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La fundación del Opus Dei

Eventos extraordinarios. El Opus Dei es un camino de santidad en las circunstancias ordinarias, sin embargo se le reveló al Fundador de manera inusual aunque dentro de algo tan corriente como era para un sacerdote diocesano hacer Ejercicios espirituales. 2 de octubre de 1928. Según lo establecido anualmente para los sacerdotes diocesanos, hizo en 1928 Ejercicios espirituales de siete días. El segundo día, el martes 2 de octubre, después de haber celebrado la Misa y mientras, recogido, releía y meditaba las anotaciones que había ido recogiendo en los últimos diez años, “vio” el Opus Dei. Así, con el término “vi”, expresará siempre el momento en que recibió la inspiración de Dios que le ilustraba con claridad sobre lo que debía ser el Opus Dei, su naturaleza, su espíritu y su apostolado.

Capítulo: La fundación del Opus Dei

Eventos extraordinarios

El Opus Dei es un camino de santidad en las circunstancias ordinarias, sin embargo se le reveló al Fundador de manera inusual aunque dentro de algo tan corriente como era para un sacerdote diocesano hacer Ejercicios espirituales. Con todo, como dice uno de sus biógrafos “resulta ostensible que, en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer hubo muchos sucesos extraordinarios: algunos, paradójicamente, vendrían a confirmar y subrayar el valor de lo ordinario, como las escenas protagonizadas por el borrico”. A este respecto testimoniaba Mons. Javier Echevarría:

“Al comienzo de los años treinta, el Fundador del Opus Dei saludó un día al Señor en la iglesia del Patronato de Santa Isabel con estas palabras: -Aquí tienes a tu burrito sarnoso, y oyó como respuesta esta delicadeza divina: un borrico fue mi trono en Jerusalén. Pronto le asaltó la duda de que Jesús había entrado en la Ciudad Santa montado sobre una burra -no en un jumento- y, entonces, las palabras que había oído dentro de su alma serían un engaño del diablo. Su inquietud fue muy grande, hasta que, ya en casa de su madre –se le hizo larguísimo el trayecto desde la iglesia ese –día, confrontó los textos paralelos de los Evangelios y se tranquilizó. Me comentaba que, a pesar de haber obtenido las máximas calificaciones en Exégesis, el Señor permitió ese titubeo para que se confirmase en su nada, en que todo era de Dios, y su pobre persona, un mal instrumento. Al comprobar el texto evangélico, se disipó la incertidumbre, y se hizo más intensa su paz interior, que nunca había perdido. En esas ocasiones, como todo lo sobrenatural le dejaba tan asombrado, el Señor le tranquilizaba: ne timeas! [“no temas”], soy Yo. En este caso, lo advirtió con claridad mientras leía el Evangelio .

De una parte por humildad y por otra por ser cosa bien distinta de la esencia del Opus Dei no deseaba cosas extraordinarias y por ello también evitaba contarlas cuando sucedían. De ello testimonia Mons. Javier Echevarría:

En una carta de 1963 recordaba su modo de actuar ante estas gracias especiales. Tras una primera reacción de sorpresa -por naturaleza ponía la proa a todo lo extraordinario-, abría el alma con su confesor: a él acudía yo, especialmente cuando el Señor o su Madre Santísima hacían con este pecador alguna de las suyas, y yo, después de asustarme, porque no quería aquello, sentía claro y fuerte y sin palabras, en el fondo del alma: “ne timeas!, que soy Yo” .

Es lógico hacer estas consideraciones previas a relatos de índole sobrenatural porque siendo tan lejano a su modo de ser y al de la Institución que fundó podrían no entenderse la claridad de sus palabras. No obstante lo hizo con gran prudencia y, sobre todo, ccuando recibió una indicación de la Santa Sede. Así testimonia Mons. Javier Echevarría:

Con la prudencia de quien busca la santidad en las circunstancias habituales de la vida, no negó que en la historia de la Obra había gracias divinas que se salían de lo común. Sin embargo, para que nadie se dejase arrastrar por la tendencia a apoyarse en estos argumentos, descuidando la fidelidad en el quehacer diario, prohibió que se hablara de esos temas: por prudencia sobrenatural, pongo un espolón de acero a todo lo que se presenta como manifestación que está fuera del orden ordinario de la Providencia del Señor. No es que me falte fe en estas realidades -que se renuevan en la vida de la Iglesia-, pero quiero no dejarme guiar por esta atracción hacia lo extraordinario, que para muchas almas, desgraciadamente, puede ser motivo de considerarse no obligadas a tantos deberes cotidianos, en los que el Señor espera una respuesta heroica y fiel.
Estando ya en Roma, recibió indicación expresa de la Santa Sede de abrir su alma, de cuando en cuando, a los miembros del Opus Dei, para relatarles ese tipo de sucesos que tan estrechamente unidos estaban a su vida y a la historia de la Obra. En las pocas veces en que nos confió algún acontecimiento de este estilo, su resistencia interior -consecuencia de un pudor natural y sobrenatural-, era tan evidente que alejaba todo riesgo de lucimiento personal: io non c'entro per niente [en absoluto es mérito mío]. En estas conversaciones se podía observar la humildad con que se expresaba y su gratitud inconmensurable a la Bondad de Dios, pues se imponía, con una sinceridad palpable, el convencimiento de que nunca había merecido ni siquiera la mirada del Señor. Así se nos quedó bien grabado que habíamos de estimar más la fidelidad heroica y continuada en el cumplimiento del deber de cada instante.
Recibió de Dios muchos dones, que le conducían al cumplimiento de la misión que le había confiado: fundar el Opus Dei, atraer a las almas a este camino de santificación en medio del mundo. El Señor le concedió, de un modo extraordinario, las luces que alumbraban y definían ese camino, los medios sobrenaturales necesarios para abrirlo, y el espíritu que había de animar a quienes lo recorrerían. Y le llenó de gracias especialísimas, a las que correspondió de modo eximio, para llevar a cabo esta tarea, venciendo innumerables obstáculos y dificultades.
En el centro de estos dones se encuentran las manifestaciones explícitas de la Voluntad de Dios: la definitiva, cuando el 2 de octubre de 1928 vio el Opus Dei, y luego, las posteriores iluminaciones sobre la incorporación de mujeres a la Obra y la solución para los sacerdotes, el 14 de febrero de 1930 y 1943, respectivamente. Solamente añadiría aquí el hondo agradecimiento que brotaba de su alma, al considerar las maravillas divinas de que había sido depositario .


