La santificación del trabajoJosé Luis Illanes
Capítulo: Trabajo, santidad y apostolado, en medio del mundo
Abandonando la perspectiva histórica que ha predominado en páginas anteriores, pase-mos a exponer algunos de los rasgos fundamentales del espíritu del Opus Dei en cone-xión con ese eje crucial que es el trabajo. Para ello desarrollaremos algunos temas ya apuntados y añadiremos otros nuevos, porque la predicación del Fundador del Opus Dei no solo incluye -lo que ya hubiera sido de gran importancia- la afirmación y la llamada a una santificación en medio del mundo y en referencia al trabajo profesional, sino también una amplia descripción de lo que ese ideal, en su plasmación vital, supone e implica.Para una exposición o análisis del espíritu del Beato Josemaría y del Opus Dei en cuanto tal, cabe elegir entre dos esquemas: sistemático el uno, genético el otro. Enten-demos por esquema sistemático aquel que parte en su exposición de los principios y afirmaciones dogmáticas en las que un espíritu se fundamenta, para pasar luego a consi-derar las implicaciones ascéticas, espirituales, etc.; lo que, en el caso del Fundador del Opus Dei, equivaldría a comenzar analizando su honda comprensión del misterio de Cristo y sus afirmaciones sobre el sentido de la filiación divina, para poner luego de mani-fiesto cómo de ahí nace una valoración cristiana del mundo y de las realidades humanas, y terminar exponiendo el panorama de una vida de santidad y apostolado con entraña y características seculares1 . Entendemos por esquema genético aquel que aspira, bien a mostrar cómo fue creciendo y desarrollándose la predicación del Beato Josemaría, bien a exponer su espíritu siguiendo de algún modo el orden o forma en que se presentaba a aquellos hombres y mujeres, cristianos corrientes, a quienes el Fundador de la Obra se dirigía para darles a conocer el sentido cristiano de la realidad en la que viven.
Este último es el orden que hemos adoptado ya que es el que mejor se adecua al in-tento que nos ocupa. Téngase en cuenta, además, que estamos hablando de manifesta-ciones de vida espiritual y apostólica y, en este orden de realidades, como lo ha señalado el propio Beato Josemaría Escrivá, „primero es la vida, el fenómeno pastoral vivido. Des-pués, la norma, que suele nacer de la costumbre. Finalmente, la teoría teológica, que se desarrolla con el fenómeno vivido. Y, desde el primer momento, siempre la vigilancia de la doctrina y de las costumbres; para que ni la vida, ni la norma, ni la teoría se aparten de la fe y de la moral de Jesucristo“2 . El espíritu del Opus Dei no ha nacido como fruto de una reflexión separada de la vida, sino como una realidad plasmada a impulsos del Espí-ritu, que es vida, de la que luego brotan la reflexión y el análisis. Es lógico por eso que, en los primeros escritos del Fundador del Opus Dei, el aspecto que se encuentra más clara-mente perfilado sea precisamente el de una vida de oración, de santidad y de apostolado en medio del mundo, en el trabajo ordinario de cada uno, presuponiendo siempre un hon-do trasfondo dogmático que el Beato Josemaría fue glosando cada vez con más profun-didad.
SER DEL MUNDO Y LLAMADA A LA SANTIDAD
Pero dejemos ya los prolegómenos y abordemos la exposición del espíritu del Opus Dei, de acuerdo con la metodología genética recién indicada. Preguntémonos, pues: ¿cómo se inicia la predicación del Fundador de la Obra?, ¿a quiénes se dirige? Ya lo he-mos dicho: a cristianos corrientes ocupados en las tareas normales de los hombres, en el trabajo profesional, en los afanes sociales o universitarios, en las incidencias de la vida de familia... El ser del mundo no es -recordémoslo de nuevo- un objetivo, una finalidad, sino un presupuesto. No hay en la espiritualidad del Opus Dei nada que hable de aleja-miento del mundo, de separación del mundo: es una espiritualidad que mira derecha-mente al cristiano que vive en las estructuras temporales, cuya ocupación es el trabajo profesional, cuya existencia transcurre en el marco normal del vivir del común de los hombres; una espiritualidad que mira a ese cristiano precisamente para hacerle descubrir el sentido divino de la realidad que le circunda y en la que está inmerso. A eso aspiro siempre, en efecto, la acción sacerdotal del Beato Josemaría: a provocar en sus oyentes, precisamente mientras se encontraban insertos en las más diversas tareas y ocupaciones seculares, la conciencia de lo que implica ser cristiano, la conciencia de que Dios llama, de que Dios espera una respuesta, y una respuesta que, en su caso, había de ser dada a través de esas realidades que integraban, y debían continuar integrando, su vida.
„Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? -Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a San-tiago, junto a las redes; a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asóm-brate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos“, se afirma en Cami-no3 . Y ahí te ha ido a buscar, podríamos añadir completando ese punto de Camino con otros textos del Beato Josemaría, para darte a conocer el verdadero valor de ese mundo en el que vivías. Desde los inicios de su apostolado, el Fundador de la Obra proclamó, en efecto, que „todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cris-to“4 . „Con el comienzo de la Obra en 1928 -podía comentar, con plena verdad, años más tarde, en una entrevista de prensa-, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas“5 .
Al hablar de vocación, de llamada, de ese momento en el que el hombre reconoce el querer de Dios para con él, el Beato Josemaría, sin desconocer las características de in-vitación e impulso que tal realidad supone, ha subrayado especialmente lo que implica de luminosidad de luz. Probablemente, entre otras cosas, porque desde una perspectiva se-cular, ese rasgo es determinante: vocación, en este caso, no es llamada a dejar el lugar en que se está, sino invitación a vivir de forma nueva la existencia, que ya se posee, y ello como consecuencia de una luz que permite advertir en esa existencia dimensiones divinas que antes permanecían ocultas6 . La vocación, afirma en una de sus Cartas, „es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros“7 . „La vocación -reitera en una homilía- enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra rea-lidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nue-vo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos a dónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía. Dios nos saca de las tinie-blas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto entre las incidencias de la historia, y nos llama con voz fuerte, como un día lo hizo con Pedro y con Andrés: Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum (Mt 4,19), seguidme y yo os haré pescadores de hombres, cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos“8 .
Esa luz divina trae consigo, si es acogida por el corazón humano, un fuerte cambio in-terior: una conversión de la mente y de la voluntad centrándolas en Dios. Pero, en el lai-co, en el seglar, en el cristiano corriente, todo eso tiene lugar allá donde esa persona es-taba, sin abandonar la propia profesión u oficio, sin separarse del propio vivir ordinario, antes, al contrario, sintiéndose más radicalmente ligado a él como consecuencia de las riquezas nuevas que la luz vocacional ha revelado.
