Dios se va insinuando en el fundador del Opus Dei
Si bien es cierto que hasta el 2 de octubre de 1928 en que fundó el Opus Dei no comienza la historia de esta Institución de la Iglesia, también lo es que hasta ese momento el acontecer de su vida se identifica con la preparación divina del instrumento que había de utilizar. Es como si la biografía y la prehistoria del Opus Dei fueran el reverso y el anverso de la misma moneda en esos años.
Cuando fundó el Opus Dei, Josemaría Escrivá era un sacerdote de 26 años.
Si bien es cierto que hasta el 2 de octubre de 1928 en que fundó el Opus Dei no comienza la historia de esta Institución de la Iglesia, también lo es que hasta ese momento el acontecer de su vida se identifica con la preparación divina del instrumento que había de utilizar. Es como si la biografía y la prehistoria del Opus Dei fueran el reverso y el anverso de la misma moneda en esos años. Cuando fundó el Opus Dei, Josemaría Escrivá era un sacerdote de 26 años.
Capítulo: Dios se va insinuando en el fundador del Opus Dei
Si bien es cierto que hasta el 2 de octubre de 1928 en que fundó el Opus Dei no comienza la historia de esta Institución de la Iglesia, también lo es que hasta ese momento el acontecer de su vida se identifica con la preparación divina del instrumento que había de utilizar. Es como si la biografía y la prehistoria del Opus Dei fueran el reverso y el anverso de la misma moneda en esos años.Cuando fundó el Opus Dei, Josemaría Escrivá era un sacerdote de 26 años. Es interesante saber que sus aficiones profesionales iban encauzadas hacia la Arquitectura y que no había pensado nunca en ser sacerdote. Por eso será de utilidad documentar como Dios le fue llevando por los derroteros que hoy conocemos.
Tras la ruina familiar, D. José queda en el paro y se traslada con su familia a Logroño donde había encontrado, gracias a sus amistades y a su prestigio de hombre bueno, un trabajo humilde capaz de sacar a flote a los suyos aunque con estrecheces.
Allí, en Logroño, sentirá lo que él llamó “barruntos” de Dios; indicios de que quería algo de él. Tendría como quince años. Las huellas de unos pies descalzos en la nieve de un carmelita le llevarán a tomar la decisión generosa, también por su inmediatez, de hacerse sacerdote. Y todo sólo por entender que así estaría más disponible para conocer el querer de Dios sobre él. Esta decisión unida a una intensa oración pidiendo luces y a una mortificación generosa le llevarán a “ver” el Opus Dei en 1928 precedido de muchas gracias para su alma que no acertaba a comprender.
De una carta al Alcalde de Barbastro en 1974.
A comienzos de 1915 marchó a Logroño D. José Escrivá, para empezar a trabajar, buscar casa para su familia, y disponerla para que cuanto antes pudieran todos trasladarse. A últimos de septiembre, a primera hora de la mañana, subían a la diligencia de Huesca, camino ya de Logroño el resto de la familia. Aquella marcha dejó profunda huella en el alma de Josemaría. Aquella salida de Barbastro se le quedó muy grabada.
Pasado el tiempo y sin consultarle antes, por el procedimiento de hecho consumado, el Pleno del Ayuntamiento, en sesión del 17 de septiembre de 1974, decidió por unanimidad conceder la Medalla de Oro de la ciudad de Barbastro a Don Josemaría Escrivá de Balaguer, “como reconocimiento a los relevantes méritos de ejemplaridad y proyección universal que concurrían en su persona y a su constante atención y preocupación por el perfeccionamiento, en todos los órdenes, de los habitantes de Barbastro y su Comarca” . De esta manera expuso Mons. Escrivá de Balaguer al Alcalde sus sentimientos para que los transmitiera a los demás miembros de la Corporación:
“Yo también espero con ilusión que el Señor me conceda la gracia de poder reunirme, en fecha próxima, con mis paisanos. Lo espero y lo deseo vivamente, porque estoy convencido de que —aunque me resulta imposible imaginarlo— aumentarán mi cariño y mi oración por Barbastro y su comarca.
Te pido que reces por mí y por mi tarea sacerdotal, invocando a Nuestra Madre de Torreciudad, que tanto bien ha traído y traerá para las almas; yo también pongo a sus pies todas vuestras ilusiones y vuestros trabajos, para que Ella los bendiga y los proteja”.