2 de octubre de 1928

Según lo establecido anualmente para los sacerdotes diocesanos, hizo en 1928 Ejercicios espirituales de siete días. Había elegido para ello la Residencia de los Padres de San Vicente de Paúl siguiendo su modo habitual de soledad; es decir, sin recibir pláticas ni meditaciones. Los comenzó el 30 de septiembre de 1928 con objeto de concluir el 6 de octubre. El segundo día, el martes 2 de octubre, después de haber celebrado la Misa y mientras, recogido, releía y meditaba las anotaciones que había ido recogiendo en los últimos diez años, “vio” el Opus Dei. Así, con el término “vi”, expresará siempre el momento en que recibió la inspiración de Dios que le ilustraba con claridad sobre lo que debía ser el Opus Dei, su naturaleza, su espíritu y su apostolado.

Algunas referencias del Fundador del Opus Dei a ese momento.

Recordando tres años después aquella fecha escribirá el 2 de octubre de 1931:

“Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles. (…) recopilé con alguna unidad las notas sueltas, que hasta entonces venía tomando. (…) Desde aquel día el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra”.

En una meditación el 14 de febrero de 1964 San Josemaría evocaría aquella fecha:

(…) Y llegó el 2 de octubre de 1928. Yo hacía unos días de retiro, porque había que hacerlos, y fue entonces cuando vino al mundo el Opus Dei. Aún resuenan en mis oídos las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, festejando a su Patrona. El Señor ludens... omni tempore, ludens in orbe terrarum (Prov 8, 30-31), que juega con nosotros como un padre con sus niños pequeños, aunque ya no seamos criaturas de poca edad, viendo mi resistencia y aquel trabajo entusiasta y débil a la vez, me dio la aparente humildad de pensar que podría haber en el mundo cosas que no se diferenciaran de lo que Él me pedía. Era una cobardía poco razonable; era la cobardía de la comodidad, y la prueba de que a mí no me interesaba ser fundador de nada... .

Se veía como instrumento inepto.
Su convicción de ineptitud y de mero instrumento se manifiesta en estos comentarios:
Una vez más se ha cumplido lo que dice la Escritura: lo que es necio, lo que no vale nada, lo que —se puede decir— casi ni siquiera existe ..., todo eso lo coge el Señor y lo pone a su servicio. Así tomó a aquella criatura, como instrumento suyo .

La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre (...). Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho. (...) La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931. (...)
1) La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice.
2) Cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes.
3) Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice .

Su innato deseo de ocultarse siempre para que nadie valore en él lo que es de Dios:

He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios —al barruntar el amor de Jesús—, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Ioann III, 30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea .



La Obra es cosa de Dios inaccesible al hombre por sus solas luces.

En una reunión con muchas personas en Venezuela, en la obra corporativa de Altoclaro, decía el 11 de febrero de 1975:

Y yo tengo que decir que no he fundado el Opus Dei; el Opus Dei se fundó a pesar mío. Ha sido una voluntad de Dios, que se ha verificado, y ya está. Yo soy un pobre hombre, que no he hecho más que estorbar. De modo que no me llames Fundador de nada. Amo al Opus Dei con todo mi corazón, en cuanto es un instrumento para servir a la Iglesia, para servir a las almas, para contribuir a la paz y a la felicidad de las criaturas todas: al bienestar del mundo, también material .

Acerca de la imposibilidad de que se le pudiera ocurrir a él semejante empresa citará Mons. Álvaro del Portillo estas palabras del Fundador:

¡Imposible! Si lo hubiese pensado, si no hubiese tenido confianza plena en Dios, que cuando pide algo da todas las gracias necesarias para poderlo hacer, aún estaría repitiendo esa palabra –¡imposible!–, como un retrasado mental: así lo hubiese hecho si me hubiera dejado llevar por la visión humana, o por los consejos de algunos .

Un recuerdo en Argentina lleno de gratitud al Señor al ver cuajada ya la Obra.

Así se expresaba en el Teatro Coliseo de Buenos Aires el 26 de junio de 1974, justamente un año antes de su fallecimiento:

Fue el 2 de octubre del veintiocho, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, cuando el Señor quiso que comenzáramos a trabajar. El 14 de febrero del treinta completó con la Sección Femenina esta gran labor de movilización universal de cristianos, para la paz, para el bienestar, para la comprensión, para la fraternidad. Y el 14 de febrero del cuarenta y tres quiso coronar con la cruz el edificio suyo: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Yo doy gracias al Señor y a Nuestra Madre Santa María de Luján. Acompañadme, acompañadme fraternalmente, y Dios os lo pagará, y su Madre Santísima. Y ahora, yo podía seguir hablando de ¡tanta cosas!: de las misericordias de Dios, porque estos cuarenta y siete años han sido la historia de las misericordias del Señor. ¡Cuánta labor, cuánta extensión, cuántas almas y en todas las partes del mundo! Jesús ha esparcido su semilla apretándola entre sus manos sangrantes, y hemos ido con sangre, con deshonra, con difamaciones, con calumnias y con cariño: porque nunca nos ha faltado el cariño de los buenos, de todos los campos. Por la parte que os toca, os doy las gracias; hermanos e hijos míos: gracias, muchas gracias.


Vio el Opus Dei del todo el 2 de octubre pero no totalmente.

