de la mañana del día diez de Enero de mil novecientos dos, ante D. Francisco Armisen, Juez municipal y D. Victoriano Claver, Secretario, compareció D. Manuel Clavería, natural de Barbastro, término municipal de idem, provincia de Huesca, mayor de edad, de estado viudo, de profesión alguacil, domiciliado en esta Ciudad, calle de la Encomienda, número siete, presentado con el objeto de que se inscriba en el Registro Civil un niño y al efecto como encargado por los padres del mismo y con el parte escrito declaro:
Que dicho niño nació a las veintidos del día de ayer, en el domicilio de sus padres, calle Mayor, nº 26.
Que es hijo legítimo de D. José Escrivá comerciante, de 33 años, y de Dª Dolores Albás, de 23 años, naturales de Fonz y Barbastro respectivamente.
Que es nieto por línea paterna, de D. José Escrivá, difunto, y de Dª Constancia Cerzán [sic], naturales de Peralta de la Sal y Fonz respectivamente.
Y por línea materna, de D. Pascual Albás, difunto, y de Dª Florencia Blanc, naturales de Barbastro.
Y que el expresado niño ha de ser inscrito con los nombres de José Maria, Julián, Mariano.
Todo lo cual presenciaron como testigos D. Ramón Meliz, militar retirado, y D. Amado Beltran, barbero, casados, mayores de edad y de esta vecindad.
Leída íntegramente esta acta e invitadas las personas que deben suscribirla a que la leyeran por sí mismas, si así lo creían conveniente, se estampó en ella el sello del Juzgado municipal, y la firmaron el Señor Juez, el declarante y los testigos, de que certifico.= Francisco Armisen.= Manuel Claveria.= Ramón Meliz.= Amado Beltran.= Victoriano Claver.
Concuerda fielmente con el original a que me remito. Y para que conste expido el presente certificado en Barbastro a veintiséis de Abril de mil novecientos doce.
L + S / El Juez Municipal, Joaquín Salcedo / El Secretario, Victoriano Claver.

Partida de Bautismo y Confirmación de Josemaría Escrivá.

Como era costumbre entonces fue bautizado a los pocos días de nacer, en concreto el 13 de enero. Recibió los nombres de José María, Julián y Mariano. Éste último lo utilizará para pasar inadvertido durante la guerra civil española y por devoción a la Virgen. Sin embargo al principio era nombrado como su padre, José, hasta que decidió –fue un descubrimiento espiritual que hizo– unir en uno los dos nombres: Josemaría. Cuando de pequeño le preguntaban cómo se llamaba, respondía: José, que era también el nombre de su padre. Y, a la vuelta de los años, comentaba: ¡cómo pude ser así de tonto, no me lo explico! Porque no se puede separar a María de José, ni al revés .
Sólo unos meses más tarde, el 23 de abril de 1902, recibirá también en la Catedral y del Ilustrísimo Administrador Apostólico de Barbastro, el Obispo don Juan Antonio Ruano y Martín, la fortaleza del Espíritu Santo a través de la Confirmación. Es costumbre piadosa de la época en España, administrar los dos Sacramentos en muy breve intervalo de tiempo.


El acta original obra en el archivo de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Barbastro, folio 115, libro XLIII de Sacramentos (Bautismos). Tiene una nota marginal posterior sobre la modificación del apellido Escrivá en “Escrivá de Balaguer”.
La partida contiene algún error: el abuelo paterno del bautizado nació en Perarrúa, no era de Peralta de la Sal.