De una carta al Alcalde de Barbastro el 28 de marzo de 1971.
En contestación a don Manuel Gómez Padrós por la felicitación en su onomástica y en agradecimiento por las noticias que le comunicaba sobre la promoción social de su pueblo escribía:
“Déjame que te diga que mi madre y mi padre, aunque hubieron de salir de esa tierra, nos inculcaron, con la fe y la piedad, tanto cariño a las riberas del Vero y del Cinca. Recuerdo, concretamente de mi padre, cosas que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria, a pesar de que me fui de ahí a los trece años: anécdotas de caridad genera y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos. Así preparó el Señor ni alma, con esos ejemplos empapados de dignidad cristiana y de heroísmo escondido siempre subrayados por una sonrisa, para que más tarde le fuera pobre instrumento con la gracia de Dios en la realización de una Providencia suya, que no me aparta del pueblo mío queridísimo. Perdóname este desahogo. No te puedo ocultar que, esas evocaciones, me llenan de alegría”.
Testimonio de Mons. Álvaro del Portillo sobre su vocación profesional.
En diversas ocasiones comentó esa vocación profesional hacia la arquitectura que tanto le atraía. Dios, en cambio, le llevó por otros derroteros aunque sí pudo de alguna manera, por la facilidad de interpretar los planos, su buen gusto y perspectiva espacial “ejercitar” esa profesión durante la construcción de tantas edificaciones como siguió en Roma.
“Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –Sobresaliente con premio, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.
Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería un albañil distinguido.
Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante”.
Algunos testimonio sobre los “barruntos” del Fundador del Opus Dei.
Unas huellas en la nieve de un carmelita descalzo –como quedó dicho más arriba– le removieron tanto el alma que se planteó qué hacía él por Dios cuando otros por Él se mortificaban de esa manera. Ese zarpazo divino en su alma le llevó a la decisión de abandonar la ilusión de ser arquitecto y hacerse sacerdote para estar disponible a lo que Dios le pidiera. Así comenzó Dios a insinuarse en su alma, a “barruntar” que algo le pedía el Señor pero sin saber qué. Muchas veces aludió en su vida a esos barruntos. Su respuesta fue rezar, pedir luz, intensificar la vida de piedad y de penitencia.
Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor, años más tarde del Fundador del Opus Dei, le oyó este comentario ante aquellas huellas: “Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo?”.
Jesús Álvarez Gazapo cuenta lo que le oyó sobre el origen de su vocación: “En 1964, hablándome de su vocación al sacerdocio, Mons. Escrivá de Balaguer me dijo, preguntándose a sí mismo: ‘¿Cuál ha sido el origen de mi vocación sacerdotal? — Una cosa aparentemente fútil: la huella de los pies descalzos de un carmelita sobre la nieve’; y me explicó cómo, pensando en el sacrificio de aquel religioso por amor de Dios, se preguntó qué hacía él por el Señor. Pensó entonces que quizá Dios le llamaba allí mismo, en la calle...
Encarnación Ortega oyó contar al mismo Siervo de Dios la gran mella que le hizo el ver las huellas de un carmelita descalzo sobre la nieve; y pensó que él hacía poco por Dios. Y descubrió que el Señor esperaba algo concreto de él”. José Luis Múzquiz, uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei afirma que el Siervo de Dios, le confesó como comenzó a manifestar deseos de una vida cristiana más perfecta y empeñada cuando, en invierno de 1917 18 contempló sobre la nieve las huellas de los pies de un religioso Carmelita [...]. Según manifestó, sintió la llamada al sacerdocio después de haber visto esas huellas en la nieve. Sobre el episodio de las huellas en la nieve, entre otros, cfr. Francisco Botella, Pedro Casciaro, etc.
Testimonio de Mons. Javier Echevarría.
El Fundador no nos dejó la fecha exacta por lo que se refiere al hecho de su repentino cambio de vida y a la señal exterior que lo suscitó. Las expresiones que usa en sus conversaciones o escritos son un tanto indeterminadas: Tenía yo catorce o quince años... (Meditación del 19 III 1975); ... desde los quince (Carta 29 XII 1947/14 II 1966, n. 19); Desde los quince o dieciséis años (ibidem, n. 16); Desde que tenía quince años... (Carta 25 V 1962, n. 41); hasta cumplidos los dieciséis años (Apuntes, n. 1637).