Toda una amplia gama de textos del Fundador del Opus Dei glosa esa realidad. Varios se remontan a los años iniciales de su predicación, cuando debía corregir la tendencia, dominante en diversos ambientes, a identificar vocación con vocación religiosa y, por tanto, con invitación a apartarse del mundo. Asi ocurre, por ejemplo, en todos aquellos textos en los que, haciéndose eco de unas palabras paulinas que cada uno, hermanos, permanezca ante Dios en el estado en que fue llamado“9 -, previene contra lo que llama „la locura de salirse de su sitio“. „No sacamos a nadie de su sitio -afirmaba, por ejemplo, en una de sus Instrucciones10 -. Cada uno de vosotros continúa en el lugar y en la posi-ción social que en el mundo le corresponde. Y, desde allí, sin la locura de cambiar de ambiente, ¡a cuántos daréis luz y energía!.... sin perder vuestra energía y vuestra luz: por la fe y por la gracia de Jesucristo, in qua stamus et gloriamur in spe gloriae filiorum Dei, en la que nos sentimos firmes esperando la gloria de los hijos de Dios (Rm 5,2)“11 . Y en una de las Cartas: „Sin sacar a nadie de su sitio, hemos venido a dignificar todas las ocu-paciones humanas“12 . De ahí que en Camino añada: „Alégrate, si ves que otros traba-jan en buenos apostolados. -Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspon-dencia a esa gracia. Después, tú, a tu camino: persuádete de que no tienes otro“13 .
En esa línea se sitúan también aquellos textos en los que, frente a novelerías ilusorias e irreales, invita a centrarse en la vida corriente. „Misionero. -Sueñas con ser misionero. Tienes vibraciones a lo Xavier: y quieres conquistar para Cristo un imperio. -¿El Japón, China, la India, Rusia.... los pueblos fríos del norte de Europa, o América, o África, o Aus-tralia? -Fomenta esos incendios en tu corazón, esas hambres de almas. Pero no me olvi-des que eres más misionero „obedeciendo“. Lejos geográficamente de esos campos de apostolado, trabajas „aquí“ y „allí“: ¿no sientes -¡como Xavier!- el brazo cansado después de administrar a tantos el bautismo?“14 ; „Me hablas de morir „heroicamente“. -¿No cre-es que es más „heroico“ morir inadvertido en una buena cama, como un burgués... pero de mal de Amor?“15 .
En ocasiones, esa llamada a lo real, a lo concreto, a lo que libera de ensueños vanos e ilusorios, se expresa mediante una expresión castiza, fruto de un juego de palabras no exento de ironía: „mística ojalatera“, mística del ojalá, del posponer esfuerzos haciendo depender toda decision y todo empeño de un eventual futuro por cuyo advenimiento no se lucha, ya que, en el fondo del alma, se piensa que nunca tendrá lugar. „Dejaos -exclamaba en una homilía-, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera -¡ojalá me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profe-sión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!...-, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor: „mirad mis manos y mis pies“, dijo Jesús resucitado: „soy yo mismo. Palpadme y ved que un es-píritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo“ (Lc 24,39)“16 .
La expresión „mística ojalatera“ tiene, en verdad, doble filo: de una parte, denuncia es-capismos y evasiones que llevan a eludir los auténticos requerimientos de la vocación cristiana; de otra, afirma que esa vocación cristiana puede vivirse en medio del mundo y, en consecuencia, compromete. Recuperamos así el hilo del discurso, dando un paso más que subraya el alcance de las palabras del Fundador del Opus Dei. Si su predicación pre-supone el ser en el mundo y del mundo de aquellos a quienes se dirige, lo hace para di-bujar con plenitud, ante cada uno de ellos, el panorama de las promesas y exigencias propias del mensaje evangélico. Los cristianos corrientes, viviendo en el mundo, siendo del mundo, amando al mundo, han de saberse a la vez elegidos por Dios, llamados a formar parte de la familia de los santos, sacados no del mundo, pero sí del pecado, según las palabras de Cristo en su oración sacerdotal: „no pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal“17 .
„Sed hombres y mujeres del mundo, pero no seáis hombres o mujeres mundanos“, afirmaba el Beato Josemaría con frase que sintetiza lo que aspiramos a decir18 . De he-cho, en su predicación oral y escrita se reflejan, y con enorme fuerza, todas y cada una de las perspectivas y exigencias características del ideal que proclama el Evangelio: la vida sacramental como fuente de la existencia cristiana; la confianza en la omnipotencia de la gracia que sana la debilidad de la criatura; la llamada a la humildad; la conciencia de la centralidad de la Cruz; la invitación a una entrega sin condiciones -“Jesús no se sa-tisface ‘compartiendo’: lo quiere todo“19 -; la importancia de la oración entendida como diálogo íntimo y constante con Dios, etc., etc.
Y, dando a todo lo anterior su sentido último, la afirmación de la absoluta perfección di-vina, bien supremo ante lo que todo resulta pequeño y al que debe tender por entero el corazón: „¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios!...“20 . „Considera lo más hermo-so y grande de la tierra .... lo que place al entendimiento y a las otras potencias .... y lo que es recreo de la carne y de los sentidos... Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. -Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfe-chas.... nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! -¡tuyo!-, tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignomi-niosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía“21 .
Dios es, y el Beato Josemaría no dejó nunca de recordarlo, el fin último del ser humano -el único, si tomamos la palabra fin en su sentido más profundo-, al que deben dirigirse y encaminarse todas las acciones. „Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería des-preciable, más aún: aborrecible“, leemos en Camino22 . Y en la misma obra, a continua-ción: „Da ‘toda’ la gloria a Dios, -’Exprime’ con tu voluntad, ayudado por la gracia, cada una de tus acciones, para que en ellas no quede nada que huela a humana soberbia, a complacencia de tu ‘yo’“23 . O también, con palabras que nos sitúan en los antípodas de todo naturalismo, „Si pierdes el sentido sobrenatural de tu vida, tu caridad será filantropía; tu pureza, decencia, tu mortificación, simpleza; tu disciplina, látigo, y todas tus obras, es-tériles“24 .
En plena coherencia con ese amplio y vibrante panorama sobrenatural, la predicación del Fundador del Opus Dei se corona con la afirmación de que todo cristiano, y por tanto también el seglar, el laico, ha de aspirar no a una santidad limitada, adaptada a su situa-cion, sino, al contrario, a una santidad plena, excelsa, heroica: „Tienes obligación de san-tificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que esta es labor exclusiva de sacerdotes y religio-sos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto“„25 . Todo cristiano, también el que trabaja en las ocupaciones seculares, el que vive en lo que se ha dado en denominar mundo de lo profano, debe sentirse urgido por Dios, llamado a la plenitud de la caridad, hasta exclamar, en la intimidad de su ora-ción: „Señor: que tenga peso y medida en todo... menos en el Amor“26 .
Todo ello, reiterémoslo, siendo y sabiéndose plenamente del mundo, sin apartarse de las tareas terrenas, antes al contrario dándose plenamente a ellas. Ser del mundo y ser cristiano, ser del mundo y estar llamado a la plena intimidad con Dios, no son realidades antitéticas, sino susceptibles de fundirse en unidad. Los miembros del Opus Dei, podía así afirmar su Fundador, están llamados a vivir „la vida corriente, la misma vida que sus compañeros de ambiente y de profesión. Pero en el trabajo ordinario hemos de manifes-tar siempre la caridad ordenada, el deseo y la realidad de hacer perfecta por amor nues-tra tarea; la convivencia con todos, para llevarlos opportune et importune (2 Tm 4,2), con la ayuda del Señor y con garbo humano, a la vida cristiana, y aun a la perfección cristiana en el mundo; el desprendimiento de las cosas de la tierra, la pobreza personal amada y vivida. Hemos de tener presente la importancia santificante y santificadora del trabajo y sentir la necesidad de comprender a todos para servir a todos, sabiéndonos hijos del Pa-dre Nuestro que está en los cielos, y uniendo -de un modo que acaba por ser connatural- la vida contemplativa con la activa: porque así lo exige el espíritu de la Obra y así lo faci-lita la gracia de Dios a quienes generosamente le sirven en esta divina llamada“27 .
