La formación social y cívica en la Universidad según el Fundador del Opus DeiJosé Antonio Ibáñez Martín
Capítulo: Universidad y convivencia social
Como el ser humano es, inicialmente, miembro de una comunidad y luego de una sociedad política, aunque hablemos de una primacía lógica, que no temporal, considero que los deberes de los ciudadanos implican la suma de los deberes que tenemos por esta doble pertenencia. De los seis ejes citados, los primeros tres son deberes propios de los miembros de toda comunidad, el cuarto significa una transición hacia los deberes políticos y los dos últimos son deberes específicos que tenemos por formar parte de una sociedad política.Comenzando por el primero, diremos que los deberes de los ciudadanos se inician con el desarrollo de la convivencia con todos y con la promoción de una conversación, de un intercambio social confiado, del que nadie ha de ser excluido. Es indudable que no hay verdadera comunidad allí donde las personas no pueden hablarse, bien porque carezcan de temas de conversación, bien porque no exista confianza en la buena intención de los demás, bien porque las diferencias aíslen a ciertas personas en grupos incomunicados, privados, de hecho, de la posibilidad de tener voz a la hora de configurar la opinión pública.
Pienso que la Universidad es una poderosa ayuda para enfrentarse con estos problemas. En efecto, función tradicional de la institución universitaria, ha sido la transmisión de la cultura, proporcionando así a los estudiantes un suelo común, una estructura mental, un afán de saber y una apertura de inteligencia que configuran esa personalidad para la que nada humano es ajeno, disponiendo de los resortes intelectuales necesarios que permiten hacerse una idea de campos de conocimiento ajenos a los propios. Decía Oscar Wilde, muy acertadamente, que “al fin y a la postre, la conversación es el nudo de todas las relaciones sociales. La conversación necesita una base común, y ésta no puede existir entre dos seres de cultura completamente distinta” (WILDE, 2000: 34). Por supuesto, las enseñanzas primaria y secundaria son el primer lugar para la transmisión de tal cultura. Pero esto no descalifica la función cultural que se ha concedido tradicionalmente a la Universidad.
La formación universitaria es, también, un gran medio para fomentar la confianza social, tanto porque facilita tener confianza en sí mismo —pues la educación proporciona tal seguridad— como porque la relación profesor-estudiante se sustenta sobre la base de la confianza mutua, especialmente madura en el caso de la Universidad pues por la edad de los estudiantes no se trata de una confianza instintiva sino motivada por la consideración que despierta el trabjao del profesor universitario y or los caractres personales que en ellos descubrimos. Téngase en cuenta que pocas cosas tan importantes para la vida social y tan difíciles de conseguir como la confianza. Todo intercambio social entre los hombres en ella se basa, e incluso, citando unas palabras de C. S. Lewis, “en determinadas circunstancias, el único modo de hacer lo que nuestros semejantes necesitan consiste en que confíen en nosotros. Un obstáculo insuperable para extraer una espina del dedo del niño, enseñar a un muchacho a nadar, salvar a otro que no sabe o rescatar a un principiante asustado de un lugar peligroso en la montaña, es la desconfianza” (LEWIS, 1993: 89). Pero la confianza no se consigue sin esfuerzo, sino que, como mantiene Buber (3), el profesor debe ganarse la confianza del educando, y con ello colabora en el crecimiento de la confianza pública, que es uno de los mayores activos del capital social de un país. No hay un método siempre eficaz para ganarse esa confianza —que tiene como consecuencia inmediata la apertura de los oídos del estudiante a los razonamientos del profesor— pero es fácil conseguirlo si el estudiante observa que el profesor busca no su gloria, sino el bien del estudiante —lo que se traduce, por ejemplo, como dice Polaino, en que el profesor no teme afirmar al estudiante en su valer, ni teme gozarse en las riquezas que tiene (POLAINO-LORENTE, 1992: 282)—; cuando busca la verdad más que quedar bien, cuando está siempre dispuesto a atender las necesidades de los alumnos por encima de lo obligado por las normas, cuando es generoso, cuando se conduce “de forma imparcial y equitativa con los estudiantes, independientemente de su sexo, raza y religión, así como de cualquier discapacidad que les aqueje” (UNESCO, 1997: art. 34. a)), cuando es leal a la palabra dada.