“Le escuché muchas veces cómo nacieron los barruntos de su llamada al servicio del Señor en el sacerdocio, cuando tenía quince o dieciséis años. Desde entonces comprendió con fuerza que Dios estaba pendiente de su vida, y se apoderó de su alma la intranquilidad sobrenatural de buscarle, de mirarle, de tratarle, de quererle siempre más. Al referirse a este enamoramiento que inundó todo su ser, reconocía con naturalidad que era el primer y único amor, que había ido creciendo sin acostumbrarse y sin cansarse. Su decisión de ser sacerdote se fundó única y exclusivamente en el deseo de cumplir la Voluntad del Señor en aquello que le pedía y que no le concretó en los primeros momentos. Pensó, con un convencimiento fuerte y profundo, que si se hacía sacerdote estaría mejor dispuesto para escuchar la voz de Dios.
Recibió la llamada con verdadero optimismo. No fue al Seminario con mentalidad de víctima, pensando que hacía una renuncia heroica. No ignoraba los sacrificios que llevaba consigo, ni lo que suponía para su familia el abandono de las ilusiones que se habían forjado sobre su futuro. Pero ninguna de estas consideraciones fue obstáculo para su disponibilidad ante la Voluntad de Dios.
Habló con sus padres de esa decisión, que exigía abandonar planes humanos bien conocidos por todos. Renovó su abandono confiado en el Señor y, pensando en el futuro de la familia, le dirigió una petición llena de confianza: un nuevo hijo varón para sus padres. Al cabo de los meses, vio cumplido su deseo, cuando doña María Dolores comunicó a sus hijos que iban a tener un hermano. Nos refería Mons. Escrivá de Balaguer que se llenó de gozo, y tuvo la certeza de que el Señor había escuchado su oración, y aquel nuevo vástago sería también un varón, como así sucedió.
Antes de ser alumno del Seminario de Logroño, consideraba el sacerdocio algo muy excelso, propio de personas especialmente escogidas por el Señor. Sus padres le habían educado en el respeto y la veneración hacia los sacerdotes, porque eran los representantes de Cristo en la tierra. Esa autoridad iba unida al recuerdo cariñoso que conservaban de los parientes que habían abrazado el estado sacerdotal, algunos de los cuales fueron Obispos o Vicarios de diócesis”.
Algunas alusiones de Josemaría Escrivá sobre esos barruntos.
En muchas ocasiones hizo mención de aquellos barruntos en los que Dios le manifestaba de manera inenarrable su disponibilidad para “algo” que le era totalmente desconocido. He aquí algunas de esas alusiones.
“Barruntos, los tuve desde los comienzos de 1918. Después seguía viendo, pero sin precisar qué es lo que quería el Señor: veía que el Señor quería algo de mí. Yo pedía, y seguía pidiendo”.
“No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder plenamente a la bondad de Dios, esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo”.
“... comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor [...]. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera... De paso me daba cuenta de que no servía, y hacía esa letanía, que no es de falsa humildad, sino de conocimiento propio: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada...”.
La respuesta de Josemaría Escrivá de Balaguer a aquellos “barruntos”.
A ese querer divino, ignorado muchos años, la respuesta de Josemaría Escrivá de Balaguer fue la de pedir luz y que ese querer se realizara. Así lo diría años después en muchas ocasiones. He aquí algunas.
“Cuando yo tenía barruntos de que el Señor quería algo y no sabía lo que era, decía gritando, cantando, ¡como podía!, unas palabras que seguramente, si no las habéis pronunciado con la boca, las habéis paladeado con el corazón: ignem veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur?; he venido a poner fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? Y la contestación: ecce ego quia vocasti me!, aquí estoy, porque me has llamado”.
“Tenía barruntos de que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era, y —mientras— decía de continuo una jaculatoria acordándome del ciego del Evangelio, yo ciego también, en cuanto a mi porvenir y al servicio que Dios deseaba de mí: Domine, ut videam! Domine, ut sit, ! he repetido durante años: que sea, que se haga eso que Tú quieres; que yo lo sepa, da luz a mi alma. Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino”.