En suma, el miembro del Opus Dei, cristiano corriente entre cristianos corrientes, no está llamado a una santidad mediocre, empobrecida -valga la frase, verdadero monstruo teológico, para expresar de manera gráfica lo que venimos diciendo-, sino -como todo cristiano- a la única santidad existente: la que deriva de la identificación con Cristo. Pro-clamarlo, testificarlo con las obras, es precisamente la razón de ser del Opus Dei. „Que-remos -decía el Beato Josemaría en una de sus Cartas- la santidad, la perfección cristia-na que está al alcance de todos: somos gente del mundo, gente de la calle, cristianos corrientes, que ya es suficiente título: agnosce, o christiane, dignitatem tuam; conoce, oh cristiano, tu dignidad“28 . „No hay -afirmaba en otro momento, en una homilía- cristianos de segunda categoría, obligados a poner en práctica solo una versión rebajada del Evan-gelio: todos hemos recibido el mismo Bautismo y, si bien existe una amplia diversidad de carismas y de situaciones humanas, uno mismo es el Espíritu que distribuye los dones divinos, una misma la fe, una misma la esperanza, una misma la caridad (Cfr. 1 Co 12,4-6, y 13,1-13)“29 .
Textos ambos que son el eco de otro especialmente expresivo: „No es nunca la santi-dad cosa mediocre, y no nos ha llamado el Señor para hacer más fácil, menos heroico, el caminar hacia Él. Nos ha llamado para que recordemos a todos, que en cualquier estado y condición, en medio de los afanes nobles de la tierra, pueden ser santos: que la santi-dad es cosa asequible. Y a la vez, para que proclamemos que la meta es bien alta: „sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto“ (Mt 5,48)“30 . Asequible, pues, pero exigente y, por tanto, enaltecedora. Porque, como formula la paradoja que se lee en Ca-mino, „es más asequible ser santo que sabio, pero es más fácil ser sabio que santo“31 .
VOCACIÓN DIVINA Y VOCACIÓN HUMANA
Hay que ser „fieles a la vocación de cristianos y a la vocación profesional“, afirma el Fun-dador del Opus Dei en una de sus Cartas32 . Y en otra, con más amplitud: „El Señor nos ha dado a cada uno cualidades y aptitudes concretas, unas determinadas aficiones; a través de los diversos sucesos de vuestra vida se ha ido perfilando vuestra personalidad y habéis visto, como más propio, un cierto campo de actividades. Al trabajar después en ese campo concreto, se ha configurado progresivamente vuestra mentalidad, adquiriendo las características peculiares de ese oficio o profesión. Todo eso -vuestra vocación profe-sional- habéis de conservarlo, puesto que es cosa que pertenece también a vuestra vo-cación a la santidad. Os he dicho mil veces que la vocación humana es una parte, y una parte importante, de nuestra vocación divina“33 .
Esos textos, que resumen y presuponen lo dicho hasta ahora, nos abren al mismo tiempo perspectivas teológicas que merece la pena considerar despacio, procurando ir al fondo de lo que en ellos se afirma. No entendería, en efecto, las frases que preceden quien viera en ellas una mera yuxtaposición de fidelidades, porque se trata de compene-tración entre dos elementos en síntesis unitaria y armónica. Lo que el Fundador del Opus Dei afirma es que vocación humana y vocación divina se hermanan y entrecruzan, hasta formar una sola cosa en unidad de vida. En otras palabras, el trabajo, y todo lo que acompaña, no son un simple ámbito en el que el cristiano corriente vive y se santifica, sino medio y camino, más aún materia de su santidad34 .
En octubre de 1967, en una homilía pronunciada en la Universidad de Navarra, de la que era Gran Canciller, el Beato Josemaría glosó esas ideas con especial riqueza. Cele-bró en esa ocasión la Santa Misa al aire libre, ante una muchedumbre de cerca de 40.000 personas que llenaban una de las explanadas del campus universitario. Ese hecho sirvió de punto de partida para su predicación. „Reflexionad por un momento -fueron sus pala-bras- en el marco de nuestra Eucaristía, de nuestra Acción de Gracias: nos encontramos en un templo singular; podría decirse que la nave es el campus universitario; el retablo, la Biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra... ¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvida-ble, que es la vida ordinaria el verdadero lugar de vuestra existencia cristiana? Hijos mí-os, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiracio-nes, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificar-nos, sirviendo a Dios y a todos los hombres (...). Debéis comprender ahora -con una nue-va claridad- que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, secula-res de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir“35 .
La cita ha sido larga, pero llena de substancia. Merece incluso la pena proseguirla, ya que, inmediatamente después, se amplía y completa el pensamiento. „Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas. ¡Que no, hijos míos! Que no puede ha-ber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristia-nos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y esa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales (...). En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...“36 .
La vocación humana no es algo ajeno a las perspectivas sobrenaturales, sino que en-tronca con ellas, se integra en ellas. La vocación divina, esa luz por la que Dios conduce al hombre hasta la raíz de su existencia dándole a conocer que reclama de él una res-puesta plena, no solo ilumina la situación presente, sino que se proyecta sobre el pasado entendiéndolo y valorándolo desde ese sortido de la vida y esa conciencia de misión que la fe y la vocación traen consigo. Y ello, en todo caso y especialmente en el del cristiano que advierte que Dios lo quiere en el mundo, implica darse cuenta de que el conjunto de aptitudes personales e incidencias históricas que integran y determinan la vocación hu-mana son mucho más que una simple preparación a la vocación divina: son un elemento integrante de esa vocación. En otras palabras, la historia pasada y la situación personal a la que, como consecuencia de esa historia pueda haberse llegado, no son, en el cristiano corriente, un trampolín que, al percibir la vocación sobrenatural, se abandona para pasar a un mundo psicológico y sociológico distinto, sino una realidad que permanece plena-mente, penetrada, es cierto, por una fuerza nueva, pero por una fuerza que no la niega ni la destruye sino que manifiesta el profundo e íntimo sentido al que la ordena el querer de Dios.