D. LINO RODRIGUEZ PELAEZ, Cura encargado de la Parroquia de Ntra. Sra. de La Asunción (Catedral) de la diócesis de Barbastro,
CERTIFICO: que en el folio 115 del libro XLIII de Sacramentos (Bautismos) de este archivo parroquial, se halla inscrita la partida correspondiente a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás que, copiada a la letra dice así:
“En Barbastro a trece de enero de mil novecientos dos yo D. Angel Malo Regente la Vicaría Catedral bauticé solemnemente un niño nacido a las veinte y dos del día nueve, hijo legítimo de D. José Escrivá natural de Fonz y Dª Dolores Albás, natural de Barbastro, conyuges vecinos y del Comercio de esta Ciudad. Abuelos paternos D. José, de Peralta de la Sal, difunto y Dª. Constancia Corzán, de Fonz; maternos, D. Pascual, difunto y Dª. Florencia Blanc, de Barbastro. Se le puso por nombres José María Julián Mariano siendo padrinos, D. Mariano Albás y Dª. Florencia Albás, tíos del bautizº, viudo aquel, y esta casada vecina de Huesca y representada en virtud de poder por Dª Florencia Blanc, a quienes hice la advertencia del Ritual. Angel Malo Reg. Rubricado”.
Y, para que así conste, expido el presente en Barbastro a 19 de marzo de 1981.
L + S / LINO ROGRIGUEZ
Reconocimiento de firma y legalización.
Barbastro, 20 de marzo de 1981
L + S / RAIMUNDO MARTIN, Vicario General
Nota marginal:
D. LINO RODRIGUEZ PELAEZ, Cura encargado de la Parroquia de Ntra. Sra. de La Asunción (catedral) de la diócesis de Barbastro,
CERTIFICO: que en el folio 115 del libro XLIII de Sacramentos (Bautismos) de este archivo parroquial, se halla inscrita la partida correspondiente a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás con una nota marginal que literalmente dice:
“Por orden del M.I. Sr. Delegado Episcopal de esta Diócesis de Barbastro, dictada el 27 de Mayo de 1943 se muda en esta partida el apellido "Escrivá" en "Escrivá de Balaguer" debiéndose leer y escribir en lo sucesivo "José María Julián Mariano Escrivá de Balaguer y Albás" hijo legítimo de D. José Escrivá de Balaguer y de Dª. Dolores Albás. Barbastro 20 de junio de 1943. José Palacio. Rubricado”.
Y, para que así conste, expido el presente en Barbastro a 19 de marzo de 1981.
L + S / LINO RODRIGUEZ

Anotaciones a su abolengo familiar en sus Apuntes íntimos.

Tanto por parte de su padre, don José Escrivá como también por la de doña Dolores Albás cuenta en su ejecutoria familiar con una tradición de hombres de Leyes, eclesiásticos, médicos y de la alta nobleza. Entre sus antepasados hay gente de alto renombre.

En la primera semana de junio de 1933 (con una nota aclaratoria intercalada, de diciembre de 1934), escribe: “Echa lejos de ti esa desesperanza, que te produce el conocimiento de tu miseria. Es verdad: por tu prestigio económico eres un cero..., por tu prestigio social (En nota posterior añade: mis padres habían contado cosas que daban a entender que eso no es así: sí era así, por lo que a mí se refiere. dic. 1934), otro cero..., y otro por tus virtudes, y otro por tu talento... pero, a la derecha de esas negaciones está Cristo... y ¡qué cifra inconmensurable resulta!”.
Entre los famosos de la ascendencia estaban San José de Calasanz y Miguel Servet. A ellos se refirió en público Mons. Escrivá de Balaguer en algunas ocasiones: “Un antepasado mío, Miguel Servet, fue quemado por la Inquisición protestante de Calvino, en Ginebra. Aunque un poco lejanos, mi hermano y yo somos los únicos parientes de la familia”. Y en otro momento: “Hay un santo, pariente mío lejano, a quien yo quiero mucho. ¡No te hagas ilusiones!, no soy de madera de santo..., otro antepasado mío fue quemado por la Inquisición protestante. ¡Anda! Tampoco soy de madera de herejes... Cada uno es lo que es, independientemente de sus antepasados. Ese santo, José de Calasanz, decía: —si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde”.
Era un niño más, normal, de temperamento vivo. Como se recoge en la primera semblanza realizada con los muchos datos recogidos al poco de su fallecimiento por personas que compartieron en Barbastro sus años de infancia y adolescencia queda atestiguada la normalidad de estos años aunque su familia gozase de buena posición y fuera esmerada su educación. Era Josemaría un niño más entre los demás niños. Muchas personas le recuerdan, en sus años de infancia, como alegre y travieso. Le gustaba mucho jugar con un caballo grande de cartón, con ruedas: paseaba con él a los más pequeños por la casa, tirando de una especie de ronzal. Tenía también soldaditos de plomo y birlas (palos con soldados pintados que se colocaban a cierta distancia y se iban tirando con bolas) .