Quería Jesús, indudablemente, que clamara yo desde mis tinieblas, como el ciego del Evangelio. Y clamé durante años, sin saber lo que pedía. Y grité muchas veces la oración "ut sit!", que parece pedir un nuevo ser...
“Y el Señor dio luz a los ojos del ciego –a pesar de él mismo (del ciego) – y anuncia la venida de un ser con entraña divina, que dará a Dios toda la gloria y afirmará su Reino para siempre”.
“La primera vez que medité el pasaje de San Marcos del ciego a quien dio vista Jesús, cuando aquel contestó, al "qué quieres que te haga" de Cristo, "Rabboni, ut videam", se me quedó esta frase muy grabada. Y, a pesar de que muchos (como al ciego) me decían que callara [...], decía y escribía, sin saber por qué: ut videam!, Domine, ut videam! Y otras veces: ut sit! Que vea Señor, que vea. Que sea”.
Una consideración autobiográfica de su respuesta a la vocación.
Ponderaba y hacía ponderar como Dios ama a cada uno, le busca y espera su respuesta. Así se expresaba en 1968:
“... el Señor nos ha dicho con predilección de padre: Ego redemi te et vocavi te nomine tuo: meus es tu! ["Yo te redimí y te llamé por tu nombre: tú eres mío": Isaías 43,1] Nos ha llamado por el nombre, por el "nomignolo", el apodo familiar, y añade continuamente: meus es tu! ¡Qué estupendo!, es un fundirse del Señor con nosotros. Mirad que todas estas consideraciones son verdades que nos repite la Escritura Santa, ¡no son sólo palabras!: nos recuerdan que Dios nos quiere, que Dios nos perdona, que Dios cuenta con nosotros”.
Consideraciones de esta etapa de su vida en una meditación el 14-II-1964.
“Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana, (...)
Todo normal, todo corriente, y pasaban los años. Yo nunca pensé en hacerme sacerdote, nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había presentado el problema porque creía que eso no era para mí. Pero el Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente. (...)
Pasó el tiempo y vinieron las primeras manifestaciones del Señor: aquel barruntar que quería algo, algo (...) Acuden a mi pensamiento tantas manifestaciones del Amor de Dios. El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia. (...)
Dios nuestro Señor, de aquella pobre criatura que no se dejaba trabajar, quería hacer la primera piedra de esta nueva arca de la Alianza, a la que vendrían gentes de muchas naciones, de muchas razas, de todas las lenguas. (...)
Eran hachazos que Dios Nuestro Señor daba para preparar -de ese árbol- la viga que iba a servir, a pesar de ella misma, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam! Domine, ut sit! [¡Señor qué vea! ¡Señor qué sea!] No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder a la bondad de Dios, pero esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo. Adelante, sin cosas raras, trabajando sólo con mediana intensidad. Fueron los años de Zaragoza”.
Algunos comentarios hechos sobre el nacimiento de su hermano Santiago.
Al ser el único hijo varón Josemaría, comprendiendo el dolor paterno, pidió al Cielo un hermano, no una hermana, pese a la edad de sus padres. Estando ya en el Seminario de Logroño donde cursó dos años estudió su madre le comunicó que estaba encinta. No dudó jamás que sería niño como así fue.
“A petición mía y a pesar de que hacía bastantes años que mis padres no tenían hijos y no siendo ellos ya jóvenes, a petición mía —repito— Dios nuestro Señor (a los nueve o diez meses justos de pedírselo) hizo que naciera mi hermano [...]. Un hermano varón, pedí yo”.
Jesús Álvarez Gazapo, uno de los testigos de este comentario, recoge este otro del Fundador sobre el mismo tema: “Santiago nació por una oración mía al Señor; esto está claro puesto que nació diez meses después (el 28 de febrero de 1919). Mi madre desde hacía diez años no había tenido hijos. Mis padres estaban físicamente agotados por las muchas contradicciones y también avanzados de edad”.
Testimonio de Mons. Álvaro del Portillo sobre algunas incomprensiones.