Como ya apuntábamos en páginas anteriores, todas esas afirmaciones se fundamen-tan en una profundización en los dogmas cristianos de la creación y de la redención que lleva a poner de manifiesto la bondad del mundo y la íntima armonía existente en el inte-rior del plan creador y redentor divino: la vida ordinaria, las realidades familiares, el tra-bajo profesional, todo el conjunto del existir humano, participa, vivificado por la gracia, en la realización de los planes salvadores de Dios. En palabras del Beato Josemaría: „todas las cosas de la tierra son buenas, no solo de una manera natural, sino por el orden so-brenatural al que han sido destinadas“37 ; destino al que deben llegar por mano del hombre, en el que actúa la gracia de Dios: „somos instrumentos de Dios, para cooperar en la verdadera consecratio mundi; o, más exactamente, en la santificación del mundo ab intra, desde las mismas entrañas de la sociedad civil“38 . „Todas las cosas de la tierra, también las criaturas materiales, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios -y ahora, después del pecado, redimidas, reconcilia-das-, cada una según su propia naturaleza, según el fin inmediato que Dios le ha dado, pero sabiendo ver su último destino sobrenatural en Jesucristo: ‘porque quiso el Padre poner en Él la plenitud de todo ser y reconciliar por Él todas las cosas consigo, restable-ciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz’ (Col 1,19-20). Hemos de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas“39 .
Una consecuencia de orden existencial brota inmediatamente de esa realidad de fon-do: el amor al mundo. Si algunas espiritualidades, insistiendo en la tensión escatológica propia del caminar cristiano, pueden desembocar en una actitud de despego frente al mundo -e incluso de contemptus mundi, si se quiere acudir a una expresión clásica, aun-que ya caída en desuso-, la espiritualidad del Opus Dei, sin olvidar la tensión hacia la condición metahistórica y definitiva, pone de manifiesto que el cristiano corriente tiende hacia lo eterno asumiendo las realidades terrenas, y engendra, en consecuencia, una actitud de amor al mundo, que se fundamenta en las enseñanzas de la fe cristiana acerca tanto de la bondad de la creación como de la sobreabundancia de la gracia y su victoria sobre el pecado. „Amamos el mundo porque Dios lo hizo bueno, porque salió perfecto de sus manos, y porque -si algunos hombres lo hacen a veces feo y malo, por el pecado- nosotros tenemos el deber de consagrarlo, de llevarlo, de devolverlo a Dios: ‘de restaurar en Cristo todas las cosas de los cielos y las de la tierra’ (Ef 1,10)“40 .
Las citas pueden multiplicarse. „Hemos de amar el mundo, el trabajo, las realidades humanas“41 . „Un hombre sabedor de que el mundo -y no solo el templo- es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo“42 . „Hemos de amar el mundo, porque en el mundo encontramos a Dios, porque en los sucesos y acontecimientos del mundo Dios se nos manifiesta y se nos revela. El mal y el bien se mezclan en la historia humana, y el cristiano deberá ser, por eso, una criatura que sepa discernir, pero jamás ese discerni-miento le debe llevar a negar la bondad de las obras de Dios, sino, al contrario, a recono-cer lo divino que se manifiesta en lo humano, incluso detrás de nuestras propias flaque-zas. Un buen lema para la vida cristiana puede encontrarse en aquellas palabras del Apóstol: ‘Todas las cosas son vuestras, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios’ (1 Co 3,22-23), para realizar así los designios de ese Dios que quiere salvar al mundo“43 .
La simple lectura de los textos que acabamos de citar pone de manifiesto que ese amor al mundo del que venimos hablando es un amor fundado en Cristo, es decir, un amor que se refiere al mundo no aislado de las perspectivas sobrenaturales, sino consi-derado desde ellas. Más aún, que es un amor no ingenuo sino realista, consciente de la entidad del pecado y de la amplitud de sus consecuencias y, por tanto, de la necesidad de purificación. Pero ni uno ni otro aspecto implican menoscabo o disminución de ese amor, sino su reafirmación, ya que hablar de la gracia equivale a hablar del poder reden-tor de un Dios que no reniega de lo creado, sino que se excede en sus dones a fin de li-brar a la creación de la caducidad y conducirla a su perfección última. Y recordar la reali-dad del pecado no es invitar a apartarse del mundo, sino a asumirlo desde la vocación divina, infundiendo en las realidades creadas la capacidad redentora y sanante de los dones divinos. Se trata, en resumen, de amar el mundo, y de amarlo apasionadamente, y ello, no al margen de Dios, a un nivel puramente terreno sin integrar esa pasión en las perspectivas teologales, sino de amarlo precisamente porque se lo ama en Dios y desde Dios, fuente de todo amor verdadero, y juzgándolo desde la plenitud y la misión a que Dios lo destina44 . En suma, el cristiano „no puede esperar pasivamente el fin de la his-toria“45 , no puede limitarse a contemplar los acontecimientos, acogiéndolos con alegría o con resignación, según los casos, sino que debe enfrentarse con ellos, buscando y promoviendo el bien.
Unos párrafos de una homilía pronunciada por el Beato Josemaría con ocasión del Viernes Santo de 1960 pueden ayudarnos a dar un paso adelante en la exposicion del alcance de esa fidelidad del cristiano a su vocación humana y del amor cristiano al mun-do, que de esa fidelidad deriva. „Ser cristiano -comenzó diciendo el Fundador del Opus Dei- no es algo accidental, es una divina realidad que se inserta en las entrañas de nues-tra vida, dándonos una visión limpia y una voluntad decidida para actuar como quiere Dios“46 . Por eso, quien vive de fe tiene clara conciencia de que el peregrinar del hom-bre en el mundo debe ser afrontado con la actitud propia de quien reconoce sin ambages la radicalidad „del amor que Jesucristo ha manifestado al morir por nosotros“47 .
Al llegar a este punto de su homilía, el Fundador del Opus Dei se detuvo para describir, en trazos sintéticos, la actitud que el cristiano debe adoptar ante la historia. Acudió para ello a un método expositivo de reconocida eficacia: contraponer la actitud auténticamente cristiana a otras que la deforman, ya que son producto de no saber penetrar en ese mis-terio de Jesús. „Por ejemplo -fue esta deformación la que mencionó en primer lugar-, la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de pie-dad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias. Diría que quien tiene esa mentalidad no ha comprendido todavía lo que significa que el Hijo de Dios se haya encarnado, que haya tomado cuerpo, alma y voz de hombre, que haya par-ticipado en nuestro destino hasta experimentar el desgarramiento supremo de la muerte. Quizá, sin querer, algunas personas consideran a Cristo como un extraño en el ambiente de los hombres“48 .
Pero no es esa la única deformación posible. „Otros, en cambio, tienden a imaginar que, para poder ser humanos, hay que poner en sordina algunos aspectos centrales del dogma cristiano, y actúan como si la vida de oración, el trato continuo con Dios, constitu-yeran una huida ante las propias responsabilidades y un abandono del mundo. Olvidan que, precisamente Jesús, nos ha dado a conocer hasta qué extremo deben llevarse el amor y el servicio (...). Es la fe en Cristo, muerto y resucitado, presente en todos y cada uno de los momentos de la vida, la que ilumina nuestras conciencias, incitándonos a par-ticipar con todas las fuerzas en las vicisitudes y en los problemas de la historia humana. En esa historia, que se inició con la creación del mundo y que terminará con la consuma-ción de los siglos, el cristiano no es un apátrida. Es un ciudadano de la ciudad de los hombres, con el alma llena del deseo de Dios, cuyo amor empieza a entrever ya en esta etapa temporal, y en el que reconoce el fin al que estamos llamados todos los que vivi-mos en la tierra“49 .
