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La formación social y cívica en la Universidad según el Fundador del Opus Dei
José Antonio Ibáñez Martín

Capítulo: La Universidad entre el amor a las raíces y la búsqueda de lo universal.

El tercer eje se refiere a los deberes sociales de cultivar lo particular, las propias tradiciones, las características de los orígenes nacionales, a la vez que se presta, igualmente, la debida atención a lo universal, que purifica de los errores en la apreciación de los verdaderos valores humanos, lo que confluye en la integración en la sociedad civil y en las exigencias de la verdad humana.
No se trata aquí de entrar en el análisis de los abusos que se han cometido en nombre del patriotismo y de la identidad nacional, ni de las falsificaciones de la historia que en no pocos momentos se han producido, ni en los problemas de los países en los que han confluido minorías étnicas diversas. Baste señalar que todo ser, en la misma medida en que ama su existencia, ama su unidad. Cómo compaginar el amor a la patria común con el respeto a las peculiaridades de sus diversos elementos es tarea que desborda el ámbito en el que nos encontramos.
La misma esencia de la Universidad y las enseñanzas del desarrollo histórico de las Universidades nos mueven a pensar que la Universidad está más comprometida con los valores universales que con los sentimientos de pertenencia a los orígenes nacionales. Sin embargo, la Declaración Mundial sobre la Educación Superior, no deja de señalar entre los fines de la Universidad el de “contribuir a proteger y consolidar los valores de la sociedad” (UNESCO, 1998: Art. 1. e)). Tal protección y consolidación, considero que debe realizarse de acuerdo con la naturaleza de la institución universitaria, es decir, ejerciendo sobre ellos una rigurosa crítica intelectual. No es tarea simple esto último, pues fácilmente puede interpretarse de modo erróneo. En efecto, la experiencia de la segunda mitad del siglo XX ha sido que algunos han interpretado el término crítica en un sentido meramente negativo, cuando no demoledor. Así algunos pensaron que su tarea consistía en enfrentarse sistemáticamente con las prácticas sociales vigentes, siempre denunciadas como opresoras, desde perspectivas que unas veces se autodefinían como radicales y otras como populares o democráticas. Ha llegado a parecer que el espíritu crítico debía convertir a los universitarios en seres desencarnados y desenraizados, para evitar que ningún lazo afectivo les impidiera trabajar con rigor. Pero ninguna de ambas actitudes es acertada. La Universidad, sin duda alguna, debe someter, humildemente, pero con fortaleza intelectual, a escrutinio crítico los valores sociales. Ahora bien, tal escrutinio no consiste en descalificarlos por principio, sino en sopesar su validez, también teniendo en cuenta las circunstancias de cada sociedad, circunstancias que se conocerán mejor si el universitario sale de su torre de marfil y se compromete solidariamente con sus circunstancias.
Naturalmente, consecuencia de ese escrutinio puede ser descubrir que ciertas prácticas o valores vigentes son contrarios a la dignidad humana. En ese caso, la obligación de quienes tienen una formación superior es promover el necesario estado de opinión para que las cosas cambien. En efecto, ni se puede dar por buena una situación social en la que esté vigente la esclavitud, por ejemplo, ni, si se cree en la fuerza de la razón —tanto más en una democracia— deben usarse, para cambiar tal práctica social, otras armas distintas de la palabra. Alguien puede decir que esa es un arma poco eficaz. No debe serlo tanto, pues los fundamentalistas argelinos tienen como blanco preferido a los estudiantes, es decir, a quienes la formación intelectual les dotará de una palabra que ellos consideran deletérea. Pero aunque, realmente, fuera poco eficaz es la única arma que debe usarse en un sistema democrático.
En relación con estos deberes, la posición del Fundador del Opus Dei se ha caracterizado siempre por subrayar lo positivo, alejándose de negatividades estériles. A pesar de haber vivido más de la mitad de su vida adulta fuera de España, nunca se recató en reconocer “Amo con toda el alma a esta patria mía, con sus virtudes y sus defectos, con su rica variedad de regiones, de hombres y de lenguas” (JEU: 70). Esa actitud amorosa, que deseaba para todos sus hijos, es claramente contraria a la que sólo está obsesionada por señalar lo negativo. Pero no estamos ante un amor ciego: por supuesto que no puede “justificar delitos...y desconocer los derechos de los demás pueblos” (8), ni se obstina en encubrir los errores, ni se empecina en mantenerlos. Más aún, Josemaría Escrivá considera ajeno a la caridad cristiana ese tipo de nacionalismo “que lleva a mirar con desapego, con desprecio (...) a otros pueblos, a otras naciones” (9), que se constituye así en un obstáculo “que dificulta la comprensión y la convivencia” (10). Estas ideas muestran que nos encontramos en un escenario de especial amplitud, dentro de este mundo nuestro que se debate entre una globalización sin alma y unos afanes identitarios no sólo excluyentes sino, en ocasiones, contrarios al respeto a los más elementales derechos humanos.
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