Testimonios de Pascual Albás y Esperanza Corrales de su curación.

A los dos años, a causa de una grave enfermedad, estuvo a punto de morir. Todavía no se había descubierto la penicilina y la mortalidad infantil era enorme. Se desconoce la patología; puede que se tratase de una infección aguda. Lo cierto es que familiares y conocidos recordaban detalladamente el suceso, y cómo el niño había sido desahuciado por los médicos, que “veían ya el desenlace fatal, inevitable e inmediato”. Estando las cosas así, su madre lo ofreció a la Virgen de Torreciudad prometiendo visitar la ermita si se curaba, como así sucedió.

“Entre mis recuerdos de Josemaría —refiere Pascual Albás—, destaca, en aquellos años de la infancia, por habérselo oído contar varias veces a mi padre, la romería que los padres de Josemaría hicieron a la Virgen de Torreciudad, llevándole en brazos —tenía dos años—, para darle gracias porque se había curado, por su mediación, de una grave enfermedad de la que los médicos le habían desahuciado”.
“Los Escrivá, y con ellos muchos de los que compartían su vida en Barbastro, tuvieron siempre la convicción de que a la intercesión de la Virgen se debía que Josemaría hubiese sobrevivido a la grave enfermedad que contrajo, cuando tenía unos dos años. Los médicos veían ya el desenlace fatal, inevitable e inmediato. Sólo quedaba la oración de su madre, acompañada de la promesa de peregrinar con el niño sano a Torreciudad. Así fue. La enfermedad hizo inesperada crisis y el pequeño Josemaría salió adelante a pesar del sombrío augurio de los médicos. Cuando ya estuvo bien, el matrimonio Escrivá, con el niño en brazos, cumplieron la promesa de ir, como romeros, a darle gracias a la Virgen de Torreciudad”.

Algunas anotaciones de Josemaría Escrivá sobre su curación.

La certeza de la intervención de la Virgen en su curación llevó a dejar a Josemaría Escrivá de Balaguer muchos testimonios de esta gracia mariana. Constan escritos de 1930, de 1934 y referencias frecuentes años después.

“¡Señora y Madre mía! Tú me diste la gracia de la vocación; me salvaste la vida, siendo niño; me has oído ¡muchas veces!...”.
“Meditación. Lo que Dios nuestro Señor me ha dado particularmente a mí. 1/ Por medio de su Madre —mi Madre—, siendo niño, me devolvió la salud”.

Alguna alusión oral de Josemaría Escrivá sobre el mismo evento.

Me trajeron, recordaría muchas veces refiriéndose a la Ermita de la Virgen de Torreciudad, mis padres. Mi madre me llevó en su brazos a la Virgen. Iba sentada en caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo”.

Algunas oraciones que aprendió a rezar de labios de sus padres.

Educado en la piedad cristiana, aprendió muchas oraciones de labios de sus padres. Con frecuencia hablará de ellas y enseñará a los padres a hacerlo sin atosigarles. Esta piedad aprendida en el hogar de sus padres quedaron grabadas en su mente y en su corazón. Las recitó con frecuencia y recurrió a ellas en momentos de sequedad espiritual.

“Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Dulce Corazón de María, sed la salvación mía”. Otras como: “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas, ¿qué será de mí? Ángel de mi Guarda, ruega a Dios por mí”.
“Tuyo soy, para ti nací: ¿qué quieres, Jesús, de mí?”. “Oh Señora mía, oh Madre mía, yo me entrego enteramente a Vos, y en prueba de mi filial afecto os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón. En una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, oh Madre de bondad, guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra”.
“Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo”.

Una oración que aprendió en el Colegio.

En el parvulario del Colegio de los escolapios aprendió una oración que luego recitaría miles de veces y que prendió tanto en su alma que le serviría, años más tarde, para épocas de gran sequedad espiritual. Tuvo lugar durante el esperado día de la Primera Comunión.

“Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos”.


De una carta dirigida al Alcalde de Barbastro el 28 de marzo de 1971.

En respuesta a una felicitación del Alcalde de Barbastro dice recordando las virtudes y la piedad que aprendió de su padre:

“Recuerdo, concretamente de mi padre, cosas que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria, a pesar de que me fui de ahí a los trece años: anécdotas de caridad generosa y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos. Así preparó el Señor mi alma, con esos ejemplos empapados de dignidad cristiana y de heroísmo escondido siempre subrayados por una sonrisa, para que más tarde le fuera pobre instrumento —con la gracia de Dios— en la realización de una Providencia suya, que no me aparta del pueblo mío queridísimo. Perdóname este desahogo. No te puedo ocultar que, esas evocaciones, me llenan de alegría” .

Una respuesta frecuente cuando le preguntaban los padres.

Su experiencia personal, avalada por la sacerdotal, tantos años ejercida, le llevaba a aconsejar a las madres que pedían cómo inculcar la piedad a sus hijos. Solían los Escrivá rezar el Rosario en casa, en familia, a la caída de la tarde, y los sábados, en la iglesia de San Bartolomé, donde se celebraba un acto en honor de la Virgen .

“¿Piadosos? ¿Querías hacerme preguntas sobre la piedad de tus hijos? ¿Querías hacerme preguntas sobre la piedad de tus hijos? ¿Sí o no? ¿Sí? No les hagas rezar mucho: un poquito solo. Lo que te enseñó a ti tu mamá, cuando eras niña; será gran sabiduría tuya que enseñes a ellos ahora. No más. Y cuando son mayores, y les vas dejando más libertad, tú les enseñas cuáles son sus deberes, pero no les coges por las orejas para rezar doscientas Avemarías. Han de querer ellos rezarlas. ¡Y verás como querrán; no las doscientas, que no hace falta! Ya me has entendido, ¿no?
Luego les enseñarás que hay dos modos de dirigirse a Dios: rezar con las oraciones que tiene la Iglesia —que conoce perfectamente el pueblo cristiano desde siglos, desde siempre—; u orar, sin ruido de palabras, con el corazón. Y entonces, cada persona habla con Dios o con la Madre de Dios o con San José o con su Ángel Custodio, como quiere, con familiaridad, como tú y yo estamos hablando ahora. Y si no se nos ocurre nada, y es la hora de estar un ratito con Nuestro Señor, le diremos eso: Señor, no se me ocurre nada, ilústrame, ¿de qué quieres que te hable hoy? Ya verás como vienen pensamientos a la cabeza”.

La primera educación de Josemaría Escrivá de Balaguer.

El colegio de las Hijas de la Caridad en Barbastro fue el primer colegio de niñas que tuvo en España la Congregación de San Vicente de Paúl. El colegio de los P.P. Escolapios de Barbastro también fue el primero que estos religiosos abrieron en España.

Afirmaba, con agradecimiento, como en su hogar paterno “trataban de darme una formación cristiana, y allí la adquirí, más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a un colegio de religiosas, y desde los siete a uno de religiosos”.


Su hermano Santiago testimonia lo mismo.

“Las personas que influyeron en la formación moral y religiosa del Siervo de Dios fueron, en primer lugar, nuestros padres, especialmente nuestra madre. Su formación intelectual la recibió primeramente en un parvulario de las Hijas de la Caridad y, siendo ya un poco mayor, en el colegio de los P.P. Escolapios de Barbastro”.

Una referencia a su primera Confesión hecha en 1972.

Fue en el curso 1908-1909, en que el niño asistía a la “Escuela de Párvulos” de los Escolapios, cuando doña Dolores preparó personalmente al hijo para la primera confesión. Luego le llevó a su confesor, el padre Enrique Labrador .