Es difícil ser más neto en la afirmación del valor del mundo y, a la vez, en la proclama-ción de la perspectiva teologal desde la que se afirma ese valor. Estamos así ahora en mejores condiciones para comprender el alcance y la hondura de la frase que venimos comentando: „la vocación humana es parte, y parte importante, de la vocación divina“. Hay entre ambas vocaciones una íntima armonía y la hay precisamente porque la voca-ción divina, revelando el origen, la fuente y el destino último de todos los seres y de todas las acciones -Dios y su designio salvador-, pone de manifiesto el sentido profundo de la entera realidad, y, por tanto, de la vocación humana. Vocación divina y vocación humana se relacionan en cierto modo como la forma y la materia, como lo que da sentido último y lo que resulta vivificado. Por eso, la fortísima afirmación del mundo, del trabajo, de la historia, no fundamenta, en la enseñanza del Beato Josemaría, ni un activismo ni una mística de horizontes meramente intraterrenos, sino que se abre a una viva percepción de las dimensiones trascendentes, eternas, de todas y cada una de nuestras acciones, hasta las más menudas, vistas como ocasiones de encuentro con Dios y como participa-ción en esos planes redentores que, iniciándose en el tiempo, culminan en la eternidad.
En suma, la espiritualidad del Opus Dei se nos revela como una espiritualidad de la unidad entre lo secular y lo teologal, o, en otras palabras, de la vivencia teologal de las actividades seculares. Podemos por eso concluir el presente apartado citando las pala-bras, fuertemente sintéticas, de una de las Instrucciones escritas por el Beato Josemaría: „Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación -cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es este un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?“50 .
TRABAJAR, Y TRABAJAR BIEN
En el contexto de la unidad de vida, la vocación divina, la luz sobrenatural de la fe, la gra-cia son, por así decir, el espíritu, el alma, la fuerza que dan sentido último, informan y sostienen; la vocación humana, la personal situación en el mundo, es, en cambio, el cuerpo que ese espíritu anima, otorgando la vida y adquiriendo consistencia fáctica. La vida del cristiano no nace de él mismo sino de Dios, pero esa vida -vida de gracia- trans-forma su ser desde dentro, desde el núcleo mismo de la libertad, y afectando a todas las facetas de su existencia, mas aun, creciendo a través de la libre cooperación humana. Con ese trasfondo se manifiesta, con toda claridad, la importancia que el trabajo, en cuanto realidad humana básica, tiene en la dinámica de la vida espiritual del cristiano co-rriente: si la gracia debe informar la vida humana y, en ella, el trabajo ocupa un lugar de-cisivo, se comprende enseguida que sea no la fuente -que es Dios y su gracia-, pero sí el eje en torno al que se desarrolla la obra de la santificación, „el quicio sobre el que se fun-damenta y gira nuestra llamada a la santidad“51 .
Esas palabras, estrictamente paralelas a las que afirman la armonía e interconexión entre vocación divina y vocación humana, responden a la misma verdad de fondo: la afirmación del valor de las realidades terrenas no solo desde una perspectiva intrahistori-ca y social sino también desde una perspectiva teologal, es decir, desde una fe que pone de manifiesto el sentido divino de la creación. Pero no insistamos más en estas conside-raciones, tal vez ya suficientemente subrayadas, y pongamos el acento en la otra ver-tiente de la frase: la presentación del trabajo como quicio de la santificación. Analicemos, pues, de qué forma y con qué consecuencias, en la vida de un cristiano corriente, el ca-minar según Dios y hacia Dios se estructura en torno al trabajo.
La tarea no es difícil porque el propio Fundador del Opus Dei ha expresado, en frase sintética, las exigencias o implicaciones que ese ideal trae consigo: „hay que santificar la profesión, santificarse en la profesión y santificar con la profesión“52 . Comentémosla, no sin antes recordar que las palabras trabajo o trabajo profesional han de ser entendidas con la amplitud que les otorga el Fundador del Opus Dei, es decir, incluyendo en ellas no solo el trabajo en cuanto mera realización material de una tarea, sino la acción de trabajar con todas las relaciones interpersonales, sociales, etc., que nuestro actuar implica o que de él derivan, es decir, el conjunto de la vida ordinaria en cuanto que marcado por el tra-bajo53 .
Iniciemos este comentario señalando que la mayoría de las veces que el Beato Jose-maría pronunció o escribió esa frase lo hizo siguiendo el orden con el que acabamos de citarla, es decir, hablando en primer lugar de santificar el trabajo y, solo después, de san-tificarse en el trabajo y de santificar a los demás con el trabajo. Ese hecho no es, a nues-tro juicio, fruto del acaso, sino expresión de la convicción profunda que sostiene todo su mensaje espiritual: la santidad personal (santificarse en el trabajo) y el apostolado (santi-ficar con el trabajo) no son realidades que se alcancen con ocasión del trabajo, como si este fuera, en resumidas cuentas, externo a ellas, sino precisamente a través del trabajo, que queda así injertado en la dinámica del vivir cristiano y, por tanto, llamado a ser santi-ficado en sí mismo . Dicho con otras palabras: los tres miembros de la frase se implican y reclaman.
¿Qué significa „santificar el trabajo“ en la enseñanza del Fundador del Opus Dei? Co-mo tendremos ocasión de mostrar en paginas sucesivas, santificar el trabajo implica po-ner en ejercicio la totalidad del ideal cristiano en y a través del trabajar. Solo, pues, con el desarrollo de la exposición se irá poniendo de manifiesto el alcance de la expresión, ya que las perspectivas se entrecruzan55 . En todo caso, quizá lo más acertado sea co-menzar señalando un dato que puede parecer obvio, pero que no está exento de implica-ciones: santificar el trabajo reclama que esa realidad a la que designamos con la palabra „trabajo“ se dé con plenitud.
El cristiano que vive en el mundo debe asumir en su vocación divina su vocación hu-mana, y esa asunción ha de realizarse sin merma alguna -antes al contrario- de la perfec-ción que las realidades humanas están llamadas a tener en conformidad con su dinámica constitutiva: las criaturas han de ser llevadas a Dios, pero „cada una segun su propia na-turaleza, según el fin inmediato que Dios le ha dado“56 . Se trata de un imperativo válido para todo cristiano, que en el caso del laico reviste especial importancia. No es lícito mal-tratar cuanto nos rodea. Es lícito, ciertamente, usar de las cosas, pero sin olvidar la natu-raleza peculiar de cada una, actuando en consecuencia con respeto a la autonomía que, en su orden, tienen las realidades temporales. Le va en ello al cristiano, y muy especial-mente al laico, la sinceridad de su vida humana, insertado como está en las estructuras temporales, y la de su misión divina que le vincula precisamente a esas estructuras: la seriedad en lo humano, en lo profesional, es, en suma, importante tanto desde el punto de vista de la fidelidad a la ciudad terrena, como del de la fidelidad a la llamada sobrena-tural.