Josemaría Escrivá de Balaguer había resuelto tras el episodio de las huellas hacerse sacerdote. Veía en ello una disponibilidad indispensable para que aquellos barruntos a no sabía qué pudieran llevarse a cabo. Terminada su estancia en Logroño pasó al Seminario de Zaragoza donde cursó cinco años hasta llegar a recibir el Sacramento del Orden. Durante su estancia en Zaragoza realizó, siguiendo los consejos de su padre, los estudios de Derecho en la Universidad civil. Por lo que le supuso de penitencia convivir en el Seminario con chicos toscos, de ambiente rural, vale la pena reflejar algún testimonio en estos antecedentes históricos previos a la fundación del Opus Dei.
“La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos.
Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos.
Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: Aquí viene el soñador”.
Testimonios de Mons. Del Portillo y otros sobre su calidad humana.
Mucho debieron apreciarle sus profesores y compañeros con sinceridad cuando el Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.
Ello es, afirma Álvaro del Portillo: “una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano”.
Los testimonios, precisos y concisos, de los compañeros de seminario sobre Josemaría resultan concordes. “Era muy cuidadoso en su porte exterior —dice de él Amadeo Blanco—: vestía una chaqueta azul, el cuello alto y sujetaba la camisa con un lazo”. Lo mismo refiere Luis Alonso Balmaseda : “vestía siempre muy elegante, con traje completo y oscuro, muy bien cortado”.
En cuanto a su carácter, según recuerda Pedro B. Larios: se mostraba “muy abierto y comunicativo, simpático, divertido, alegre y muy agradable”. “Lo que más llamaba la atención —observa Amadeo Blanco— era su sonrisa abierta y amable: era un reflejo de su alegría interior”. Y, tocando otro aspecto de su personalidad, refiere Máximo Rubio que “era un hombre de carácter, de temperamento fuerte”, y que “influyó muchísimo en la piedad y espiritualidad de los seminaristas”.
Estos recuerdos adquieren relieve al contrastarse con la opinión que los Superiores del seminario tenían, por aquel tiempo, del alumno y de su comportamiento. Opinión expresada, con laconismo, en un breve informe del Rector, don Valeriano-Cruz Ordóñez: “El exponente procede del bachillerato del Instituto y es bachiller en Artes, es muchacho de muy buena disposición y de muy buen espíritu” .
Testimonio del Rector del Seminario de San Francisco de Paula.
Don José López Sierra fue Rector del Seminario de San Francisco de Paula, de Zaragoza, en el período que va de 1920 a 1925. Es, pues el tiempo de la estancia de Josemaría allí. El 26 de enero de 1948, en Zaragoza, daba el siguiente testimonio de Josemaría Escrivá.
D. José María Escrivá de Balaguer. Difícil empresa detallar su vida de seminarista: ingresó a cursar Sagrada Teología en concepto de alumno interno, procedente del Instituto de Logroño, cuna de su formación científica, en el Seminario de S. Francisco de Paula, anejo al de S. Carlos, de Zaragoza, siendo su Sr. Arzobispo el Emmo Sr. Cardenal Soldevila y su Rector el que suscribe estas líneas: empero no tan difícil describir algunos rasgos salientes de ella, en la que predomina su inclinación al apostolado, su predilección por los jóvenes: su obrita Camino lo evidencia ¿a quién sino a ellos va dirigida?
Seminarista primero, se distingue entre los de su clase por su esmerada Educación, afable y sencillo de trato, notoria modestia, respetuoso para con sus superiores, complaciente y bondadoso con sus compañeros, era muy estimado de los primeros, y admirado de los segundos. Eminentes cualidades precursoras de su fecundo apostolado.
Director de seminaristas más tarde, distinción que le otorgó el Emmo. Sr. Cardenal, aun antes de recibir las Órdenes Sagradas, en atención a su ejemplar conducta, no menos que a su aplicación, pues simultaneaba con la carrera de Leyes poco a poco se va revelando el incipiente Apóstol para cuyo ministerio le iba previniendo el Cielo con bendiciones de dulzura.
Forjador de jóvenes aspirantes al sacerdocio, no era de admirar fuese más adelante forjador de jóvenes seglares: bien los conocía, con ellos había convivido en las aulas del Instituto y de la Universidad, y eso no obstante, observa un vacío en la formación religiosa de estos jóvenes intelectuales, las instituciones existentes no son adecuadas para albergar en su seno a estos jóvenes de los tiempos modernos, es necesaria una nueva institución, que los acoja. Varias veces me habló sobre el particular con motivo de un reglamento anónimo, que por casualidad llegó a nuestras manos, y hoy puedo decir que providencialmente, pues la Providencia disponit omnia suaviter.