“Hay muchos que no quieren, que desprecian el Sacramento, y hasta dicen, por ejemplo, que confesar a los niños es perder el tiempo, y que los niños se asustan.
A mí me llevó mi madre a su confesor, cuando tenía seis o siete años, y me quedé muy contento. Siempre me ha dado mucha alegría recordarlo... ¿Sabéis lo que me puso de penitencia? Os lo digo, que os moriréis de risa. Aún estoy oyendo las carcajadas de mi padre, que era muy piadoso pero no beato. No se le ocurrió al buen cura —era un frailecito muy majo— más que esto: dirás a mamá que te dé un huevo frito. Cuando se lo dije a mi madre, comentó: hijo mío, ese padre te podía haber dicho que te comieras un dulce, pero un huevo frito...
¡Se ve que le gustaban mucho los huevos fritos! ¿No es un encanto? Que venga al corazón del niño —que todavía no sabe nada de la vida— el confesor de la madre, a decirle que le den un huevo frito... ¡Es magnífico! ¡Aquel hombre valía un imperio!”.

Otra alusión implícita.

Siempre tuvo a lo largo de su vida el convencimiento de que hay que luchar contra los defectos. Por eso afirmará el 22 de noviembre de 1972 ante millares de personas que él llevaba luchando “desde chico”.

“Yo he tenido y sigo teniendo muchos defectos. ¿A ver quién no tiene defectos? ¡A ver, uno que no tenga defectos, que lo ponemos en un museo...! Yo tengo muchos defectos, y estoy luchando contra ellos desde chico; y mientras me dure la vida seguiré luchando”.

Testimonio de Mons. Álvaro del Portillo sobre su Primera Comunión.

Un religioso escolapio, el padre Manuel Laborda se ocupó de preparar a Josemaría para hacer la Primera Comunión y le enseñó la fórmula de la Comunión espiritual a la que ya se hizo referencia.

“Guardó siempre un recuerdo de particular afecto al viejo Escolapio que le enseñó la comunión espiritual. Desde que era niño, cuando se preparaba para recibir la Primera Comunión, repitió constantemente esa fórmula. Le he oído predicar muchas meditaciones sirviéndose de esa oración, repitiéndola palabra por palabra. Decía que llena el alma de paz y de sosiego, aun en los momentos de sequedad o de escrúpulo, cuando el alma se ve tan pobre y tan cargada de miserias frente a la maravilla de un Dios que se nos entrega sin reservas”.

Algunas anotaciones en sus Apuntes entorno a su primera Comunión.

Cuando san Pío X, en 1910, decretó que se rebajara la edad de los 12 años al momento en que se alcanzase el uso de razón, que es alrededor de los 7, para poder hacer la Primera Comunión, se dispuso para recibir ese Sacramento Josemaría.. Hizo la Primera Comunión el 23 de abril, fiesta de san Jorge, patrono de Aragón y Cataluña, de 1912, justamente a los diez años de haber sido confirmado.

23 de abril de 1931: San Jorge. Hace diecinueve años que hice mi primera Comunión.
Día de San Jorge, 1932: Hoy hace veinte años que recibí por primera vez la sagrada Comunión. Señor San Jorge, ruega por mí.
Vísperas de S. Marcos, 1933: Ayer veintidós años de mi primera Comunión. ¡Dios mío!
23 de abril. ¡San Jorge! No se me olvida que hoy es aniversario de mi primera Comunión. ¡Cuántas cosas dejo de anotar!
Día 30 de Abril de 1936: [...] En Valencia, el día de San Jorge, aniversario de mi primera Comunión, me porté como un zángano, mejor, como un perfecto Borrico: rebuznar, y aún... Puedo decir que no sé rezar bien ni una avemaría. ¡Madre, Mamá del cielo!



Recuerdos de niñez que le servirán para su vida espiritual.

De los acontecimientos de su niñez sacará en sus recuerdos partido sobrenatural y didáctico para inculcar la piedad, la sinceridad, la laboriosidad, el amor a la Virgen, etc. En fin, en sus parábolas y comentarios evangélicos se captan imágenes en que se conservan, frescos, lejanos recuerdos de la infancia.