La Universidad es, también, un instrumento poderoso para romper el aislamiento entre las personas, para favorecer el mutuo conocimiento y trato entre todos, para dar voz a todos. Es sabido que, a veces, las diferencias, o las distancias sociales, pueden bloquear ese trato. Me atrevería a decir que los profesores universitarios generalmente hemos dado ejemplo de apertura al tratar a estudiantes, quizá muy distintos de nosotros por su cultura generacional, por sus inquietudes, por su ideología, por su raza, etc. Igualmente la Universidad es un óptimo lugar para que las distancias sociales no impidan la conversación entre las personas y para que la diversidad no impida a nadie hacer uso de su propia voz en defensa de sus propias razones, aun minoritarias. Lo propio de los profesores es fomentar el diálogo con todos sus alumnos, es dar voz a todos los estudiantes, es, en fin, intentar que el libre intercambio de ideas se produzca también entre los mismos estudiantes.
Condición necesaria para que tal intercambio de ideas sea realmente libre es la actitud de respeto a las personas que debe presidir el ambiente de las instituciones universitarias. Sin lugar a dudas, es imprescindible distinguir entre el respeto a la persona y el respeto a las ideas y a las conductas. Creer en la dignidad de la persona humana exige saber respetar siempre a toda persona. Naturalmente, tal respeto se extiende a las ideas fundadas que son distintas de las propias, pero no se puede extender a las ideas erróneas de los demás, porque ello implicaría desprecio a la verdad, y, en última instancia, indiferencia ante quien las defiende, así como tampoco sería razonable pedirlo hacia cualquier conducta, cuando algunas pueden ser hasta monstruosas. Sobre cómo hayan de actuar los profesores en el diálogo con los estudiantes, haremos más adelante alguna consideración. Pero ya desde ahora he de señalar la absoluta necesidad —como decía GADAMER (2000: 36) en la última conferencia que publicó antes de fallecer— de procurar siempre entenderse con los estudiantes, de establecer un diálogo fructífero con todos y, especialmente, con quienes tienen conductas claramente perniciosas. En efecto, si el estudiante que se dirige con esfuerzo al profesor, descubriera en nosotros una actitud de rechazo total, lejanía y condena, pocas posibilidades habría para moverle a cambiar su comportamiento. Es claro que los profesores tendrán capacidad de influir cuando manifiestan, no una actitud de connivencia con las malas acciones, pero sí una actitud de acogida y esperanza en la capacidad de cambio de los estudiantes.
La posición del Fundador del Opus Dei sobre estos deberes, que descubrimos tanto en sus escritos como en las prácticas que se realizan en los centros docentes que la Obra promueve institucionalmente, es de una gran ambición. Expresamente rechaza toda intolerancia, todo fanatismo, (Cfr. JEU:122-123), toda discriminación (Cfr. JEU: 149), mientras que continuamente aboga por la necesidad de “convivir en paz con todos vuestros conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes de la vida social”( JEU: 123). La Universidad, concretamente, “es la casa común, lugar de estudio y amistad; lugar donde deben convivir en paz personas de las diversas tendencias que, en cada momento, sean expresiones del legítimo pluralismo que en la sociedad existe” (JEU: 139). Así, ese empeño de estudio universitario mira a un gran objetivo, que es el de contribuir “con su labor universal a quitar barreras que dificultan el entendimiento mutuo entre los hombres” (JEU: 98).