Vivir la personal vocación humana como parte de la vocación divina implica, pues, en primer lugar, esforzarse por alcanzar una adecuada madurez y perfección en lo estricta-mente profesional, humano, técnico de la actividad laboral que se realiza y de la obra a la que esa actividad se ordena. „Para santificar la profesión, hace falta ante todo trabajar bien, con seriedad humana y sobrenatural“, se lee en una de las homilías del Fundador del Opus Dei57 . Y en Camino: „Oras, te mortificas, trabajas en mil cosas de apostola-do.... pero no estudias. -No sirves entonces si no cambias. El estudio, la formación profe-sional que sea, es obligación grave entre nosotros“58 . En una entrevista de prensa, concedida en 1967, explicaba: „Lo que he enseñado siempre -desde hace cuarenta años- es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cris-tiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque, hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales -a manifestar su dimensión divina- y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creacion y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei“59 .
Son muchas, en verdad, las razones que, en los escritos del Beato Josemaría, fundan esa exigencia de la perfección humana, del trabajar bien. Enunciémoslas exponiéndolas de forma concatenada:
a) En primer término, la madurez en cuanto hombres: la fidelidad a la vocación humana impulsa a trabajar no solo esforzada y perseverantemente60 , sino también eficazmente, es decir, con competencia profesional. „Como lema para vuestro trabajo -comentaba el Beato Josemaría Escrivá en una homilía-, os puedo indicar este: para servir, servir. Por-que, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas (...). No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese de-seo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas aca-badas, con humana perfección“61 . Y en una Carta ya varias veces citada, recalca: „Parte esencial de esa obra -la santificación del trabajo ordinario- que Dios nos ha enco-mendado es la buena realización del trabajo mismo, la perfección también humana, el buen cumplimiento de todas las obligaciones profesionales y sociales. La Obra exige que todos trabajen a conciencia, con sentido de responsabilidad, con amor y perseverancia, sin abandonos ni ligerezas; noli propter escam destruere Opus Dei (Rm 14,20), no quie-ras por la comida destruir la obra de Dios“62 .
b) Pero, como la frase final del texto recién citado pone de manifiesto, no solo la auten-ticidad humana lleva a trabajar bien, sino también, e inseparablemente, la fe cristiana: el reconocimiento de que nuestro trabajo se realiza en presencia de Dios y en cumplimiento de su divina voluntad. „No podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limi-taciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mí-nimos detalles. Dios no acepta las chapuzas. ‘No presentaréis nada defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de Él’ (Lv 22,20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energias, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, operatio Dei, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable“63 .
c) Seriedad humana y conciencia de la presencia de Dios fundamentan una tercera ra-zón para trabajar bien: el espíritu de servicio. Amor a Dios y amor a los hombres se unen en el existir cristiano, ya que Dios nos ama y nos enseña a amar. Vivir el trabajo cara a Dios, procurar realizarlo de manera perfecta como ofrenda agradable a Él, exige, por eso, vivirlo en actitud de amor y, por tanto, de servicio a quienes nos rodean. En suma, asumir y potenciar esa dimensión social que el trabajo de por sí tiene. El trabajo profesional, la tarea u oficio que todo hombre desempeña es, en cuanto tal, realidad comunitaria, quehacer que presupone la sociedad humana y se articula con ella y en ella contribuyen-do al progreso histórico, al mejoramiento de las condiciones de vida, al bienestar y a la cultura64 . Todo ello se refuerza, se hace más profundo y más exigente, cuando la pro-fesión o tarea es vivificada por la caridad, que impulsa a trascender toda tendencia a la autosatisfacción y al egoísmo y a trabajar de forma que la labor realizada contribuya, de hecho, al bien de los demas. „Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado como cris-tiano, que es fracasar tambien como persona. No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o hu-millada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás (...) como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso“65 .
d) Servir a los demás es no solo contribuir a su bienestar terreno, a su desarrollo eco-nómico, social y cultural, sino también, y ante todo, acercarles a Dios, fuente de todo bien. El cristiano, todo cristiano, debe, por amor a los demás y por imperativo del propio bautismo, dar a conocer a Cristo, con clara conciencia de que al hacerlo revela a los de-más hombres la raíz de su dignidad y la grandeza de su destino. Pues bien, también des-de esta perspectiva, resulta exigido el trabajar bien, la perfección en el trabajo, ya que el cristiano corriente, que vive de su profesión u oficio, ha de apoyar sus palabras en la au-toridad que le otorga el testimonio de una vida auténticamente humana y profesional-mente seria. Así, lo subraya el Fundador del Opus Dei en una homilía, en la que, después de citar las palabras de Cristo sobre el cristiano como luz del mundo66 prosigue: el „tra-bajo profesional -sea el que sea- se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos. Por eso suelo repetir a los que se incorporan al Opus Dei, y mi afirma-ción vale para todos los que me escucháis: ¡qué me importa que me digan que fulanito es buen hijo mío -un buen cristiano-, pero un mal zapatero! Si no se esfuerza en aprender bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero, no podrá santificarlo ni ofrecérselo al Señor; y la santificacion del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espirituali-dad para los que -inmersos en las realidades temporales- estamos decididos a tratar a Dios“67 .
Las cuatro razones para trabajar bien que nos ha parecido encontrar repasando los textos del Beato Josemaría Escrivá, además de lo que significan por sí mismas, ponen de manifiesto dos consideraciones en parte ya apuntadas, pero que consideramos oportuno subrayar.
En primer lugar, que „santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo“ no son tres realidades yuxtapuestas, sino tres dimensiones de un fenomeno uni-tario: el vivir secular cristiano, en el que la unión con Dios y el servicio a los demás, la santidad y el apostolado presuponen la cumplida realización del trabajo y revierten sobre él.
En segundo lugar que, al hablar de perfección en el trabajo, el Fundador del Opus Dei no se refiere solo a su perfección técnica, aunque la supone y exige, sino a algo mas: a la asunción según el espíritu cristiano, y por tanto según el mandamiento de la caridad, de todo el conjunto de deberes y relaciones que del trabajo derivan. La profesion -afirmaba en 1948- „adquiere un pleno sentido y una más plena significación, cuando se la dirige totalmente a Dios y a la salvación de las almas“68 . „Esta dignidad del trabajo -proclamaba en una homilía pronunciada precisamente el 19 de marzo de 1963, festividad de San José- está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, tras-cendiendo así lo efímero y lo transitorio (...). Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor“69 .
La „capacidad que podríamos llamar técnica -continuaba diciendo-, ese saber realizar el propio oficio, ha de estar informado por un rasgo que fue fundamental en el trabajo de San José y debería ser fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida operativa haya for-jado en él una personalidad madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la concien-cia de cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña Nazaret (...). Era su labor profesional una ocupacion orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas“70 .
El horizonte de la perfección humana y cristiana del trabajo incluye las relaciones inter-personales, y, junto a ellas, las dimensiones sociales de nuestro vivir. El trabajo profesio-nal es manifestación y realización de la solidaridad entre los hombres, participación en la común aspiración hacia el progreso, camino para solucionar las preocupaciones y pro-blemas de la sociedad; y el cristiano, que vive en medio del mundo, miembro a la vez de la sociedad de Dios y de la sociedad de los hombres, ha de ser consciente de los deberes que tiene para con la sociedad a la que su trabajo le une: debe, en la medida de sus po-sibilidades personales, esforzarse por hacer más justa la sociedad en la que viven sus conciudadanos.