En una Carta del 29 de septiembre de 1957, en el punto 22 dirá: “Recuerdo haber visto, de niño, a los pastores envueltos en sus zamarras de piel, en los días crudos del invierno del Pirineo, cuando la nieve todo lo cubre, bajar por las cañadas de esa tierra mía, con aquellos perros fidelísimos y aquel borrico cargado con todos los enseres, que culminaban en unos calderos, donde preparaban la comida para ellos, y los potingues, que ponían sobre las heridas de sus ovejas.
Si alguna se había descalabrado —como dicen allí—, si alguna se había roto una pata, se reproducía la vieja estampa: la llevaban sobre sus hombros. También he visto cómo el pastor —pastores toscos, que parece que no reúnen condiciones para la ternura— lleva entre sus brazos amorosamente un cordero recién nacido”.
En Amigos de Dios, n. 151 leemos: “Se quedaron muy grabadas en mi cabeza de niño aquellas señales que, en las montañas de mi tierra, colocaban a los bordes de los caminos; me llamaron la atención unos palos altos, ordinariamente pintados de rojo. Me explicaron entonces que, cuando cae la nieve, y cubre senderos, sementeras y pastos, bosques, peñas y barrancos, esas estacas sobresalen como un punto de referencia seguro, para que todo el mundo sepa siempre por dónde va la ruta.
En la vida interior, sucede algo parecido. Hay primaveras y veranos, pero también llegan los inviernos, días sin sol, y noches huérfanas de luna. No podemos permitir que el trato con Jesucristo dependa de nuestro estado de humor, de los cambios de nuestro carácter”.
En una meditación del 8 de junio de 1964 decía: “Yo recuerdo que, en la tierra mía, cuando llegaba la temporada de la siega, y no existían aún estas modernas máquinas agrícolas, cargaban con esfuerzo a lomos de mulo o de pobres borriquitos las gavillas de mies. Y llegaba un momento en la jornada, al mediodía, en que acudían las mujeres, las hijas, las hermanas..., tocada graciosamente la cabeza con un pañuelo para que el sol no quemara su piel, más delicada que la de los hombres, y llevaban vino fresco... Aquella bebida refocilaba a los hombres ya cansados, les animaba, les fortalecía... Así te veo, Madre bendita, que, cuando luchamos por servir a Dios, vienes a animarnos a lo largo de esta jornada... A través de tus manos, nos llegan todas las gracias”.

Pequeños y grandes sufrimientos de un niño.

En esos años de infancia y de adolescencia sufrió. Se trataba a veces de cosas pequeñas pero que para un niño no lo son tanto y en otras ocasiones de asuntos objetivamente grandes como por ejemplo ver morir a tres hermanas en años casi seguidos y palpar con crudeza el dolor que eso conllevaba a sus padres aunque lo llevasen con la serenidad y la paz propias de un matrimonio cristiano ejemplar.

Tres niñas habían nacido después de él: María Asunción, cuando tenía tres años; María Dolores, cuando tenía cinco, y Rosario, cuando contaba siete. Al año de nacer, murió Rosario. Josemaría se dio cuenta del dolor contenido de sus padres y de los esfuerzos que hacían para suavizar su propia pena. Dos años después pudo contemplar, en la iglesia parroquial, cómo unas niñas acompañaban el cadáver de otra hermana suya, Lolita, sosteniendo unas cintas blancas enlazadas al ataúd, como era costumbre en los entierros de los niños. Al cabo de poco más de un año su madre le comunicó que su hermana preferida, María Asunción, una rubita adorable a quien todos llamaban familiarmente Chon, acababa de morir, pensó que aquello era ya demasiado y se arrojó a sus brazos sollozando.

Orgullo de buen hijo.

A la muerte de las niñas siguieron otras amarguras. La ruina económica de su padre. Tuvo que liquidar el negocio. Su padre había pagado a sus acreedores sin acogerse a las posibilidades de moratorias que le ofrecía la ley habiendo sido una de las causas determinantes de la quiebra del negocio la concurrencia desleal de su socio.

“Tengo un orgullo santo: amo a mi padre con toda mi alma, y creo que tiene un cielo muy alto porque supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana”.


De una meditación del 14 de febrero de 1964.

“Yo he hecho sufrir siempre mucho a los que tenía alrededor. No he provocado catástrofes, pero el Señor, para darme a mí, que era el clavo —perdón, Señor—, daba una en el clavo y ciento en la herradura. Y vi a mi padre como la personificación de Job. Perdieron tres hijas, una detrás de otra, en años consecutivos, y se quedaron sin fortuna. Yo sentí el zarpazo de mis pequeños colegas; porque los niños no tienen corazón o no tienen cabeza, o quizá carecen de cabeza y de corazón...”.