Vio todo el Opus Dei en su conjunto pero como si fascinado por la belleza y novedad de ella le quedaron otras ocultas en ese momento. Ocurrió por poner un ejemplo lo que sucede cuando se ve un obra pictórica imponente un breve instante. Queda retenida la obra en su conjunto y algún detalle llamativo pero quedan otros para cuando se vuelve a contemplar repetidamente. Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer vio la Obra del todo, quedó fascinado por la novedad eclesial de su estructura orgánica entre laicos y sacerdotes. No olvidemos que su conocimiento de Derecho Canónico le hacía saber que en el Código de 1917 no quedaba contemplada esa primicia. En fechas sucesivas le fue mostrando el Señor diversos aspectos esenciales de la Obra. Son lo que llamamos fechas fundacionales. Así daba él razón de tal proceder:

Cuando contemplo el sendero que hemos recorrido desde 1928, me veo, hijos míos, como un niño pequeño delante de un Padre buenísimo. A un niño pequeño no se le dan cuatro encargos de una vez. Se le da uno, y después otro, y otro más cuando ha hecho el anterior. ¿Habéis visto cómo juega un chiquillo con su padre? El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y de colores diversos... Y su padre le va diciendo: pon éste aquí, y ese otro ahí, y aquél rojo más allá... Y al final ¡un castillo! Pues así, hijos míos, así veo yo que me ha ido llevando el Señor ludens coram eo omni tempore: ludens in orbe terrarum (Prov. VIII, 30 y 31), como en un juego divino. Y al final de este maravilloso juego ¿no veis qué fortaleza más hermosa ha salido?: opus sanctum, bonum, pulchrum, amabile!; una Obra suya, con todo este colorido, con toda esa variedad de formas y perfiles, que son reflejo de la Bondad de Dios.

En otra ocasión dirá de esta manera la misma idea:

Dios me llevaba de la mano, calladamente, poco a poco, hasta hacer su castillo: da este paso –parece que decía–, pon esto ahora aquí, quita esto de delante y ponlo allá. Así ha ido el Señor construyendo su Obra, con trazos firmes y perfiles delicados, antigua y nueva como la palabra de Cristo. En la historia de nuestro camino jurídico, dentro de la vida de la Iglesia, aparece con mucha claridad este juego divino del que hablo. No he tenido que ir calculando, como jugando al ajedrez; entre otras cosas, porque nunca he pretendido averiguar la jugada del otro, para poder dar jaque mate después. Lo que he tenido que hacer es... dejarme llevar” .

Nunca deseó fundar nada; era incluso algo que iba en contra de su modo de ser. Más aún cuando la novedad de lo que se le pedía era un imposible humanamente hablando pues no existían los cauces teológicos, jurídicos y ascéticos para ella. Era una locura pero no se negó a ponerse a trabajar:

Desde ese momento no tuve ya tranquilidad alguna, y empecé a trabajar, de mala gana, porque me resistía a meterme a fundar nada; pero comencé a trabajar, a moverme, a hacer: a poner los fundamentos.
Me puse a trabajar, y no era fácil: se escapaban las almas como se escapan las anguilas en el agua. Además, había la incomprensión más brutal: porque lo que hoy ya es doctrina corriente en el mundo, entonces no lo era. Y si alguno afirma lo contrario, desconoce la verdad.
Tenía yo veintiséis años -repito-, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Pero así como los hombres escriben con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso. Había que crear toda la doctrina teológica y ascética, y toda la doctrina jurídica. Me encontré con una solución de continuidad de siglos: no había nada. La Obra entera, a los ojos humanos, era un disparatón. Por eso, algunos decían que yo estaba loco y que era un hereje, y tantas cosas más. El Señor dispuso los acontecimientos para que yo no contara ni con un céntimo, para que también así se viera que era El .

Loco y hereje dice. En Brasil el 30 de mayo de 1974 hacía referencia a la locura en la que se embarcó al fundar el Opus Dei respondiendo a una pregunta:

¿Te parece poca locura decir que en medio de la calle se puede y se debe ser santo? ¿Qué puede y debe ser santo el que vende helados en un carrito, y la empleada que pasa el día en la cocina, y el director de una empresa bancaria, y el profesor de universidad, y el que trabaja en el campo, y el que carga sobre las espaldas las maletas...? ¡Todos llamados a la santidad! .

Trabajó desde el primer momento por obedecer fielmente aunque sin gusto:

¿Qué puede hacer una criatura que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos... Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás. Pero no siempre: había temporadas en que no .

En el Testamento Viejo y en el Nuevo, Dios y los seres celestes las pronuncian, para levantar la miseria del hombre y disponerlo a un coloquio de iluminación y de amor, a la confianza en las cosas aparentemente imposibles o difíciles, a las que no llega la fuerza de la criatura [...].
Os puedo asegurar, hijos míos, que esas almas no ambicionan ni desean las manifestaciones de esa ordinaria providencia extraordinaria de Dios, y que tienen una profunda conciencia de no merecerlas: os vuelvo a repetir que sus sentimientos ante ellas son de temor, de miedo. Aunque después, el aliento del Señor —ne timeas!— les comunica una seguridad inquebrantable, las enciende en ímpetus de fidelidad y entrega; les da luces claras, para cumplir su Voluntad amabilísima; y las enardece, para lanzarse a metas inaccesibles al alcance humano .

En un dos de octubre hacía esta confidencia humilde a sus más íntimos colaboradores:

Es razonable que os dirija unas palabras en el día de hoy, cuando comienzo un año nuevo de mi vocación al Opus Dei. Sé que vosotros lo esperáis, aunque debo deciros, hijos de mi alma, que siento una gran dificultad, como un gran encogimiento de mostrarme en este día. No es la natural modestia. Es el constante convencimiento, la claridad meridiana de mi propia indignidad. Jamás me había pasado por la cabeza, antes de aquel momento, que debería llevar adelante una misión entre los hombres .


¿Qué medios puso al comienzo Mons. Escrivá de Balaguer para hacer el Opus Dei?

Fui a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios (...) Y en los hospitales, y en las casas donde había enfermos, si se pueden llamar casas a aquellos tugurios... Eran gente desamparada y enferma; algunos, con una enfermedad que entonces era incurable, la tuberculosis. De modo que fui a buscar los medios para hacer la Obra de Dios en todos esos sitios (...) La fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas (...) Éstas son las ambiciones del Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor.

Algunos textos en los que refleja este modo de proceder en aquella primera época.