El trabajo, tomado en su integridad en cuanto tarea humana y social, resultaría, en consecuencia, desnaturalizado si se aislase de todo el conjunto de relaciones sociales con las que se entremezcla. Vivir con minuciosidad el propio trabajo encerrándose en un afán de autoperfección individual, o preocupándose, a lo más, solo por las necesidades de la propia familia, supone un desconocimiento del verdadero espíritu cristiano. „Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Co-razón de Cristo. Los cristianos -conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico plura-lismo- han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engano de cara a Dios y de cara a los hombres“71 .
Ciertamente la responsabilidad de los problemas colectivos no incide del mismo modo en todos los miembros de la sociedad, y una dedicación preponderante al quehacer polí-tico es tarea que supone una especial vocación, una particular aptitud para asumir, de una manera refleja, la misión de encauzar los afanes colectivos en orden a modificar y orientar el mundo que nos rodea. Pero, aun siendo eso cierto, se debe reconocer que, en cuanto tal, esa vocación no es sino una concreción peculiar de algo más amplio, que sí se aplica a todos: el deber de reconocerse solidario con los demás hombres en todas las ocasiones y situaciones que se nos presenten y de sentir la responsabilidad, también po-lítica, que esa realidad implica72 .
De ahí que pueda a todos pedirse: „Amad la justicia. Practicad la caridad. Defended siempre la libertad personal, y el derecho que todos los hombres tienen a vivir, y a traba-jar, y a estar cuidados durante la enfermedad y cuando llega la vejez, y a constituir un hogar, y a traer hijos al mundo, y a educar esos hijos en proporción al talento de cada uno, y a recibir un trato digno de hombres y de ciudadanos“73 . Y que a todos se les pueda recordar que „el trabajo ordinario, en medio del mundo, os pone en contacto con todos los problemas y preocupaciones de los hombres, puesto que son vuestras mismas preocupaciones y vuestros mismos problemas: sois cristianos corrientes, ciudadanos co-mo los demás. Vuestra fe os tiene que guiar, al juzgar sobre los hechos y las situaciones contingentes de la tierra. Con plena libertad obraréis, porque la doctrina católica no impo-ne soluciones concretas, técnicas, a los problemas temporales; pero sí os pide que ten-gais sensibilidad ante esos problemas humanos, y sentido de responsabilidad para ha-cerles frente y darles un desenlace cristiano“74 .
Este ha de ser el afán y la ilusión del cristiano: „servir a Dios y, por amor a Dios, servir con amor a todas las criaturas de la tierra, sin distinción de lenguas, de razas, de nacio-nes o de creencias; sin hacer ninguna de esas diferencias que los hombres, con más o menos falsía, señalan en la vida de la sociedad“75 . Y, de esta forma, reconocerse orde-nado a los demás, administrador, en beneficio de todos, de bienes divinos y, a la vez, ne-cesitado de los otros a quienes Dios ha encomendado bienes diversos, en un entrecru-zarse de vocaciones que llama a cada uno a santificar la propia tarea.
Tal es el panorama de una santificación del trabajo que atienda a todas las dimensio-nes propias de la actividad humana, desde las espirituales hasta las materiales, desde las técnicas hasta las sociales y colectivas. El ideal de la santificación del trabajo nos sitúa, en suma, e inseparablemente, ante perspectivas teologales, es decir, de trato y comunión con Dios, y ético-morales, o sea, de realización de las acciones en conformidad con las exigencias propias de cada acción. Todo lo cual, desde una perspectiva subjetiva, recla-ma sea un sentido de la referencia a Dios que reverbera sobre lo concreto, sea un espí-ritu de servicio que aúne competencia técnica y preocupación por formar adecuadamente la propia conciencia76 .
No es este el momento de detenernos a fin de comentar cómo esos principios genera-les se concretan y encarnan en cada vocación humana, según las circunstancias de cada vida individual; sobre ellos, por lo demás, volveremos en páginas sucesivas. Sí puede ser, en cambio, oportuno recordar que el espíritu cristiano se abre paso en el corazón del hombre a través de la ascesis personal bajo la acción de la gracia. La disposición de ser-vicio no se adquiere sin esfuerzo: en todo momento -y, quizá de modo especial, con el desarrollo de la personalidad y el crecimiento de las responsabilidades- puede surgir la tentación, oscurecerse la disponibilidad, brotar un afán poco recto de poder, una ambición desordenada de mando, un deseo egoísta de medro personal. Por eso, para mantener despierto el sentido de servicio es necesario que estén afincados en el alma „el espíritu de pobreza, desprendimiento verdadero de los bienes temporales; y el espíritu de humil-dad, desprendimiento de las glorias humanas, del poder: que son los frutos sabrosos del alma contemplativa en la acción profesional“77 . De esta forma, presuponiendo y po-niendo en ejercicio esa honda actitud espiritual, se hará posible „actuar profesionalmente, con sabiduría de artista, con felicidad de poeta, con seguridad de maestro y con un pudor más persuasivo que la elocuencia, buscando -al buscar la perfección cristiana en su pro-fesión y en su estado en el mundo- el bien de toda la humanidad“78 .
CONTEMPLATIVOS EN MEDIO DEL MUNDO
Santificar el trabajo es, acabamos de verlo, tarea amplia, pero no agota la frase del Beato Josemaría antes citada: en ella se habla no solo de santificar el trabajo, sino también de santificarse en el trabajo y de santificar con el trabajo. Prosigamos, pues, el análisis con-siderando las otras dos tablas de ese tríptico; concretamente, ahora, la segunda: santifi-carse en el trabajo. Para ello, y aunque sea adelantar conceptos, tal vez convenga insis-tir, ante todo, en un dato fundamental: con la expresión „santificarse en el trabajo“ el Fun-dador del Opus Dei se refiere no simplemente a santificarse mientras se trabaja, sino a santificarse precisamente por medio del trabajo, gracias al trabajo; el trabajo, repitámoslo, no es solo ámbito u ocasión, sino medio y materia de santidad. En otros términos, y como ya hemos señalado, santificarse en el trabajo no se yuxtapone a santificar el trabajo, sino que se entremezcla con esa santificación.
Algo resulta evidente, incluso para una mirada superficial y ligera: santificar el trabajo, realizarlo con la seriedad que la vocación profesional y divina exigen, presupone perfec-ción humana y trae consigo un crecimiento en esa perfección. Es imposible, en efecto, asumir cumplidamente una tarea profesional sin poner en práctica la laboriosidad, la re-ciedumbre, la justicia, la fortaleza, la perseverancia, la prudencia, la afabilidad, la veraci-dad...
No es, pues, sorprendente que en los textos del Beato Josemaría Escrivá encontremos un profundo aprecio y una decidida valoración de lo que suele llamar „virtudes humanas“, es decir, el conjunto de cualidades que hacen del ser humano un hombre en el sentido acabado del término y le permiten afrontar cabal y honradamente la función que le co-rresponde en la sociedad. En la experiencia secular y, concretamente, en un plantea-miento existencial como el que el espíritu del Opus Dei reclama, la gracia, la vida sobre-natural, no puede ser indiferente ante el desarrollo de la personalidad humana en todas sus dimensiones.