En el Seminario pues, se inicia su gran obra, que está llenando de asombro no a la España Católica, sino al mismo centro de la Catolicidad, a la misma Roma, donde hoy cuenta con alguna Casa la Institución; sí, en nuestro Seminario de Zaragoza se halla como en germen el Opus Dei, esa gran obra de Dios, que había de producir óptimos frutos; fuera del Seminario se consuma.
Su lema era ganar todos para Cristo, que todos fueran uno en Cristo, y sí que lo consiguió con su correcto proceder: no era partidario de castigos, siempre dulce y compasivo, su mera presencia siempre atrayente y simpática contenía a los más indisciplinados, una sencilla sonrisa, acogedora, asomaba por sus labios, cuando observaba en sus seminaristas algún acto edificante, sin embargo una mirada discreta, penetrante, triste a veces, y muy compasiva, reprimía a los más díscolos. Con esta sencillez y suavidad encantadora iba formando a sus jóvenes seminaristas.
Se ordena de sacerdote y se prepara para celebrar su primera Misa, a la manera que el sol, conforme crece el día, va aumentando su luz y calor así el impulso que siente hacia el Apostolado de los jóvenes va en aumento. (…)
Sacerdote, la sed del Apostolado le devora: es muy pequeño el campo de las parroquias que regenta en este Arzobispado de Zaragoza, para su Obra: la Providencia, no sin haber pasado antes por grandes tribulaciones, le lleva a más dilatado campo, al populoso Madrid, donde se siente más necesidad de implantarla a causa de la corrupción de muchos jóvenes. Este su campo: parece resonar en sus oídos la sentencia del Divino Maestro La mies es mucha, pocos los operarios. El forjador de seminaristas anhela ser forjador de jóvenes seglares. Es su ministerio predilecto. Confiesa, da ejercicios, ora, publica varios escritos, siempre con la mira puesta en los jóvenes, que son las niñas de sus ojos. Por causas ajenas a mi voluntad siento no poder fijar fechas, nueva tribulación para mí. Dar detalles de sus trabajos en Madrid incumbe a los hijos de tan buen padre.
Testimonio de Álvaro del Portillo sobre su primera experiencia sacerdotal.
El 27 de noviembre de 1926 había fallecido repentinamente su padre. De no haber recibido ya la tonsura para poder ser Superior del Seminario –comentaría después– no se hubiera ordenado para hacerse cargo de la familia. El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Había prometido cuidar de su familia al morir su padre y así lo hizo. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera, primero, situado a 24 kilómetros de Zaragoza y en Fuembuena después. De ese período anotamos el testimonio de Mons. Álvaro del Portillo.
Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.
El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor... Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las fuerzas vivas –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento...– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: nunca me he aburrido.
En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las fuerzas vivas, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.
En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para castigar el cuerpo, para mortificarse.
Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.
Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle el místico.
El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote”.
Alguna alusión del mismo Fundador a sus destinos rurales.
“He estado dos veces en parroquias rurales. ¡Qué alegría, cuando me acuerdo! Me enviaron allí para fastidiarme, pero me hicieron un gran bien. También entonces algunos procuraban molestar. ¡Me hicieron un bien colosal, colosal, colosal! ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!”.
“Y en otra ocasión dirá refiriéndose a esos destinos: Yo he procurado cumplir siempre la Voluntad de Dios. Me han llevado de un sitio para otro, como se lleva a un burro tirando del ronzal, y muchas veces a palos”.
De Zaragoza a Madrid
En enero de 1927 terminó sus estudios de Derecho permitiéndole pensar en ir a Madrid para doctorarse. Aparte de que sólo en Madrid expedían el doctorado era conveniente irse de Zaragoza por incomprensiones de familiares que no habían aceptado de buen grado el infortunio económico de los Escrivá. De hecho, su estancia en esos pueblos eran una consecuencia. Estando así las cosas el 19 de abril de 1927, D. Josemaría Escrivá se trasladó a vivir a Madrid.
Mucho influyó en San Josemaría el trato con Doña Luz Rodríguez Casanova y su obra. Desde junio fue Capellán del Patronato de Enfermos labor asistencial para gente pobre perteneciente a su Fundación: las Damas Apostólicas, y que le permitió asentarse en Madrid en un principio.