Testimonio de Mons. Javier Echevarría.

Junto a la quiebra económica familiar acompañó el desprecio de familiares, vecinos, conocidos... Para Josemaría supuso otro dolor añadido pues no hay que olvidar que su propio temperamento fue siempre una palestra para la pelea que le acompañó hasta el final de sus días .

“Desde joven, tuvo grandes virtudes humanas. Como defectos, debió estar muy atento a la rapidez y espontaneidad de carácter, y la viva indignación que solía sentir cuando consideraba que las cosas se hacían mal o no tan bien como se debía.
Nos confiaba muchas veces lo que llevaba en el fondo del alma: ‘os pido perdón, por las molestias que os haya podido causar a cada uno. Os aseguro, y ésta es mi intención constante, que a sabiendas no quiero mortificar a nadie con mi modo de ser. De todas formas, insisto, os pido perdón si a alguno le he molestado con mi modo de ser o de actuar’ ”.

Testimonios de Mons. Echevarría sobre el asunto de la ruina económica.

“El Fundador del Opus Dei refería que este suceso influyó en su ánimo de adolescente de diversos modos. De una parte, aumentó la admiración hacia sus padres al contemplar su actitud cristiana, que les permitió conservar la alegría y la serenidad; por otro lado, no acababa de entender la tranquilidad y la aparente pasividad paterna; la generosidad de renunciar a su patrimonio, y quedar en auténtica necesidad económica, que le obligaría a cambiar de ciudad.
Hacia 1967 ó 1968, un miembro del Opus Dei, con ocasión de sus trabajos de investigación en materias jurídicas, se encontró con la sentencia judicial por la que se había decretado la quiebra del negocio familiar de Barbastro. La estudió a fondo, a la luz de las leyes y de la jurisprudencia del momento, y llegó a la conclusión de que dejaba bastante que desear desde el punto de vista técnico y, además, admitía el recurso de apelación inmediata, que podía haber supuesto para don José Escrivá verse descargado de los graves deberes que asumió para no perjudicar económicamente a los acreedores.
Con motivo de un viaje a Roma, contó su hallazgo a Mons. Escrivá de Balaguer. Recuerdo que, no solamente no quiso extenderse en la conversación, sino que, además, sin dar mayor importancia, rogó que se destruyesen las copias de documentos -referentes al asunto- que ese hijo suyo había llevado.
Así me dio ejemplo de saber aceptar la Voluntad de Dios, aunque se haga cuesta arriba o se nos muestre a través de contradicciones. Me enseñó también a rehuir la curiosidad vana y a rechazar la autocomplacencia ante los sufrimientos injustos. No hizo posteriormente ningún otro comentario sobre esos sucesos.
Tampoco en esta ocasión salió de sus labios el más pequeño reproche hacia quienes provocaron la ruina familiar, ni hacia los juristas que intervinieron en la quiebra, ni contra las personas que les habían hecho el vacío cuando se encontraron en la más absoluta necesidad”.

Las circunstancias económicas le forjaron en el espíritu de pobreza que vivió siempre:

“Aprendió entonces a llevar con garbo las privaciones, haciendo agradable la vida a los demás sin quejarse por el trabajo o por la falta de servicio doméstico. Se le quedó muy grabado el semblante de don José, lleno de paz y sonriente, que daba al hogar alegría y serenidad, reforzando la unión de la familia; y también recordaba vivamente la laboriosidad y el sacrificio generoso de su madre y de su hermana, que sabían mantener el tono distinguido del hogar, aunque no dispusiesen de los medios de que gozaban en Barbastro.
Fue una pobreza vergonzante, llevada con extraordinario señorío, que perfiló todavía mucho más el agudo ingenio del Fundador del Opus Dei, ya que descubría los detalles con que sus padres se esforzaban, sin mezquindad, en sacar el máximo provecho de todo lo que poseían, para hacer amable la convivencia” .
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