„No pensemos que valdrá de algo nuestra aparente virtud de santos, si no va unida a las corrientes virtudes de cristianos“, leemos en Camino79 , esbozando un criterio que glosó ampliamente en otras ocasiones. Entre ellas, una homilía que, al ser publicada en Amigos de Dios, recibió precisamente ese título, es decir, „virtudes humanas“.
„Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas -leemos en ese texto-, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y ple-no. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que ‘el Verbo se hizo carne’, hombre, ‘y habitó en medio de nosotros’ (Jn 1,14). Mi experiencia de hombre, de cristiano y de sacerdote me enseña todo lo contrario: no existe corazón, por metido que esté en el pecado, que no esconda, como el rescoldo entre las cenizas, una lumbre de nobleza. Y cuando he golpeado en esos corazones, a solas y con la palabra de Cristo, han respondido siempre“. „Las virtudes humanas -proseguía más adelante- componen el fundamento de las sobrenaturales“. La rectitud humana constituye, en efecto, una reali-dad que, bajo la acción de la gracia, en unos casos, allana el camino para la conversión y, en otros, facilita el desplegarse del vivir cristiano. „Si aceptamos -concluye el texto que estamos citando- nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El pre-cio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere –insisto- muy humanos y muy divi-nos, con el empeño diario de imitarle a Él, que es perfectus Deus, perfectus homo“80 .
De forma más sintética, pero no menos decidida, se expresó en otros lugares y en otras homilías: „No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos“81 ; „Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella, porque or-dinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo, sobre la prepoten-cia“82 .
La afirmación del valor de las virtudes humanas como parte integrante de la tarea de santificación personal es, a nivel subjetivo, estrictamente paralela a la afirmación, glosada en páginas anteriores, respecto a la importancia de la perfección técnica, profesional, como parte de la santificación del trabajo. En ambos casos, por lo demás, presuponiendo la primacía ontológica de la gracia se subraya su asumir, vivificándola desde dentro, la realidad creatural. La empresa de santificar el trabajo y de santificarse en él, la invitación a integrar la responsabilidad humana en el interior de la vocación divina, presupone, por su propia naturaleza, la llamada al encuentro personal con Dios en Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo, y se abre a un progresivo desarrollo de ese encuentro. Llevar adelante la obra de la creación, conducirla hacia Dios, es tarea que ha de realizar el hombre en virtud del auxilio de la gracia y en diálogo con el Creador.
Estas consideraciones, importantes desde muchos puntos de vista -marcan la diferen-cia entre la concepción cristiana del cosmos y los planteamientos inspirados en el pan-teísmo o en el naturalismo-, deben ser especialmente subrayadas aquí, precisamente en el momento en que estamos pasando desde la santificación del trabajo al santificarse en el trabajo, es decir, desde la consideración de la obra realizada a la del sujeto que la rea-liza, y por tanto abriéndonos a perspectivas de orden tanto ético, como ascético y místico, en el sentido profundamente teologal de esas expresiones. En ese paso se juega, ade-más, la plena percepción de cuanto implica la afirmación de la llamada universal a la san-tidad, viendo en ella no una formulación genérica, sino la formulación de un ideal plena-mente reconocido como tal, es decir, como ideal que puede ser hecho vida hasta sus úl-timas consecuencias.
Estamos, en efecto, ante una encrucijada decisiva en orden a percibir con todas sus implicaciones la llamada universal a la santidad. Una falta de radicalidad en este punto conduce bien a negar, al menos en la práctica, esa llamada, considerando que, de hecho, no todo cristiano puede alcanzar la plena intimidad con Dios; bien, lo que sería aun mas grave, a difuminar el horizonte teologal del existir cristiano, oscureciendo esa concepción cristiana del cosmos a la que acabamos de aludir y desembocando, por tanto, en un hu-manismo empobrecido. Esta segunda desviación constituye, ciertamente, una tentación que reaparece con frecuencia a lo largo de la historia, también en nuestros días. En el contexto espiritual en que estamos situados, no parece, sin embargo, necesario detener-se en ella. Sí, en cambio, conviene hacerlo en la primera, ya que al hacerlo se contribuye -o, al menos, se puede contribuir- a poner de manifiesto aspectos importantes de la vi-vencia cristiana de lo secular.
Digamos por eso claramente que, durante demasiado tiempo y con demasiado énfasis, se ha insistido -en epocas anteriores a la nuestra, pero, en algunos casos, no muy aleja-das- en las dificultades que las ocupaciones terrenas, seculares, pueden representar para la vida de oración. Frases como „los afanes de la vida“, „las tentaciones del siglo“, son otros tantos tópicos que una apología superficial del estado religioso -superficial, porque no partía de la raíz evangélica del fenómeno que trataba de explicar-, y una contraposi-ción tajante, intelectualista en exceso, entre vida activa y vida contemplativa, han contri-buido a popularizar83 . Se fomentaba así una espiritualidad secular -si espiritualidad puede llamarse- basada en la división, en la contraposición interior: habéis de santificaros -se venía a decir a quienes vivían entre las tareas seculares- a pesar de estar en el mun-do, a pesar de vuestro trabajo. El medio ambiente en que se vivía, el trabajo que ocupaba las horas del día, eran vistos como una situación en la que no se puede por menos de permanecer, pero que ata y cohíbe; más aún, como una cadena que impide acercarse del todo a Dios, pero a la que -extraña paradoja- se ha de continuar ligado precisamente por voluntad de Dios, que no se ha dignado llamar a caminos más fácilmente transitables. Las consecuencias ascéticas y psicológicas de una tal manera de enfocar las cosas son fáciles de adivinar84 .
Frente a todo ello, es necesario proclamar con claridad que no es a pesar del trabajo, contra el trabajo, como los laicos, los cristianos corrientes, deben conseguir su santifica-ción, ordenarse a Dios, sino precisamente con el trabajo, a través del trabajo. Así lo han proclamado tanto el Concilio Vaticano II como el magisterio posterior85 y así lo afirma, con especial nitidez, el Fundador del Opus Dei: „Donde quiera que estemos -afirmaba, por ejemplo, en una de sus Cartas-, en medio del rumor de la calle y de los afanes huma-nos -en la fábrica, en la universidad, en el campo, en la oficina o en el hogar-, nos encon-traremos en sencilla contemplación filial, en un constante diálogo con Dios. Porque todo -personas, cosas, tareas- nos ofrece la ocasión y el tema de una continua conversación con el Señor: lo mismo que a otras almas, con vocación diversa, les facilita la contempla-ción el abandono del mundo -el contemptus mundi- y el silencio de la celda o del desierto. A nosotros, hijos míos, el Señor nos pide solo el silencio interior -acallar las voces del egoísmo del hombre viejo-, no el silencio del mundo: porque el mundo no puede ni debe callar para nosotros“86 . Y en la ya citada homilía en la festividad de San José: „Reco-nocemos a Dios no solo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experien-cia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gra-cias, porque nos sabemos co