El día de San José de 1975, confiaba a socios de la Obra en Roma: “Pasó el tiempo. Fui a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios. ;Qué indignación siente mi alma de sacerdote, cuando dicen ahora que los niños no deben confesarse mientras son pequeños! ;No es verdad! Tienen que hacer su confesión personal, auricular y secreta, como los demás. ;Y qué bien, qué alegría! Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más. Y en los hospitales, y en las casas donde había enfermos, si se pueden llamar casas a aquellos tugurios... Eran gente desamparada y enferma; algunos, con una enfermedad que entonces era incurable, la tuberculosis”.
Más de cien personas le escuchaban en silencio. Hablaba en voz baja, como quien abre su corazón en la presencia divina: “De modo que fui a buscar los medios para hacer la Obra de Dios, en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor. Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas...
Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta. Pero he querido deciros algún día os lo contarán con más detalle, con documentos y papeles que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas”.
El 2 de julio de 1974, en el Colegio Tabancura de Santiago de Chile alguien le pidió que explicase por qué decía que el tesoro del Opus Dei son los enfermos... Y despacio, como saboreando los recuerdos, Mons. Escrivá de Balaguer habló de un “sacerdote que tenía 25 años, la gracia de Dios, buen humor y nada más. No poseía virtudes, ni dinero. Y debía hacer el Opus Dei... ¿Y sabes cómo pudo?”, preguntaba:
Por los hospitales. Aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas. Aquel Hospital del Rey, donde no había más que tuberculosos, y entonces la tuberculosis no se curaba... ;Y ésas fueron las armas para vencer! ;Y ése fue el tesoro para pagar! ;Y ésa fue la fuerza para ir adelante! (...) Y el Señor nos llevó por todo el mundo, y estamos en Europa, en Asia, en África, en América y en Oceanía, gracias a los enfermos, que son un tesoro...
Pocos meses después, el 19 de febrero de 1975, en Ciudad Vieja (Guatemala), volverían a su mente esos años en los que contó “con toda la artillería de muchos hospitales de Madrid: Yo les pedía que ofrecieran esos dolores, sus horas de cama, su soledad algunos estaban muy solos : que ofrecieran al Señor todo aquello por la labor que hacíamos con la gente joven”.
Les enseñaba así a descubrir la alegría del sufrimiento, porque participaban de la Cruz de Jesucristo y servían para algo grande y divino. El Fundador del Opus Dei encontraba en ellos auténtico motivo de fortaleza, seguridad de que el Señor sacaría la Obra adelante “a pesar de los hombres, a pesar de mí mismo, que soy un pobre hombre”.
Desde entonces, junto a la catequesis en los barrios pobres, las visitas a enfermos y desamparados serían medios habituales para impulsar el apostolado que el Opus Dei hace entre gente joven de todo el mundo.
También en Lisboa, en noviembre de 1972, se refería al sentido cristiano del dolor:
“Te encontrarás también con el dolor físico, y feliz en ese sufrimiento. Me has hablado de Camino. No me lo sé de memoria, pero hay una frase que dice: bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, glorificado sea el dolor. ¿Té acuerdas? Eso lo escribí en un hospital, a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción. ;Me daba una envidia loca! Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital, moribunda y sola, sin más compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento, hasta que murió. Y ella repetía, paladeando, ;feliz!: bendito sea el dolor tenía todos los dolores morales y todos los dolores físicos , amado sea el dolor, santificado sea el dolor, glorificado sea el dolor! El sufrimiento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón”.


Como definía Mons. Escrivá de Balaguer la vocación.

Para pertenecer al Opus Dei es necesario que Dios llame a ello. Le gustaba más hablar de llamamiento que de vocación, pero ciertamente la respuesta a esa llamada es la vocación. Así decía en una ocasión:

Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación.
La vocación nos lleva -sin darnos cuenta- a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: ésa es la llamada. (…).
Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse, y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle. (…).
A la vuelta de tantos siglos, quiere el Señor servirse de nosotros para que todos los cristianos descubran, al fin, el valor santificador y santificante de la vida ordinaria -del trabajo profesional- y la eficacia del apostolado de la doctrina con el ejemplo, la amistad y la confidencia.
Quiere Jesús, Señor Nuestro, que proclamemos hoy en mil lenguas -y con don de lenguas, para que todos sepan aplicárselo a sus propias vidas-, en todos los rincones del mundo, ese mensaje viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo.


Algunas anotaciones sobre la esencia de la vocación cristiana al Opus Dei.

En una entrevista realizada por Peter Forbath, corresponsal de Time (New York), a Mons. Escrivá de Balaguer, el 15 IV 1967, iniciaba su conversación preguntándole por la misión central y los objetivos del Opus Dei. Remitimos al lector a ese libro que contiene un auténtico tesoro histórico entorno al tema que nos ocupa. Anotemos ahora algunas declaraciones sobre la esencia de la vocación cristiana al Opus Dei pero antes citemos algunas de las frases con las que respondía al periodista y centran las anotaciones siguientes:

“El Opus Dei se propone promover entre personas de todas las clases de la sociedad el deseo de la perfección cristiana en medio del mundo. Es decir, el Opus Dei pretende ayudar a las personas que viven en el mundo –al hombre corriente, al hombre de la calle–, a llevar una vida plenamente cristiana, sin modificar su modo normal de vida, ni su trabajo ordinario, ni sus ilusiones y afanes.
Por eso, en frase que escribí hace ya muchos años, se puede decir que el Opus Dei es viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo. Es recordar a los cristianos las palabras maravillosas que se leen en el Génesis: que Dios creó al hombre para que trabajara. Nos hemos fijado en el ejemplo de Cristo, que se pasó la casi totalidad de su vida terrena trabajando como un artesano en una aldea. El trabajo no es sólo uno de los más altos de los valores humanos y medio con el que los hombres deben contribuir al progreso de la sociedad: es también camino de santificación. (...)
El Opus Dei es una organización internacional de laicos, a la que pertenecen también sacerdotes seculares (una exigua minoría en comparación con el total de socios). Sus miembros son personas que viven en el mundo, en el que ejercen su profesión u oficio. Al acudir al Opus Dei no lo hacen para abandonar ese trabajo, sino al contrario buscando una ayuda espiritual con el fin de santificar su trabajo ordinario, convirtiéndolo también en medio para santificarse o para ayudar a los demás a santificarse. No cambian de estado –siguen siendo solteros, casados, viudos o sacerdotes–, sino que procuran servir a Dios y a los demás hombres dentro de su propio estado. Al Opus Dei no le interesan ni votos ni promesas, lo que pide de sus socios es que, en medio de las deficiencias y errores propios de toda vida humana, se esfuercen por practicar las virtudes humanas y cristianas, sabiéndose hijos de Dios.
Si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos. Los socios del Opus Dei son personas comunes; desarrollan un trabajo corriente; viven en medio del mundo como lo que son: ciudadanos cristianos que quieren responder cumplidamente a las exigencias de su fe”.

