La formación social y cívica en la Universidad según el Fundador del Opus DeiJosé Antonio Ibáñez Martín
Capítulo: La Universidad y la participación en la vida pública.
El sexto y último eje de los deberes de los ciudadanos consiste en la participación en el gobierno de la ciudad. No queremos decir con estas palabras que todos los ciudadanos deban competir por tener un cargo público. La participación política, en efecto, tiene muchos niveles y muchos ámbitos. Participación política es toda la que se realiza para colaborar en la promoción del bien común, también a través de instituciones sociales alejadas del juego de partidos. Participa políticamente, por ejemplo, quien comunica a los demás los resultados de esa evaluación de la acción política que hemos señalado. Participa políticamente, también, quién dedica parte de su tiempo a organizaciones ciudadanas que atienden necesidades públicas, sin estar presididas por el principio de la búsqueda de la acumulación de riqueza privada, y que se caracterizan por su cercanía con las personas a las que atienden, en una acción que exige compromiso, dedicación, compasión y competencia, organizaciones que conforman lo que ha venido en llamarse el tercer sector (13).Naturalmente, participamos políticamente cuando otorgamos nuestro voto a un candidato —no deja de ser triste que la persona con más poder del mundo haya sido elegida en una votación a la que sólo acudió la mitad de los ciudadanos— o nos esforzamos en colaborar con nuestro trabajo para que sean elegidos quienes pensamos promoverán más acertadamente el bien común, o nos ofrecemos a formar parte de los órganos colectivos de decisión o de los poderes públicos.
Son muchas las presiones actuales para desentenderse de tal participación, especialmente en sus niveles de mayor compromiso personal. Es fácil dejarse llevar por la comodidad, por el sentimiento de impotencia ante la complejidad de los problemas sociales, por el temor a poner en peligro la propia tranquilidad, la paz familiar, el éxito profesional o incluso la misma vida. Los mecanismos de participación que hoy tienen los estudiantes, en casi todos los niveles de la enseñanza, son muy distintos, y no siempre igualmente acertados, según los países y las circunstancias. Pero pienso que siempre es importante mantener cauces para que participen, tanto porque los estudiantes pueden aportar perspectivas de interés en no pocos asuntos, cuanto porque así se les facilita una experiencia que les será de gran utilidad para el futuro, incluso, como me hacía notar el Licenciado Jorge Rossi Chavaría, para saber trabajar gratuitamente por el bien de todos. Los profesores, por su parte, colaborarán en esa educación para la ciudadanía, en la medida en que se deciden a dedicar parte de su tiempo a las tareas del gobierno de las instituciones docentes, en la medida en que colaboran en la creación de un estado de opinión, mediante su presencia en los medios de comunicación de masas, y en la medida en la que están dispuestos a arriesgar el desarrollo de su carrera profesional para dedicarse a trabajar en cargos públicos, tratando de promover el bien común.
El Fundador del Opus Dei nunca mantuvo la idea que tenían algunos cristianos de que participar en la vida pública era algo tan lleno de peligros para la vida de la gracia que debiera evitarse, también porque la presencia de católicos practicantes en los órganos de poder comprometería a la Iglesia. Su posición fue completamente contraria a estos planteamientos, por mucho que hubiera tenido menos disgustos en su vida si hubiera prohibido a sus hijos que se dedicaran a tales tareas. En efecto, para D. Josemaría, un católico tiene, en principio, las mismas obligaciones que sus conciudadanos, por lo que no puede sentirse alegremente eximido de responsabilidades que sobre los demás recaen. Más aún, precisamente los católicos, en cuanto seguidores de Cristo, han de tomar conciencia de sus especiales responsabilidades. Así, leemos: “Los hijos de Dios, ciudadanos de la misma categoría que los otros, hemos de participar ‘sin miedo’ en todas las actividades y organizaciones honestas de los hombres, para que Cristo esté presente allí.
Nuestro Señor nos pedirá cuenta estrecha si, por dejadez o comodidad, cada uno de nosotros, libremente, no procura intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que depende el presente y el futuro de la sociedad” (14).
Por supuesto que actuando de esta manera alguno podrá achacar nuestros personales errores a la Iglesia, pero a esa persona no será muy difícil hacerle ver que carecería de todo sentido que alguien pretendiera condecorar a un Obispo por el éxito profesional de un católico de su diócesis, por lo que es igualmente improcedentes imputar a la Iglesia las responsabilidades que se deriven de nuestras actuaciones políticas. Incluso a esas personas hay que señalarles que su intención por defender la pureza de la Iglesia es tan admirable, como llamativo que no se den cuenta que las posiciones que defienden facilitan el trabajo de quienes desean que los criterios cristianos se borren de los diseños de la sociedad, y que la Iglesia desaparezca de la vida pública, desfalleciendo en la soledad de las sacristías (15). Sobre todo ello, el Fundador del Opus Dei siempre enseñó que, sin pretender “hacer del mundo un convento, porque sería un desorden” (16), los cristianos no podemos desconocer que si dejamos de estar presentes en la vida pública, serán otros quienes marcarán las reglas del juego social, diseñando unos parámetros para la convivencia en los que los hombres encontrarán especiales dificultades para alcanzar la plenitud a la que Cristo nos ha llamado.