La labor que realizó con enfermos y niños tuvo un papel importante en la Fundación del Opus Dei y que él siempre consideró como parte de la prehistoria de la Obra. A la vez, como debía mantener a su familia, daba clases de Derecho en la Academia Cicuéndez. El obstáculo más grande para permanecer en Madrid, donde había más posibilidades para sacar adelante a la familia, era la incardinación en la Diócesis. Muy restringida estaba semejante cuestión por motivos históricos que pueden verse en otros lugares .
En la Casa Sacerdotal de la calle Larra tuvo su primer paradero en Madrid.
Buscando llegó a su conocimiento la existencia en la calle Larra de una Casa Sacerdotal con treinta habitaciones inaugurada pocos meses antes. Se trataba de una obra benéfica para sacerdotes llevada por las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús. En el boletín de dicha Institución se reseñaba:
“Casa Sacerdotal.— Ha funcionado todo el año, y muy bien. Parece que están satisfechos los señores sacerdotes [...]. Abonan cinco pesetas, la limosna que suele darse por la misa [...] y disfrutan de un excelente trato en la comida, limpieza, etc. [...]. El Sr. Obispo ha tenido la bondad de inaugurarla él mismo, y el Sr. Vicario, que tanto aprecia esta Obra, nos ha ofrecido ir a decir la Misa para dejar el Santísimo reservado, en la monísima capilla que tiene esta Casa Sacerdotal”.
Instancia al Vicario General pidiendo permiso para poder celebrar Misa.
El asunto de la incardinación en la diócesis de Madrid era en esa época lo más arduo para un sacerdote de fuera, por eso eventualmente mientras permaneciera en Madrid y buscaba el modo de hacerlo informaba de su presencia y pedía los permisos oportunos para la celebración de la Eucaristía. Transcribimos la instancia enviada al Ilustrísimo Señor Vicario General de la Diócesis de Madrid-Alcalá:
Dn. José Mª Escrivá y Albás —de la Diócesis de Zaragoza —con permiso de su Ordinario expedido el 17 de marzo de 1927 —deseando permanecer en esta Corte, calle de Larra, Casa Sacerdotal, número 3 —por tiempo de dos años —suplica a S.S. Ilma. se digne concederle la oportuna autorización para poder celebrar el Santo Sacrificio de la Misa en la iglesia del Patronato de enfermos.
Dios guarde a S.S. Ilma. muchos años.
Madrid 10 de junio de 1927.
Algunos testimonios del intenso trabajo sacerdotal en Madrid.
Asunción Muñoz González fue una de las diez primeras religiosas de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón. En 1929 fue nombrada Maestra de Novicias del Noviciado de Chamartín de la Rosa. Conoció a San Josemaría Escrivá en el Patronato de Enfermos y le trató hasta 1931, año en que dejó de ser capellán de esa Institución. De él da este testimonio:
“El Capellán del Patronato de Enfermos era el que cuidaba de los actos de culto de la Casa: decía Misa diariamente, hacía la Exposición del Santísimo y dirigía el rezo del Rosario. No tenía, por razón de su cargo, que ocuparse de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados- del Madrid de entonces. Sin embargo, D. Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como Capellán, para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal. De esta manera, cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los Sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a D. Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y de que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del cielo. No recuerdo un sólo caso en el que fracasáramos en nuestro intento.
Yo era una de las más jóvenes de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche. A cualquier hora. Por eso estaba dedicada especialmente a estos enfermos. Y siempre, nos acompañaba don Josemaría. Íbamos en algún coche que nos prestaban algunas familias y nos acercábamos a las casas humildes de estos enfermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, casarlas, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayudarles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación, su sagrado ministerio de amor.
Así, con don Josemaría, teníamos asegurada la asistencia en todo momento. Les administraba los Sacramentos y no teníamos que molestar a la Parroquia a horas intempestivas. Nosotros nos encargábamos de todo.
¡Cuántas veces he dialogado con él acerca de un alma que habíamos de salvar, de un paciente que necesitábamos convencer! Yo le pedía consejo acerca de lo que habíamos de decir o hacer. Y el iba todas las tardes a ver a alguno de ellos puesto que los enfermos para él eran un tesoro: los llevaba en el corazón”.