La finalidad a la que el Opus Dei aspira es favorecer la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de los cristianos que viven en medio del mundo, cualquiera que sea su estado o condición (...) Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta (...) El Opus Dei tiene como misión única y exclusiva la difusión de este mensaje (...) Y a quienes entienden este ideal de santidad, la Obra facilita los medios espirituales y la formación doctrinal, ascética y apostólica, necesaria para realizarlo en la propia vida .

Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse, y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle .

Nos ha elegido el mismo Jesucristo, para que en medio del mundo –en el que nos puso y del que no ha querido segregarnos– busquemos cada uno la santificación en el propio estado y –enseñando, con el testimonio de la vida y de la palabra, que la llamada a la santidad es universal– promovamos entre personas de todas las condiciones sociales, y especialmente entre los intelectuales, la perfección cristiana en la misma entraña de la vida civil .

Ciertamente nuestra Obra –la Obra de Dios– venía a hacer que renaciera una nueva y vieja espiritualidad de almas contemplativas, en medio de todos los quehaceres temporales, santificando todas las tareas ordinarias de los hombres: amando el mundo que huía del Creador; poniendo a Jesucristo en la cumbre de todas las actividades terrenas, en las que los hombres están comprometidos .

Tenemos, ciertamente, clara conciencia del carisma grande -don de Dios, thesaurus absconditus (cfr. Matth. XIII, 44)- con que la misericordia de Dios ha querido llenar y transformar nuestra vida. Pero esa vocación específica, secular y laical, no es una construcción imaginaria, o un falso misticismo, ni tampoco una idea profética, nacida y anidada en la inteligencia de un estudioso de teología, sin más consistencia real que la abstracta de una idea.
Nuestra vocación es una realidad viva, encarnada en la diaria existencia de muchísimas personas de condiciones, naciones, lenguas, y razas tan distintas, que, dispersas por el mundo, trabajan en servicio de la Iglesia, creen, aman y rezan, trabajan, sonríen y, mientras sirven siempre por amor de Jesucristo, esperan .

La vocación no nos saca de nuestro sitio, de aquella condición social que tenemos en el mundo. Ni ante la Iglesia ni ante el mundo hacemos otra profesión que la que hacen nuestros iguales, los fieles cristianos, cumpliendo todos los deberes de católicos responsables y ejercitando los deberes y los derechos de los ciudadanos corrientes. (...)
En su aspecto espiritual o ascético, la formación que nos da la Obra tiende a crear en nuestras almas una disposición habitual, como un instinto, que nos conduce a mantener siempre —a no perder— el punto de mira sobrenatural en todas las actividades. No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida, sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones.
Cuando respondemos generosamente a este espíritu, adquirimos una segunda naturaleza: sin darnos cuenta, estamos todo el día pendientes del Señor y nos sentimos impulsados a meter a Dios en todas las cosas, que, sin Él, nos resultan insípidas. Llega un momento, en el que nos es imposible distinguir dónde acaba la oración y dónde comienza el trabajo, porque nuestro trabajo es también oración, contemplación, vida mística verdadera de unión con Dios -sin rarezas-: endiosamiento .

No quiero que nadie se sienta coaccionado; en todo caso, sólo por la coacción del amor, sólo por la coacción de saber que no acabamos de corresponder al amor que Jesús tiene con nosotros, cuando nos ha buscado. Ego redemi te, et vocavi te nomine tuo: mes es tu! (Is 43, 1).
¡No vaciléis nunca! Desde ahora os digo -y no conozco vuestros problemas personales, pero las almas tienen un paralelismo tremendo, aunque sean distintas- que tenéis vocación divina, que Cristo Jesús os ha llamado desde la eternidad. No sólo os ha señalado con el dedo, sino que os ha besado en la frente. Por eso, para mí, vuestra cabeza reluce como un lucero.
También tiene su historia lo del lucero… Son esas grandes estrellas que parpadean por la noche, allá arriba, en la altura, en el cielo azulado y oscuro, como grandes diamantes de una claridad fabulosa. Así es de clara vuestra vocación: la de cada uno y la mía. Yo, que soy muy miserable y he ofendido mucho a Nuestro Señor, que no he sabido corresponder y he sido un cobarde, tengo que agradecer a Dios no haber dudado nunca de mi vocación, ni de la divinidad de mi vocación. Vosotros tampoco debéis dudar. Si no, no estaríais aquí. Agradecédselo al Señor. (…).
Hijos míos, ya veis que hemos puesto medios divinos; medios que, para la gente de la tierra, no son una cosa proporcionada. Yo lo veo ahora; entonces no me daba cuenta de que era el Espíritu Santo el que nos llevaba y nos traía. No estamos nunca solos: tenemos Maestro y Amigo .

... somos gente comprometida por el amor. Por eso, hemos de vivir una fidelidad continua y siempre más exigente, también cuando debemos caminar a contrapelo. Nos movemos en la presencia del Señor: Él nos mira constantemente y ve nuestros deseos más íntimos, scrutans corda ["penetrando los corazones"]: nada de nuestra vida -así de grande es su predilección- le resulta desconocido. Por eso os digo en tantas ocasiones que le deis el corazón entero, como justa correspondencia a sus desvelos .

...si nos hemos dedicado a Dios, para servir a las almas, en medio del mundo, quiere decir que hemos de mantener un trato continuo de vibración apostólica con los compañeros de profesión y con quienes nos rodean, sin hacer ninguna discriminación, y sin dejarnos llevar por antipatías y por simpatías. No podemos aislar el fuego de Cristo; es más, hay que aumentar, extender y propagar este fuego divino en todos los ambientes .

Nos ha elegido el mismo Jesucristo, para que en medio del mundo –en el que nos puso y del que no ha querido segregarnos– busquemos cada uno la santificación en el propio estado y –enseñando, con el testimonio de la vida y de la palabra, que la llamada a la santidad es universal– promovamos entre personas de todas las condiciones sociales, y especialmente entre los intelectuales, la perfección cristiana en la misma entraña de la vida civil .

