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La formación social y cívica en la Universidad según el Fundador del Opus Dei
José Antonio Ibáñez Martín

Capítulo: La Universidad como espacio de solidaridad y de amistad

El segundo eje de los deberes ciudadanos se encuentra en el fomento de la solidaridad natural y de la amistad entre los miembros de la comunidad humana. El término solidaridad tiene un origen jurídico, pues expresaba en el derecho romano el tipo de obligación —in solidum—que recaía sobre ciertas deudas por la cual todos los que la habían contraído eran responsables no sólo de su parte alícuota sino del monto total, en caso de que alguno de los restantes no pagara, del mismo modo que el abono de la deuda total por parte de uno de ellos liberaba a los demás. Del ámbito jurídico, la solidaridad pasa al ámbito antropológico-social, expresando primero la unión que se da entre ciertos seres o cosas, de manera que la suerte de unos implica la de otros —como suele ocurrir en el desarrollo de ciertas ciencias— y, en segundo lugar, la llamada moral que sentimos en nuestra conciencia de asistir a los miembros de nuestra sociedad que lo necesitan (LALANDE, 1005-1008). La solidaridad humana entiendo que se apoya básicamente en la percepción inmediata que los hombres tenemos de que nuestra dignidad puede ser gravemente oscurecida en ciertas circunstancias, por carecer de bienes que son indispensables, tanto de carácter material —situaciones de miseria— como de carácter espiritual —carencia de educación etc.—. Hoy son numerosos los elementos que confluyen en la promoción de un individualismo egoísta, que nada quiere saber de las necesidades ajenas. Contra ellos, conviene recordar a Aristóteles, cuando decía: “puede verse en los viajes cuán familiar y amigo es todo hombre para el hombre. Parece además que la amistad mantiene unida a las ciudades y que los legisladores consagran más esfuerzo a ello que a la justicia” (ARISTÓTELES, 1155 a 20-25). Lo natural es, por tanto, preocuparse de los demás especialmente cuando les vemos necesitados, sufrientes, pues nos sentimos ligados a todos los miembros del género humano por vínculos de unidad, de algún modo misteriosos, por mucho que hoy se pretenda ahogar la empatía natural que nos acerca a los demás. Lo prudente es, también, que quienes tienen el cuidado de la comunidad dirijan sus primeros afanes en fomentar todo lo que una a los miembros de la ciudad, evitando cuidadosamente cualquier medida que pudiera provocar rivalidades entre los distintos grupos y personas.
Considero que la Universidad es un lugar privilegiado para desarrollar esa solidaridad natural y esa amistad (no olvidemos que, muchas veces, en la Universidad se anudan amistades —con estudiantes o con profesores— que, a veces, duran toda la vida, o, incluso, se encuentra a la persona con quien se terminará compartiendo la existencia entera), así como para reflexionar sobre sus fundamentos, que no se reducen al mundo de lo sentimental. Obviamente, no pretendo con estas palabras descalificar a los sentimientos, pues soy plenamente consciente de su importancia en la vida de la persona. Simplemente deseo señalar que la investigación universitaria no puede estar ajena a las grandes cuestiones del vivir humano —como son la solidaridad y la amistad, de la Aristóteles señalaba que era lo más necesario para la vida— sino que debe proporcionar sobre ellas una reflexión sólida.
Naturalmente, la diversidad de situaciones de los profesores y de los estudiantes, obliga a ver desde cada uno de estos grupos lo que la Universidad puede ofrecer en relación a los deberes citados. Si comenzamos por los estudiantes, es indudable que ellos pueden ejercer la solidaridad de dos modos distintos. Primero, sabiendo ayudar a quienes por cualquier circunstancia les cuesta avanzar en los estudios. En segundo término, promoviendo y participando en actividades de servicio a la comunidad, como ha sido brillantemente defendido por un importante grupo de universitarios americanos agrupados en la organización Campus Contact, que en el año 1999 firmaron una Declaración sobre la responsabilidad cívica en la educación superior, en la que manifiestan su alegría porque “cada vez más estudiantes ejercen como voluntarios participando en servicios públicos de la comunidad, que todos hemos animado a través de la actividad curricular y co-curricular” (5). Esta Declaración es muy interesante, pero todavía lo es más ver que se dedican recientemente las páginas centrales de la revista que se reparte entre los universitarios de Harvard a un reportaje sobre la ayuda prestada por sus estudiantes a quienes están en una residencia de enfermos terminales, que se encuentra cerca de la universidad (6).