Son muchas las barreras que quiere quitar el Fundador del Opus Dei. Llama la atención, por ejemplo, cómo interpreta el carácter católico de la Universidad de Navarra, acudiendo a su significado originario de universal, común a todos. Generosamente advierte que “Cuando los pueblos se aproximan entre sí, movidos por razones de espiritualidad y cultura, o simplemente por motivos de economía y de ayuda material o técnica; cuando surgen en extensos continentes naciones nuevas, necesitadas y deseosas de la atención de aquellas otras que les precedieron en la marcha de la Historia, la Iglesia, en su amor maternal por todos los pueblos (...), ha querido fundar también instituciones docentes de carácter universal que, con el mayor ardor y sin distinciones de raza, lengua o religión, participen activamente en esa nobilísima tarea” (JEU: 62), lo que se traduce en un empeño que rompe las barreras nacionales, abriéndose a las necesidades de otros países, tanto con los que España se encuentra unida por viejas tradiciones como con todos los restantes.
La vida de las instituciones docentes que han seguido estos criterios no siempre ha sido fácil, como ocurrió en Strathmore College, que fue el primer College interracial que hubo en Kenia, fruto de la iniciativa de personas del Opus Dei, y que se abrió hace ya más de cuarenta años. Pero, a pesar de las incomprensiones importantes que surgieron, nunca se transigió con otra política, precisamente por la interpretación que leemos en Surco de las palabras de San Pablo “cuando nos escribía que para el Señor no hay acepción de personas, y que no he dudado en traducir de este modo:¡no hay más que una raza, la raza de los hijos de Dios!” (4), lo que se manifestó muchas veces en el comportamiento personal del Fundador del Opus Dei, que siempre supo respetar “a los que tienen un corazón grande y generoso, aunque no compartan conmigo la fe de Cristo”. Así, continuaba, “Os contaré una cosa que me ha sucedido muchas veces, la última aquí, en Pamplona. Se me acercó un estudiante que quería saludarme.
Monseñor, yo no soy cristiano —me dijo—, soy mahometano.
—Eres hijo de Dios como yo —le contesté.
Y lo abracé con toda mi alma” (JEU: 151).
Es evidente que Josemaría Escrivá siempre procuró romper las barreras nacionales, raciales o religiosas que separaban a las personas. Pero también quería acabar con otras barreras interiores, más extendidas. En 1960 se adhería al ideal pedagógico de San José de Calasanz —a cuya figura estuvo siempre muy unido, incluso por lazos familiares—, que no aceptó la idea dominante en su tiempo de considerar la instrucción superior como patrimonio exclusivo de los jóvenes de la aristocracia y de reducir la enseñanza del pueblo a la doctrina cristiana y las primeras letras (Cfr. JEU: 57). Y en 1967 declaraba que “Cuantos reúnan condiciones de capacidad deben tener acceso a los estudios superiores, sea cualquiera su origen social, sus medios económicos, su raza o su religión. Mientras existan barreras en este sentido, la democratización de la enseñanza será sólo una frase vacía” (JEU: 137). Más aún, el Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en esas declaraciones, hace una observación que jamás he oído a ninguna otra autoridad académica, a pesar de mis muchos años de docencia universitaria, afirmando que “no bastan los recursos materiales para que algo vaya adelante con garbo: la vida de este centro universitario se debe principalmente a la dedicación, a la ilusión y al trabajo que profesores, alumnos, empleados, bedeles, estas benditas y queridísimas mujeres navarras que hacen la limpieza, todos han puesto en la Universidad” (JEU: 147). Alfonso X el Sabio hablaba de la Universidad como “ayuntamiento de maestros e escolares”. El Fundador del Opus Dei deseaba subrayar, además, la importancia de todas las restantes personas que trabajan en la Universidad, con quienes igualmente hemos de sentirnos unidos en una misma comunidad. Sin duda, esto se traduce en el ambiente de confianza que presidirá la vida universitaria, pues “Con libertad y responsabilidad se trabaja a gusto, se rinde, no hay necesidad de controles ni de vigilancia: porque todos se sienten en su casa.”( JEU: 149).