Los socios de la Obra no tienen necesidad de penetrar en las estructuras temporales, por el simple hecho de que son ciudadanos corrientes, iguales a los demás, y por tanto ya estaban allí .


Reparar en las mujeres: fundación del 14 de febrero de 1930

El 14 de febrero es una fecha fundacional del Opus Dei. Fue como si el Señor que le mostró por completo la Obra el 2 de octubre y él la vio tal como sería hasta el final de los tiempos, le señalara ahora una zona importante “del cuadro global”en la que él no había reparado: la necesidad de que hubiera mujeres. Fascinado más bien por la novedad ya aludida de la existencia de sacerdotes y laicos con una estructura orgánica a semejanza de la que se da en las iglesias particulares, no reparó en la esencial presencia femenina. Fue el 14 de febrero de 1930 el momento en el que Dios le dejó claro que las mujeres también deberían formar parte del Opus Dei.

Algunas anotaciones al respecto del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos.

El 14 de junio de 1948 aludía a aquellas anotaciones:

El 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás.

Anoté, en mis Catalinas, el suceso y la fecha: 14 feb. 1930. Después me olvidé de la fecha, y dejé pasar el tiempo, sin que nunca más se me ocurriera pensar con mi falsa humildad (espíritu de comodidad, era: miedo a la lucha) en ser soldadito de filas: era preciso fundar, sin duda alguna.

Anotación del Fundador sobre el nombre “Obra de Dios”.

En el deseo de ocultarse y desaparecer que procuró vivir durante toda su vida pensó en no poner ni nombre a la Institución fundada lo cual, a todas luces, vio que no podía darse. Por eso cuando el P. Valentín Sánchez Ruiz, que era entonces su confesor le preguntó por cómo iba esa obra de Dios decidió que si tenía que tener lógicamente un nombre sería ése. El 9 de diciembre de 1930 anotó en sus Apuntes íntimos del 9 de diciembre de 1930 el origen del nombre “Opus Dei”.


La Obra de Dios: hoy me preguntaba yo, ¿por qué la llamamos así? Y voy a contestarme por escrito (...). Y el p. Sánchez, en su conversación, refiriéndose a la familia nonnata de la Obra, la llamó "la Obra de Dios". Entonces -y sólo entonces- me di cuenta de que, en las cuartillas nombradas, se la denominaba así. Y ese nombre (¡¡La Obra de Dios!!), que parece un atrevimiento, una audacia, casi una inconveniencia, quiso el Señor que se escribiera la primera vez, sin que yo supiera lo que escribía; y quiso el Señor ponerlo en labios del buen padre Sánchez, para que no cupiera duda de que Él manda que su Obra se nombre así: La Obra de Dios.

El 14 de junio de 1948 decía

Yo no puse a la Obra ningún nombre. Hubiera deseado, de ser posible -no lo era-, que no hubiera tenido nombre, ni personalidad jurídica (...). Mientras, llamábamos a nuestra labor sencillamente así: “La Obra”.

Pero volvamos al nombre de nuestra Obra. Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: "¿cómo va esa Obra de Dios?" Ya en la calle, comencé a pensar: "Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio..., trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!" Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.



Testimonio de Laureano Castán Lacoma.

Mons. Laureano Castán Lacoma, que fuera obispo de Sigüenza-Guadalajara, conoció a don Josemaría en el año 1926 en el pueblo de Fonz (Huesca), donde la familia Escrivá solía ir durante los veranos escribió este testimonio en 1978.

En alguna de aquellas ocasiones, entre los años 1929 y 1932, dimos varios paseos, a solas, conversando largamente (…). Me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola la Obra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con la que –ayudado por la gracia de Dios- la veía proyectada en el futuro.


Siguió viendo aspectos esenciales fundacionales del Opus Dei

A lo largo de 1930 y 1931, Josemaría Escrivá fue recibiendo nuevas “luces” divinas que completaban la visión completa de los aspectos esenciales del espíritu del Opus Dei. El imparable deseo de que reinara Cristo en todas las actividades humanas se mostró patente el 7 de agosto de 1931, subrayando el alcance que el trabajo profesional tiene dentro del espíritu del Opus Dei, como fuente de santificación y apostolado.
En los meses de septiembre y octubre de 1931 se le mostraron mediante algunas experiencias espirituales de gran intensidad y dentro de un clima de profundo dolor, la conciencia de saberse hijo de Dios, pasando así la filiación divina a ocupar un puesto nuclear en la espiritualidad del Opus Dei que estaba latente desde el 2 de octubre de 1928.
Explicitamos estas luces fundacionales a continuación.


Vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas. (7-VIII-1931)

Así escribía en sus Apuntes íntimos el (7-VIII-1931).



7 de agosto de 1931: Hoy celebra esta diócesis la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. -Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de residencia en la exCorte... Y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme -acababa de hacer in mente la ofrenda del Amor Misericordioso-, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: "et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum" (Jn 12, 32). [Y yo, cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí] Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas.
A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey.

Y en una de sus Cartas, la del 29-XII-1947 acabada el 14-II-1966 dice evocando ese suceso y obedeciendo las indicaciones de la Santa Sede :


Me da vergüenza, pero os lo escribo cumpliendo con las indicaciones que he recibido: pocas cosas de éstas os contaré. Y continúa:
Aquel día de la Transfiguración, celebrando la Santa Misa en el Patronato de Enfermos, en un altar lateral, mientras alzaba la Hostia, hubo otra voz sin ruido de palabras.
Una voz, como siempre, perfecta, clara: Et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum! (Ioann XII, 32). Y el concepto preciso: no es en el sentido en que lo dice la Escritura; te lo digo en el sentido de que me pongáis en lo alto de todas las actividades humanas; que, en todos los lugares del mundo, haya cristianos con una dedicación personal y libérrima, que sean otros Cristos

Sentirse especialmente hijo de Dios. (22-IX-1931 y 17-X-1931)

En los Apuntes íntimos referidos al 22-IX-1931 y al 17-X-1931 escribía.

Estuve considerando las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y -si no gritando- por lo bajo, anduve llamándole así (¡Padre!) muchas veces, seguro de agradarle. (...)
Día de Santa Eduvigis 1931: Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico (el A.B.C.) y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa. Esto que hago, esta nota, realmente, es una continuación, sólo interrumpida para cambiar dos palabras con los míos -que no saben hablar más que de la cuestión religiosa- y para besar muchas veces a mi Virgen de los Besos y a nuestro Niño.