Hay otras muestras de solidaridad más propias de los profesores, de las que citaremos dos. La primera ha sido sagazmente señalada por Juan Pablo II, cuando pide a la Universidad una “solidaridad de la cultura, o sea, una perspectiva del saber que, aun consciente de sus límites, no se sienta satisfecha con fragmentos, sino que intente componerlos mediante una síntesis verdadera y sapiencial” (JUAN PABLO II, 2000). Hoy es patrimonio común de todos afirmar que los problemas más importantes de la ciencia y de la vida sólo pueden afrontarse desde una perspectiva interdisciplinaria. Lastimosamente esto se olvida cuando se trata del mayor problema, que es el sentido de la existencia, del mundo, y de la ciencia. Me parece muy acertada la opinión de Barnett cuando señala que en medio de la actual supercomplejidad de la sociedad, el problema educativo fundamental no es de conocimiento sino de ser, debiendo así la Universidad esforzarse en proporcionar a los estudiantes un sentido para su vida (BARNETT, 2000: 14). La segunda se refiere al tipo de trabajo que los profesores realicen, pues mediante él pueden manifestar su solidaridad colaborando con la educación permanente o de adultos, o focalizando su investigación en los problemas específicos de la comunidad, problemas no sólo tecnológicos sino también propios de las ciencias humanas y sociales, como la discusión sobre la extensión de la sanidad pública gratuita, o la preservación de la cultura regional (Presidents’ Fourth of July Declaration, 1999).
Las propuestas del Fundador del Opus Dei, aun coincidiendo con algunas de las anteriores, especialmente en las que se refieren a la importancia de ayudar en el descubrimiento del sentido de la existencia humana, que es unitaria y no puede jamás ser esquizofrénica ni dividida en compartimentos estancos, quizá son más radicales. Esta radicalidad no significa olvidar el mundo de los sentimientos. Por el contrario, llama la atención que en la Homilía que pronunció en el campus de la Universidad de Navarra, homilía obviamente cuidada de forma especial por la inmensa multitud de estudiantes y profesores que la iba a escuchar directamente, se dediquen unos párrafos al “amor que conduce al matrimonio y a la familia”, del que afirma “puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios” ( JEU: 127).
Lo que esta radicalidad significa es que en sus escritos acude a las auténticas condiciones de posibilidad de la solidaridad, que son la necesidad de olvidarse de uno mismo, superando la tentación del egoísmo, y la promoción nunca desfalleciente del espíritu de servicio, asuntos que tienen, en algunos casos, luces diversas para profesores y estudiantes. “Profesor: — leemos en Surco— que te ilusione hacer comprender a los alumnos, en poco tiempo, lo que a ti te ha costado horas de estudio llegar a ver” (7). No nos olvidemos que a veces podremos tener la tentación —como el cocinero egoísta— de echar a los pinches de la cocina al hacer los platos importantes, y en otras ocasiones de huir de la claridad en la exposición o de la información a los estudiantes de las fuentes del pensamiento o de las oportunidades formativas que surjan, temerosos de ser superados por nuestros discípulos. El Fundador del Opus Dei, por el contrario, anima a los profesores “a comunicar esas riquezas a los estudiantes, con abierta generosidad” (JEU: 88), y a tomar conciencia de que “Cuanto más cerca estáis de los alumnos más os quieren. Cuanto más empeño ponéis en levantarlos a ellos, más os eleváis vosotros” (JEU: 217). Ese ejemplo será decisivo para conseguir una meta considerada esencial: la promoción en el estudiante de una actitud de afecto hacia los demás, de unidad, de modo que se consiga un clima “en el que todos se sientan hermanos (...) en el que aprenden a apreciar y a vivir la mutua comprensión, la alegría de una convivencia leal entre los hombres” (JEU: 84), un clima en el que el servicio al otro se considere razón ordinaria del propio comportamiento.
Estas palabras se dicen pronto, pero son difíciles de practicar. Por ello insiste en que “Es necesario que la Universidad forme a los estudiantes en una mentalidad de servicio: servicio a la sociedad, promoviendo el bien común con su trabajo profesional y con su actuación cívica” (JEU: 136), pues nada le parece más triste que “formar hombres que luego consuman egoístamente los beneficios alcanzados con sus estudios”, cuando lo necesario es “prepararles para una tarea de generosa ayuda al prójimo, de fraternidad cristiana” (JEU: 137). Quizá podemos terminar este apartado advirtiendo que la propuesta del Beato Josemaría no se contenta con colaborar en algunas actividades de servicio, poniendo el ejemplo superior de “miles de casos de estudiantes españoles y de otros países, que han renunciado a construirse su pequeño mundo privado, dándose a los demás” (JEU: 137-138), en un admirable ejemplo de compromiso personal y enterizo con la fe cristiana.
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