La formación social y cívica en la Universidad según el Fundador del Opus DeiJosé Antonio Ibáñez Martín
Capítulo: La Universidad y la evaluación de las políticas públicas
Ello nos abre el camino al quinto eje, que es la capacidad de evaluación en verdad de las políticas públicas. Evaluar significa, como ya hemos señalado, determinar el verdadero valor de algo, pasando por encima de las apariencias. Esta evaluación es el primer deber específicamente político de la ciudadanía, manifestación de que estamos más interesados en el bien común que en nuestros propios intereses o en las llamadas de la cercanía, la amistad, la sangre, la cultura, la ideología política o la patria. Muchas veces han sido criticadas, atinadamente, las conocidas palabras de un senador de los Estados Unidos quien, tras oponerse a la guerra de su país contra México, afirmó que, en cualquier caso, él siempre estaría a favor de lo que su patria decidiera right or wrong, fuera acertado o desacertado; pero sigue estando muy extendido el oscuro prejuicio de que en la política la única regla es la dialéctica amigo/enemigo, partiendo de la base que al enemigo, ni agua. Buen ciudadano, por el contrario, es quien se esfuerza en romper esa dialéctica, introduciendo como referente fundamental a la hora de evaluar las políticas públicas su capacidad real para respetar la dignidad de cada uno y de promover el bien común de todos, huyendo de calificar como enemigos a quienes, simplemente, no son amigos.Me parece indudable que la formación universitaria juega un papel muy relevante a la hora de conseguir esa actitud en los ciudadanos, en la medida en la que, como señala la citada Recomendación de la Unesco, se respeta “la obligación del investigador de basar su labor en una búsqueda honrada de la verdad” (UNESCO, 1997: nº 33), conscientes, como decía Jaspers en 1946, que “la verdad es lo que nos une” (12). Quizá no sea ocioso advertir que sólo si se admite que hay una verdad que puede ser descubierta, con todas las limitaciones que se quiera, tiene sentido pensar en que haya un bien común que nos una socialmente, por encima de las presiones interesadas que puedan darse. Naturalmente, esta idea ha de articularse con la petición de Noddings (Cfr. NODDINGS, 1994, 115) de no devastar a nadie en nombre de la verdad, lo cual encuentra su solución gracias a la configuración del auténtico diálogo universitario. En efecto, el diálogo en la educación es tanto una comunicación libre de dominio como un deseo de tomarse en serio al otro y de estar dispuestos a ofrecerle, humildemente, la ayuda de la propia reflexión, disponiéndose a ponderar sin reservas sus razonamientos y a ofrecer sin temores los propios.
El diálogo en la educación superior está presidido por la idea de que sumarse a la verdad es vencer la ignorancia y nunca ser vencidos por nadie. Banalizamos tal diálogo si afirmamos que todas las posiciones son igualmente válidas, dando con ello a entender que ninguna lo es. Pervertimos el diálogo cuando, contra lo que Newman recomienda, no nos esforzamos en penetrar en las ideas de los demás, no nos preocupamos en exponer las nuestras con claridad, no nos decidimos a modificar los planteamientos personales que descubrimos erróneos, y cuánto más, nos manifestamos incapacitados para conllevarnos mutuamente, descalificando o persiguiendo a quien no piensa como nosotros.
Por ello, es un gran instrumento de educación para la ciudadanía, la acción docente que no trata de deslumbrar ni de ganar adeptos, sino que intenta alcanzar y transmitir la verdad, también en la determinación de los elementos básicos del bien común, por encima de los intereses personales. La Universidad en esa tarea habrá de usar todos los resortes de la inteligencia y de la ciencia pedagógica, como una enseñanza que fomente decididamente la participación reflexiva de los estudiantes en su propio proceso de aprendizaje, y unos exámenes que valoren la argumentación más que la repetición.
La postura del Fundador del Opus Dei sobre esta cuestión puede resumirse en cuatro grandes tesis: el fomento del amor a la verdad, el reconocimiento de la legítima diversidad, la promoción de un diálogo con contenido y la llamada a la serenidad en la vida universitaria.
En primer término se encuentra la encendida defensa del compromiso personal con la verdad, pasando por encima de todas las dificultades que puedan surgir, especialmente cuando poderosas fuerzas sociales conviertan, como hoy se dice, en políticamente incorrectas ciertas posiciones científicas. Pero, contra ello, afirma: “La Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública” (JEU: 106-107).
Naturalmente, ello no quiere decir que sea siempre fácil alcanzar la verdad, ni tampoco que sólo una posición pueda ser considerada verdadera. Tiene especial interés oirle decir que “la fe es nuevo acicate para la búsqueda cotidiana de soluciones” (JEU: 108), lo que significa que no es el ungüento amarillo que todo lo soluciona. Más aún, en sus escritos rechaza con fuerza que el católico crea “que él baja del templo al mundo para representa a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas” (JEU: 121). Ciertamente, la Iglesia puede interpretar legítimamente el patrimonio doctrinal recibido de Cristo, quien dijo de sí mismo ser la Verdad. Pero ese acervo de verdades es limitado, mientras que pueden ser muchos quienes pretendan arrogarse una representación de la que carecen para tratar de imponer a los demás sus soluciones, que quizá sean muy razonables, pero no más legítimas que las de los demás.
En tercer lugar, el Fundador del Opus Dei subraya la importancia de un diálogo ajeno a la imposición y promotor de la formación personal, precisamente porque no está basado en la pretensión de ganar adeptos sino en la de proporcionar pistas para el descubrimiento personal de la verdad. Su criterio educativo es que se trata de “formar con libertad las propias opiniones en todos los asuntos temporales (...), y de asumir la responsabilidad personal de su pensamiento y de su actuación” (JEU: 34).
Por último, vemos en diversas declaraciones suyas una especial llamada a la serenidad en la vida universitaria. No nos olvidemos de las fechas en que se producen las declaraciones sobre este asunto del Fundador del Opus Dei, ni de las circunstancias políticas por las que entonces pasaba España. Pero incluso en esas circunstancias, defiende a la Universidad como “un foco, cada vez más vivo, de libertad cívica” (JEU: 126). Ello se compagina con la petición a profesores y estudiantes de un exquisito cuidado para no convertir las aulas en un “campo de batalla de facciones opuestas (...) donde se debaten y deciden problemas políticos concretos” (JEU: 139-140), ya que tal comportamiento fácilmente puede conducir a que “se pierda la serenidad académica y que los estudiantes se formen en un espíritu de partidismo” (JEU: 140). Evidentemente sólo la prudencia de los profesores determinará cúales sean aquellos asuntos o aquellos modos de presentarlos que no encuentran lugar en las aulas, teniendo muy en cuenta la idea de que no se debe transformar la Universidad en plataforma de mera promoción de los intereses políticos –aun legítimos- de profesores y estudiantes.