Algunas –entre muchas– alusiones a esta realidad del Opus Dei

No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas la cosas .

Este rasgo típico de nuestro espíritu nació con la Obra, y en 1931 tomó forma: en momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible -de lo que contempláis hecho realidad-, sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…) Probablemente hice aquella oración en voz alta.
Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca .

Te agradezco, Señor, tu continua protección y la realidad de que hayas querido intervenir, en ocasiones de modo bien patente —yo no lo pedía, ¡no lo merezco!— para que no quede ninguna duda de que la Obra es tuya. Viene a mi memoria esa maravilla de la filiación divina. Fue un día de mucho sol, en medio de la calle, en un tranvía: Abba, Pater!, Abba, Pater! [...] .

Entendí que la filiación divina había de ser una característica fundamental de nuestra espiritualidad: Abba, Pater! Y que, al vivir la filiación divina, los hijos míos se encontrarían llenos de alegría y de paz, protegidos por un muro inexpugnable; que sabrían ser apóstoles de esta alegría, y sabrían comunicar su paz, también en el sufrimiento propio o ajeno. Justamente por eso: porque estamos persuadidos de que Dios es nuestro Padre [...] .

Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps. II, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios .

Señor, pido a tu Madre, a san José nuestro Patrono, a mi Arcángel ministerial, que pidan para mí y para mis hijos siempre este espíritu. Ne respicias peccata mea, sed fidem. ¡Esa fe, esa luz, ese amor a la Cruz, a la muerte! Esa luz divina, que nos hará siempre comprender con claridad que vale la pena clavarse en la Cruz, porque es entrar en la Vida, embriagarse en la Vida de Cristo. ¡La Cruz: allí está Cristo, y tú has de perderte en Él! No habrá más dolores, no habrá más fatigas. No has de decir: Señor, que no puedo más, que soy un desgraciado... ¡No!, ¡no es verdad! En la Cruz serás Cristo, y te sentirás hijo de Dios, y exclamarás: Abba, Pater!, ¡qué alegría encontrarte, Señor! .

Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos..., en la calle y en un tranvía —una hora, hora y media, no lo sé—; Abba, Pater!, tenía que gritar.
Hay en el Evangelio unas palabras maravillosas; todas lo son: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar (Matth XI, 27). Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos y que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo [...] .

En una Carta de fecha 9 de enero de 1959 refería esta realidad.

Este rasgo típico de nuestro espíritu nació con la Obra, y en 1931 tomó forma: en momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible -de lo que contempláis hecho realidad-, sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…) Probablemente hice aquella oración en voz alta.
Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca.

La oración más subida la tuve [...] yendo en un tranvía y, a continuación vagando por las calles de Madrid, contemplando esa maravillosa realidad: Dios es mi Padre. Sé que, sin poderlo evitar repetía: Abba, Pater! Supongo que me tomarían por loco .

Estuve considerando las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y —si no gritando— por lo bajo, anduve llamándole así (¡Padre!) muchas veces, seguro de agradarle .

...la dignidad humana es tan grande, tan maravillosa -¡somos hijos de Dios!-, que cada uno debe cuidar su trabajo, el que sea, con el mismo cariño con que se trata el diamante más precioso, porque nuestras vidas han sido compradas -lo dice San Pablo- a un gran precio: la Sangre de Cristo .

(...) en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermanos suyos, hijos de Dios Padre, y de estar siempre en la presencia de Dios. Filiación que lleva a vivir vida de fe en la Providencia y que facilita la entrega serena y alegre a la divina Voluntad .

La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo .

... tienes, hijo mío, que ir empapándote cada día más del sentido y de la seguridad -es sentimiento y doctrina- de nuestra filiación divina. Por esto, nuestras miserias no nos apartan de Dios, porque necesariamente sentimos la fortaleza y el apoyo de Nuestro Padre que nunca nos abandona .

Testimonio de Mons. Javier Echevarría sobre su saberse hijo pequeño de Dios.

“Efectivamente, en el centro de su predicación aparece siempre la filiación divina, que colma de confianza nuestra existencia. La dejó esculpida en el espíritu de la Obra, y la ofrecía como tesoro común a las personas que trataba, animándoles a considerar frecuentemente los méritos infinitos de Cristo, que nos hacen hijos de Dios Padre. En 1969, nos alentaba: a lo largo de estos cuarenta y un años, he procurado vivir siempre la filiación divina, que nos ha conseguido Nuestro Señor Jesucristo. Y mi oración ante cualquier circunstancia ha sido siempre la misma: Señor, Tú me has puesto aquí, Tú me has confiado esto o lo otro. Resuelve Tú todo lo que sea necesario resolver, porque es tuyo y porque yo solo no tengo fuerzas. Sé que eres mi Padre, y he visto siempre que los pequeños, que los hijos, están seguros de sus padres: no tienen preocupaciones, ni siquiera saben que tienen problemas, porque sus padres se lo dan todo resuelto. Hijos míos, con esta firme confianza hemos de vivir y hemos de rezar siempre, porque es la única arma con que contamos y la única razón de nuestra esperanza.
Experimentaba una profunda alegría al saborear que Dios es mi Padre, nuestro Padre. También en 1969, nos hacía considerar: es tan importante la filiación divina, que entra dentro de la perfección infinita de Dios, de su esencia. Él, de acuerdo con esa perfección y con su inmutabilidad, ni la puede ni la quiere perder. Nosotros somos capaces de perderla, ¡y hasta de querer perderla!: aquí caben los matices de vivir esta filiación en mayor o menor grado, que son síntomas clarísimos de lo que amamos y de cómo amamos.
Paladeaba las escenas del Evangelio, en las que se incluía como un personaje más. A propósito de las milagrosas curaciones de tantas enfermedades, comentaba en una ocasión: surge!; effetha!; ambula!... ["¡levántate!; ¡ábrete!; ¡anda!"] ¡Maneras distintas de dirigirse Dios a las almas, también en la actualidad. Pensarás quizá que se refieren a circunstancias extraordinarias, y el Evangelio nos recuerda que no es así, porque el Creador extiende su mismo poder tanto a aquello que a los hombres nos parece normal como a aquello que consideramos extraordinario. Ahora te darás cuenta de que, también en la vida corriente, se necesita el deseo de escuchar a Dios, la constancia para estar atento a sus llamadas, a sus órdenes, incluso en los momentos de mayor contradicción. Nos trata así porque somos hijos suyos -deliciae meae esse cum filiis hominum ["son mis delicias estar con los hijos de los hombres": Proverbios 8,31]- y espera que nos comportemos como hijos: con confianza, con seguridad, con la certeza de que Él puede todo. Esta filiación divina, vivida y sentida, nos lleva necesariamente al noli timere! ["¡no temas!"] ¿Por qué? Yo lo veo con una claridad meridiana, porque Él es nuestra fuerza, nuestra serenidad, nuestro apoyo; y no se cansa de ser nuestro Padre, aunque tú y yo debamos volver diariamente -no una vez, ¡muchas!- como el hijo pródigo. Nos recibirá siempre, y nos llenará de besos”.

La certeza de que por Obra de Dios vencería todos los obstáculos.

El 7de septiembre de 1931, había escrito del Opus Dei: “llenará todo el mundo”; y “se extenderá también por el orbe entero [...], para que la tierra entera sea un solo rebaño y un solo Pastor”. La locución que ponemos a continuación fue anotada en sus Apuntes íntimos al día siguiente, es decir, el 8 de septiembre de 1931, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora :
Ayer, por la tarde, a las tres, salí al presbiterio de la Iglesia del Patronato a hacer un poco de oración delante del Ssmo. Sacramento. No tenía gana. Pero, me estuve allí hecho un fantoche. A veces, volviendo en mí, pensaba: Tú ya ves, buen Jesús, que, si estoy aquí, es por Ti, por darte gusto. Nada. Mi imaginación andaba suelta, lejos del cuerpo y de la voluntad, lo mismo que el perro fiel, echado a los pies de su amo, dormita soñando con carreras y caza y amigotes (perros como él) y se agita y ladra bajito... pero sin apartarse de su dueño. Así yo, perro completamente estaba, cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria: Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere (En esta cuartilla, de que hablo, instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia): + dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio. Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras (pues, —repito— como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra) he comprendido bien que Cristo Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que “la Obra de Dios estará con El en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre”.


El 13 de diciembre de 1931 escribía esta anotación en sus Apuntes íntimos

Ayer almorcé en casa de los Guevara. Estando allí, sin hacer oración, me encontré -como otras veces- diciendo: Inter medium montium pertransibunt aquae (Sal 104, 10). Creo que, en estos días, he tenido otras veces en mi boca esas palabras, porque sí, pero no les di importancia. Ayer las dije con tanto relieve, que sentí la coacción de anotarlas: las entendí: son la promesa de que la Obra de Dios vencerá los obstáculos, pasando las aguas de su Apostolado a través de todos los inconvenientes que han de presentarse.

Testimonio de Mons. Javier Echevarría.

En su predicación, intercalaba a veces referencias veladas a estas locuciones, para enriquecer sus enseñanzas; por ejemplo, en 1962, en una meditación dirigida a sus hijos del Colegio Romano de la Santa Cruz: yo recuerdo el consuelo de un alma que tenía que hacer algo que estaba por encima de las fuerzas del hombre y oyó decir allá en la intimidad de su corazón: Inter medium montium pertransibunt aquae (Salmo CIII, 10); no te preocupes, las aguas pasarán a través de los montes. Desde antiguo tenía grabadas en su alma estas palabras de la Escritura. Con el ardor del contenido del Salmo se creció y animó a sus hijos, ante las dificultades que le obligaron a abandonar, en el curso 1934-35, una parte de la Academia Residencia DYA, en Ferraz 50. Consignaría su reacción poco después, en Camino, 12.


Un testimonio de Mons. Javier Echevarría entorno a la unidad de vida.

Aunque ya habrá ocasión de abundar en esta expresión que sale en sus Apuntes íntimos del 7 de febrero de 1931, vale la pena decir que esta expresión sobrenaturalmente “feliz” será la manifestación vital de su saberse hijo de Dios. Muchas veces será tema de su predicación porque siendo esencial en el espíritu del Opus Dei, él lo encarnó a la perfección. Hay un momento, quizá, que fue su “descubrimiento”. Así lo cuenta Mons. Javier Echevarría al hilo de algunas locuciones divinas:

“Una de aquellas loquelas divinas la incluyó en Camino, 933, redactada en tercera persona. Le había sucedido, al comienzo de los años treinta, dando la Sagrada Comunión a una de las comunidades de religiosas que dependían del Patronato de Santa Isabel. Mientras distribuía las Sagradas Formas, repitiendo la fórmula prescrita por la liturgia -Corpus Domini nostri Iesu Christi custodiat te in vitam aeternam. Amen ["el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la vida eterna. Amén"]-, iba diciendo con el corazón, completamente prendado del Dios que tenía en sus manos: Señor, te amo más que éstas. En un momento, de un modo claro, sintió en su alma unas palabras que se le grabaron como un zarpazo divino inolvidable: "Obras son amores, y no buenas razones".
En octubre de 1972, pude acompañarle a la iglesia del Real Patronato de Santa Isabel, donde había escuchado esa locución. Recuerdo su embargo de amor: se dibujaba en su rostro y en la piedad con que se arrodilló ante el Sagrario. Con emoción indescriptible me dijo, mientras señalaba la reja del lado izquierdo del presbiterio: allí fue -y paladeó cada palabra- lo de obras son amores y no buenas razones. No sé cómo sería el afecto con que se dirigió al Señor cuando distribuía la Comunión a las religiosas, pero sí puedo testimoniar que, en 1972, era incomparable, como si estuviese -¡estaba!- en esa misma afectuosa conversación”.

La importancia de la oración y el sufrimiento para la Fundación del Opus Dei.

En una meditación, el 19 de marzo de 1975 evocaba los medios que puso para sacar el Opus Dei.

Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta [...]. La fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.

Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios. ¡Qué indignación siente mi alma de sacerdote, cuando dicen ahora que los niños no deben confesarse mientras son pequeños! ¡No es verdad! Tienen que hacer su confesión personal, auricular y secreta, como los demás. ¡Y qué bien, qué alegría! Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más.
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